lunes, 17 de octubre de 2011

Cáceres y defensa de Lima

Andrés Avelino Cáceres y la defensa de Lima

Luis Guzmán Palomino
Orden de la Legión Mariscal Cáceres

No tuvo Andrés A. Cáceres a su “Zepita” en la defensa de Lima. A finales de setiembre de 1880, fecha de su llegada a Lima, el dictador, Nicolás de Piérola, le dio el mando de una quinta división acantonada en Huaral, a efecto de adiestrarla, disciplinarla y prepararla para contrarrestar un desembarco enemigo que creía sin duda que se realizaría en Ancón. Cáceres replicó que a su juicio la invasión se realizaría por el Sur y solicitó un puesto en ese frente, pero el dictador insistió con terquedad y suficiencia que tenía precisos informes de que Ancón serviría de cabecera de puente a los invasores. Ante ello, al Héroe de Tarapacá no le quedó sino encaminarse a Huaral.

El Ejército de Lima fue entregado al Pierolismo
Pudo advertir Cáceres la tremenda desorganización reinante en la capital. El Ejército de Línea prácticamente ya no existía. Los restos del Primer Ejército del Sur eran refundidos con unidades colecticias que llegaban a Lima de diferentes partes del país; y veteranos jefes y experimentados oficiales de carrera eran sustituidos por condotieros improvisados cuyo único mérito era el de pertenecer al partido de gobierno: 
“El Ejército de Lima fue entregado a los hombres de partido, mientras los jefes del antiguo ejército veían con dolor el abismo a que se nos conducía, y en que fueron arrastrados por las mismas tropas que se les confiaron al último momento y cuando su influencia sobre ellas debía ser nula” (1).
Se congregaron cerca de 16,000 hombres, pero más de la mitad fueron indígenas reclutados por la fuerza, humildes pobladores que nada sabían del manejo del fusil, que desconocerían incluso hasta el mismo día del holocausto; sacrificada masa que llegó a la capital sin saber a ciencia cierta qué era el Perú. La mayoría creyó que Chile era un general enemigo de sus “señores” o un “animalote, grande, con botas”. Era una muchedumbre casi inerme que en la hora crucial serviría de carne de cañón, ofreciendo su sangre con sublime heroísmo.

Tales eran los hombres que se aprestaban a combatir contra el invasor; y con ellos lo mejor y selecto de la población limeña, aquellos esforzados patriotas que acudieron a los puestos de combate por amor a la bandera y para salvar el honor nacional que mancillaron quienes con su torpeza y ambición propiciaron la catástrofe.

Piérola concibió tres ejércitos: del Norte, del Centro y de Lima; en Arequipa quedó inamovible el segundo Ejército del Sur, fuerte de 5,000 plazas. Hacia la segunda quincena de noviembre los invasores asomaron por el Sur, adentrándose hasta Cañete, pero el dictador todavía insistió en que la ofensiva enemiga vendría del Norte; y a finales de diciembre, descuidado totalmente el frente Sur, Chile pudo desembarcar en Lurín un ejército de 26,000 hombres.

Cáceres quiso resistir en Lurín
De una crónica publicada en “El Comercio” se puede inferir que, sin órdenes precisas del comando supremo, Cáceres movilizó algunas tropas con el propósito de obstaculizar ese avance enemigo, pero tuvo que volver al ser conminado a ello por el gobierno: 
“Cuando el enemigo ponía el pie en las playas de Lurín, una buena parte de nuestro ejército recibía órdenes de posesionarse a la vez de ese lugar. Aún hay más. Una división al mando del coronel don Andrés Avelino Cáceres desfiló hacia esos lugares a disputar al enemigo el triunfo que principiaba a alcanzar y que importaba una victoria. Pero, ¡invencible fuerza del destino! el coronel Cáceres hubo de regresar después de haber vencido gran parte de ese desierto, obedeciendo órdenes superiores: la sed agotaba a sus soldados, las municiones eran escasas, la tropa caminaba con tan limitados elementos como si marchase a una parada…
“Pero ¿por qué carecía la división de Cáceres de los elementos de movilidad indispensable? ¿En Lima no había bestias y vehículos suficientes para expeditar un ejército? ¿No se habían dado órdenes para empadronar los medios de movilidad que en la capital existían?
En Lima había bestias y carros de particulares, aparte de los que, en escaso número relativamente, poseía el ejército; unos y otros se tenía dispuesto fuesen empadronados y requisados. ¿Por qué, pues, faltaron?… Provistos nuestros ejércitos de las acémilas y vehículos que había menester, una división, un ejército entero, pudo llegar a Lurín cuando el invasor tenía apenas una diminuta fracción de sus tropas en tierra, y entonces, es de creer, que los resultados hubiesen sido distintos” (2).

Piérola culpable del desastre
En medio del caos, Piérola refundió a última hora los ejércitos del Norte y del Centro en lo que denominó Ejército de Línea, que de tal sólo tenía el nombre, según recuerda Cáceres. Dicho Ejército fue dividido en cuatro cuerpos y a Cáceres se le dio el comando del cuarto, integrado por 4,500 hombres. Pero no eran éstos los de la división que había adiestrado más de tres meses en Huaral, sino que se trataba de tres nuevas divisiones, acantonadas en Surco, Chorrillos y Pacayal, a cuyos jefes y oficiales casi desconocía. Se le ordenó concentrar ese cuerpo en las alturas de San Juan, lamentando Cáceres que se permaneciese a la defensiva sin tomar iniciativa alguna.

Piérola no se apareció por ese lado sino después de varios días, y sólo para aprobar su dispositivo de defensa, que no fue otra cosa que un cordón inusual y obsoleto desde medio siglo atrás, desparramando 16,000 hombres en 14 kilómetros de frente, sin fortines ni fuertes y sólo con “baterías” y “reductos” donde se instalaron de manera rudimentaria las piezas de artillería.

Para formarnos una idea más aproximada de la responsabilidad del dictador en el desastre, nada más a propósito que el “Manifiesto” que en mayo de 1881 hizo público el doctor José María Quimper, documento para cuya redacción tuvo el tino de asesorarse con analistas militares. De él son estos párrafos:
“Cuando S. E. el general La Puerta llamó a Piérola para que se encargase del ministerio de Hacienda, se negó éste a aceptarlo pidiendo se le nombrase ministro de guerra y presidente del consejo. El general La Puerta accedió a darle la presidencia; pero en cuanto a la cartera de guerra le hizo presente que no le parecía prudente que asumiese el desempeño de un puesto que no era de su resorte y para el cual le faltaban indudablemente condiciones que sólo pueden dar el estudio, la práctica y los años empleados en una carrera por su naturaleza larga y fatigosa.
“Piérola, textualmente, contestó lo siguiente: ‘Excelentísimo señor, es necesario que S. E. se convenza que yo sé más de milicia que todos los generales del Perú’. ¿Dónde, en qué tiempo y de qué manera pudo el dictador adquirir conocimientos militares? Había recibido su educación en un seminario, que por cierto no es el plantel más a propósito para ejercer la carrera de las armas. Al dejar el seminario se dedicó al comercio de drogas, estableciendo una pequeña agencia mercantil. Posteriormente, se hizo, por escaso tiempo, periodista político, volviendo en seguida a su mercantil ocupación hasta 1859, en cuyo año la dejó para desempeñar la cartera de hacienda. Su principal, casi su único acto como ministro, fue el célebre contrato Dreyfus. Desde 1872 se hizo conspirador. Ni en Torata ni en Yacango pudo hacerse militar, como no pudo hacerse marino en las aguas de Pacocha.
“(Y) resolvió esperar en Lima al ejército invasor, perdiendo, en consecuencia, todas las ventajas que podían proporcionarle las líneas militares de Chilca y de Lurín en el Sur, y de Piedras Gordas y Aznapuquio en el Norte. Su grande obra fue la fortificación del San Cristóbal que, dada la situación del cerro, no tenía objeto ni podía tenerlo, desde que por allí era imposible un ataque del enemigo; gastó sin embargo en esa farsa de defensa 7’000,000 de soles más o menos.
Fortificó en seguida el San Bartolomé, que a ningún resultado proficuo podía conducir. Su sistema de reductos sólo fue iniciado después del desembarco de fuertes divisiones chilenas en Pisco. Dicho sistema abrazó dos extensas e inmensas líneas: la una desde Chorrillos, por Santa Teresa y San Juan hasta Tebes, dos leguas; la otra, más extensa todavía, desde Miraflores por El Pino, La Calera, etc. hasta Encalada. Habiendo desembarcado pocos días después los chilenos en Curayaco y tomado Lurín, el trabajo de los reductos se precipitó y al fin quedó inconcluso.

El plan del general seminarista
Antes de examinar sus disposiciones militares sui géneris, es preciso detenerse en una observación importantísima. Cuando Piérola hizo su revolución, el 21 de diciembre de 1879, el ejército de línea constaba de 20,000 hombres, que estaban reducidos a 16,000 al librar los combates decisivos de Chorrillos y Miraflores, un año y días después. ¿Dónde está, pues, la pretendida actividad de Piérola para organizar y aumentar el ejército? Verdad es que en el año de dictadura recibió fuertes contingentes de reclutas; pero también es cierto que esos contingentes no bastaron para llenar las bajas provenientes de la disolución de 12 ó 14 batallones, ordenada en los primeros días de su gobierno… Piérola no supo ni conservar el ejército que había encontrado en pie y fue falso lo de haber aumentado o formado ejércitos. Lo que positivamente hizo fue organizar inmensas planas mayores, improvisando jefes y oficiales en número muy crecido, que sólo sirvieron para acrecentar los gastos e introducir el desorden en la movilización de los cuerpos.
Renunciando Piérola a las ventajas de la guerra ofensiva y en territorio propio, optó por la defensiva; al tomar esta resolución perdió la mitad de las probabilidades de triunfo… Entre cien casos, apenas habrá diez que hayan dado la victoria, y efímera, al que se encierra detrás de parapetos, fosos, murallas o reductos; en los noventa restantes el triunfo ha sido del ofensor.
Pero el general seminarista tenía otras ideas y creía sinceramente que el ejército chileno había de atacar en detalle cada una de sus fortificaciones. Examinemos su plan. Su primera línea, defendida por 16 mil hombres, tenía dos leguas de extensión. Era, por consiguiente, débil en todas sus partes para rechazar o sostener el ataque de 24 ó 26 mil hombres perfectamente armados y con excelente artillería.
Los 16 mil hombres estaban, además, divididos en cuerpos de ejército de 4 mil, colocados a grandes distancias entre sí, de manera que no podían auxiliarse los unos a los otros en un momento dado. En suma, toda la resistencia que tenía que vencer el ejército chileno era la que pudiesen oponerle 4 mil soldados clavados en posiciones de mediana importancia, con la única orden de sostenerlas a todo trance. Tampoco existía la posibilidad de que a la batalla acudiese la reserva en tiempo oportuno: primero, porque tenía orden de no abandonar en ningún caso sus posiciones, y segundo, porque entre ambas líneas había una distancia de una y media a dos leguas. Nuestro ejército tenía, pues, que ser batido forzosamente en detalle y bajo las condiciones más desfavorables. A tal suerte lo condenaba el gran plan del general seminarista. Todos preveían este resultado” (3)

Cáceres, motu proprio, no pudo menos que recorrer el frente de su sector, disponiendo rectificaciones y situando a sus tropas en lugares que creyó más adecuados; pero no contó con un buen servicio de avanzadas, ya que las que destacó con esta misión no se percataron del avance enemigo.

Fue el propio Cáceres quien con su catalejo lo descubrió finalmente. Piérola estuvo cerca suyo en aquel trance y aunque fue testigo de cómo la artillería enemiga ofendía con fuegos intermitentes el ala derecha de ese sector, se inhibió de dictar orden alguna que contrarrestase su efecto. Así, varios jefes fueron perdiendo la moral y la esperanza en un buen resultado.

Patriótica exhortación de Cáceres
Cáceres, a caballo y a pie, recorría día y noche la línea de batalla, procurando entusiasmar a sus tropas; por lo menos, él sabría cumplir su deber y demandó similar actitud de los batallones que quedaron a sus órdenes: “Lima”, “Pichincha”, “Piérola”, “Canta”, “La Mar”, “Manco Cápac” y “Ayacucho”. A esas horas extrañaba a su “Zepita”. El batallón reorganizado con este nombre, aunque bajo las órdenes de otro valiente, como percatándose del pensamiento de quien le diera gloria en Tarapacá, se aprestaba por su parte a ser fiel a su tradición heroica.

El objetivo del enemigo fue destruir el centro de la línea peruana, precisamente el frente que defendería Cáceres. Contra él se pusieron en movimiento 14,000 hombres, pertenecientes a las divisiones comandadas por el general Baquedano, que atacaría frontalmente, y el coronel Lagos, que trataría de flanquear por la izquierda. No haremos aquí una descripción de lo que fue la batalla en sus varios frentes, y nos limitaremos a reseñar lo que ocurrió con el cuarto cuerpo del ejército que comandó el general Cáceres. En la noche del 12 de enero de 1881, un soldado capturado a las avanzadas enemigas informó que la movilización de su ejército en orden de batalla se había iniciado a las 16.00 horas de ese día. A Cáceres ya no le sorprendió la noticia, pues la esperaba; deploró sin embargo que a otros jefes la proximidad chilena les alarmase sobremanera. Esa noche no descansó un solo momento, inspeccionando primero el reparto de rancho y ron a sus tropas y encaminándose al frente de su línea cuando eran las 03.00 horas del 13, listo para combatir aunque ninguna orden recibiera de Piérola. Pero a esa hora se le presentó el dictador, solicitándole acompañarlo en la inspección de la línea. (Mañana la batalla de San Juan)

A las 04.00 horas, hallándose el campo cubierto por espesa neblina, se escucharon tiros que provenían de un encuentro entre avanzadas, haciéndose evidente que estaba por principiar la batalla. Media hora después, avanzando silente y protegido por la neblina, el enemigo cargaba sorpresivamente sobre el ala derecha, cuya defensa estaba encomendada al coronel Lorenzo Iglesias. Cáceres marchó apresuradamente a ese sector de su línea, seguido casi automáticamente por Piérola, y al percatarse que los chilenos cogían por retaguardia a las tropas de Iglesias, cuando lo hacía notar Cáceres como esperando órdenes, Piérola le volvió la espalda y partió hacia Chorrillos.

Un testigo de lo que sucedió después relataría:
 “Piérola ya no se dejó sentir en toda la mañana. Ni Dávila que mandaba en la izquierda, ni Cáceres que sostenía el centro, ni Iglesias que se batió en la derecha, recibieron una orden suya. Estuvo en Chorrillos o en los callejones de Villa, paseando como un curioso y escuchando como un autómata los ruidos de la fusilería y las detonaciones de la artillería en todas direcciones. Realizábase así su gran plan” (4)’.

Tampoco fue sorpresa para Cáceres la deserción y fuga del dictador, y al tiempo de verlo partir asumió totalmente la dirección de la batalla en su sector. Según una anónima relación peruana, fue “heroico el comportamiento de este ilustre jefe de nuestro ejército (y) gran parte de sus subordinados supo también cumplir con su deber” (5). Pablo Arguedas(*) y Domingo Ayarza, jefes de dos divisiones que combatieron a sus órdenes, ofrendaron heroicamente sus vidas, a la cabeza de sus unidades que fueron aniquiladas.

Cáceres solicitó el apoyo del coronel Suárez, jefe de la reserva, pero éste se la negó y marchó a Chorrillos, aduciendo que sólo cumplía anteladas órdenes de Piérola. Carente de auxilio, todo el cuarto cuerpo del ejército entró en la línea de fuego, combatiendo durante tres horas al enemigo. Personalmente, Cáceres estuvo en el sector central, animando a la división Pereira que se sostuvo algún tiempo con grandes pérdidas. Pasó luego a la izquierda, pero a su llegada la posición estaba ya en poder de los chilenos; Lorenzo iglesias, a la sazón en retirada, había incumplido sus órdenes. Su pesar aumentó al regresar al centro, pues Pereira acababa de hacer abandono del campo. Y al trasladarse a la derecha comprobó que se consumaba la catástrofe, pues tras valerosa resistencia era finalmente destrozada la división que comandara el bizarro Ayarza.

La última resistencia
Acompañado de sus ayudantes Cáceres intentó reunir los restos y con ellos libró aún una última resistencia, hasta que abrumado por la incontestable superioridad numérica ordenó la retirada, camino de Barranco: 
“El ejército comandado por el señor coronel Cáceres -refiere un testigo- fue batido por sus dos flancos. Ni las medidas oportunas dictadas por este heroico jefe, ni el ejemplo que él mismo diera de un lujoso valor, ni su actividad para asistir donde quiera que veía decaer el ánimo de sus soldados para estimularlos a la resistencia, fueron bastantes para contener al enemigo que, en crecido número, los atacaba. Cuando ya la resistencia se hizo imposible por la disminución que habían sufrido las fuerzas, y de éstas las que quedaban comenzaron a abandonar sus posiciones cediendo al empuje de numerosos enemigos, el señor comandante en jefe logró reunirlas en su mayor parte y se dirigió con ellas hacia el Barranco. Cuando esto tenía lugar, el espacio comprendido entre Pamplona y Santa Teresa estaba ocupado por el enemigo, y la hacienda de San Juan, donde algunas pequeñas fuerzas, ya en retirada, quisieron hacer esfuerzos por detener el avance violento de aquel, se hallaba sembrada de cadáveres” (6).

En Barranco, Cáceres topó con su valiente camarada el coronel Arias y Aragüez, quien pugnaba también por reunir a los dispersos; y entre ambos lograron reorganizar un buen número, tarea en la que destacó también el coronel Francisco Velarde, jefe de estado mayor del cuerpo de Cáceres, y sus ayudantes Torres Paz, Lecca, Castellanos y Carvajal. A esas horas, el doctor Sebastián Lorente insistió en la necesidad y urgencia de socorrer al coronel Iglesias, a quien suponía batiéndose aún en Chorrillos, a juzgar por los fuegos de fusilería que trepidaban en esa dirección. Y con la venia del general Silva, al mando de 400 hombres, Cáceres marchó a ese frente. En el camino encontró al coronel Suárez, que se retiraba con sus fuerzas casi intactas; le reprochó que hubiese asumido tal actitud cuando había aún fuerzas peruanas resistiendo, a lo que Suárez respondió que los fuegos se cruzaban entre los chilenos que empezaban a entrar en saco a Chorrillos.

Cáceres, no satisfecho con esta respuesta, siguió adelante, hasta que comprobó con su catalejo que, en efecto, el Morro Solar había sido ya tomado. Con todo, temerariamente se acercó a Chorrillos y tuvo que enfrentarse con una columna chilena, poniéndola en fuga; pero cuando proyectaba continuar el combate, entusiasmado con el socorro de artillería que hasta allí condujo el capitán de fragata Leandro Mariátegui, recibió orden del estado mayor general para retirarse a Miraflores. Eran las 14.00 horas de aquel aciago día.

Como hemos dicho, la división Suárez no tomó parte en la batalla, a excepción de un batallón que el heroico coronel Recavarren condujo en auxilio de los que resistieron en Chorrillos. Ese batallón, que escribió allí una página de gloria, no fue otro que el “Zepita”, lo que fue anotado en el parte oficial que firmó el general Silva: 
“El batallón Zepita No 29 entró por la calle de Lima, dirigiéndolo el arrojado coronel Recavarren, y aunque acometido por varios puntos, peleó con decisión hasta quedar completamente destruido… Recavarren, desangrado y moribundo, fue recogido del campo y conducido a una ambulancia por el general chileno Emilio Sotomayor, quien dirigiera la toma de Pisagua, desde cuya acción había cobrado interés por Recavarren. Este permaneció abandonado y sin auxilio alguno hasta el 17, en que fue recogido y conducido a Lima por los miembros de la Cruz Roja” (7). 
Otro bravo del “Zepita” fue el sargento mayor José D. Araníbar, quien fue tomado prisionero cuando sus fuerzas se batían con el regimiento chileno Artillería de Marina” (8).

Piérola dormía tranquilo
Refiere Químper que al terminar la batalla, “Piérola dormía encerrado en una habitación de la hacienda Vásquez, a la izquierda de nuestra línea de Miraflores, a más de una legua de este pueblo” (9). Cáceres, tras la dura jornada, tendía a esas horas su capote en el suelo y se acostaba un momento, junto a sus tropas, pensando sin descanso en la manera de dar un vuelco a la situación que no podía ser más grave. Es bien conocido que esa noche, en que las tropas chilenas se hallaban entregadas al saqueo y la embriaguez en Chorrillos, Cáceres solicitó a Piérola, con terquedad, autorización para emprender un ataque que cogería por sorpresa al enemigo; y sabido es también que el dictador desechó el proyecto, calificándolo de estéril e inútil.

Se acordó una tregua el 14, durante la cual Miguel Iglesias, prisionero en la víspera, fue comisionado por los chilenos para negociar con Piérola. El armisticio debía durar hasta la medianoche del 15, pero no fue respetado por el enemigo, que el mismo 14 movilizó sus tropas en disposición de ataque sobre Miraflores. La segunda línea de defensa fue conservada por Piérola en una extensión de dos leguas, mucho más débil que la de San Juan porque fue mucho menor el número de fuerzas que se aprestaron para la definitiva batalla.

Según Cáceres, en San Juan y Chorrillos el ejército peruano no fue aniquilado, sino más bien disperso. En realidad, para defender Miraflores Piérola bien pudo reorganizar 10,000 hombres de los restos de San Juan, más 6,000 de la reserva y otros 2,500 que pudo solicitar del Callao. Pero sólo reorganizó 5,000 del ejército de línea y trajo del Callao apenas 800. Ellos, con la reserva, sumaron los 12,000 que se formaron contra 22,000 invasores.

La línea de Miraflores se organizó en tres sectores de defensa. El de la derecha quedó a órdenes de Cáceres: el centro a las de Suárez y la izquierda a las de Justo Pastor Dávila. En los diez “reductos”, desparramados en una extensión de doce kilómetros, a intervalos de 800 a 1,000 metros, se montaron algunas piezas de artillería, guardadas por fuerzas de reserva. Quedaron a las órdenes de Cáceres los batallones jefaturados por Juan Fanning, Arias y Aragüez, Carlos Arrieta, Augusto Seminario, Maximiliano Frías, Noriega, Frisancho, Porras, Garay, Crespo y Zevallos, formados en dos divisiones.

Batalla de Miraflores
En la mañana del 15 Cáceres recorrió todo su sector, cuidando de que se distribuyera una copa de ron y su correspondiente rancho a cada uno de sus soldados; ordenando el adecuado emplazamiento de su débil artillería; dictando otras varias disposiciones de combate y, principalmente, arengando a sus tropas para combatir con honor por el triunfo o el sacrificio.

Al percatarse que las guerrillas enemigas se situaban a 500 metros de su frente, Cáceres hizo notar al general Silva que la tregua era violada, obteniendo por respuesta que por nuestra parte teníamos que cumplirla rigurosamente. Pero casi de inmediato, cuando empezaba la tarde, se dio inicio a la batalla, al contestar las tropas de Cáceres el ataque frontal de la división Lagos al tiempo que de flanco eran bombardeadas por la escuadra enemiga.

Desde el principio, la lucha fue desigual, pero con todo, los peruanos hicieron allí prodigios de valor, haciendo honor a la tradición heroica del jefe que los condujo. Dejemos aquí la narración a un protagonista del suceso, que al parecer estuvo cerca de Cáceres: 
“El citado 15, a la una de la tarde, y cuando el jefe de estado mayor coronel Velarde, obedeciendo las órdenes que le impartiera el señor comandante en jefe coronel Cáceres, hacía conducir de la izquierda a la derecha dos piezas de artillería, comenzó el fuego del enemigo. Fue contestado inmediatamente por nuestras tropas, y el combate se hizo general en todo el cuerpo del ejército. El señor comandante en jefe comenzó entonces a recorrer la línea, animando a jefes y oficiales con la palabra y el ejemplo e impartiendo las órdenes que juzgaba oportunas para asegurar mejor la resistencia. Cumpliendo estas órdenes dos de sus ayudantes, el capitán Torres Paz y el teniente Retes, fueron víctimas, el primero por la izquierda de la línea y el segundo en la derecha.
“En estos momentos, en que el fuego se hacía cada vez más intenso, el teniente Castellanos fue herido de gravedad, obedeciendo una orden dada por el señor jefe de estado mayor, quien, a su vez, cumplía las que el comandante en jefe le dictaba. Los jefes de los cuerpos hacían, por su parte, prodigios de resistencia. Esta tenacidad en el combate, la actividad del señor coronel Cáceres, su denuedo, sus disposiciones dictadas con imperturbable serenidad, la cooperación de su estado mayor y de sus ayudantes, y también la resistencia perseverante y brava opuesta por los batallones 1 y 2 del ejército de reserva (que defendieron los reductos de su sector, al mando de Lecca y Ribeyro), todo esto dio origen a que el enemigo fuese rechazado por dos veces y que sus jefes se viesen en la necesidad de auxiliarlo con su fuerza de reserva.
El heroísmo de Cáceres
“En esta terrible lucha, a la pérdida de los oficiales que hemos indicado como pertenecientes a la comandancia en jefe, se agregó la de los coroneles Fanning, Arrieta y Arias y Aragüez, muertos cada uno al frente de sus respectivos batallones, la de otros jefes de menor graduación, la de varios oficiales y la de gran número de individuos de tropa. No obstante esto, el fuego continuaba. El señor coronel Cáceres reemplazaba su primer caballo, que ya expiraba atravesado por una bala; los batallones, aunque diezmados, resistían, y todos de consuno se esforzaban en obtener el triunfo cuando la escasez de municiones se dejó sentir. Esta contrariedad no amenguó, sin embargo, sino momentáneamente tanta y tan notable bravura; y ello se debió a la actitud del señor coronel Cáceres, quien con sus vestidos perforados por las balas y con su segundo caballo herido en varias partes, se lanzaba raudo a la pelea y entusiasmaba a todos. Un auxilio de la izquierda en este supremo momento, y el triunfo era por nuestras armas. Pero no vino ese auxilio” (10).

Ninguna respuesta favorable obtuvieron los ayudantes que envió Cáceres ante Piérola demandándole esos refuerzos: “El generalísimo -cuenta el Héroe de Tarapacá- en ningún momento se presentó en la línea y permaneció en Vásquez con sus ayudantes y el coronel Echenique, jefe del ejército de reserva” (11). Relata un reservista que Piérola, como trastornado, procuraba alejarse a galope de los sitios peligrosos, al tiempo que “el coronel Cáceres dirigía su anteojo sobre las polvaredas que pudieran indicar tropas en marcha. Refuerzo ninguno. Eran, mientras tanto, las 4 p.m., y el fuego enemigo continuaba con gran vivacidad… Hacía más de tres horas que combatíamos, y sin embargo ¡no recibíamos ningún refuerzo! Cáceres, desesperado, decía confidencialmente en un grupo: “No tenemos ya municiones, estamos perdidos” (12).

¡Viva el Perú! Gritaba Cáceres
Y pese a ello, el héroe alentaba a soldados y reservistas, reclamándoles un último esfuerzo; ellos, refiere quien lo vio nimbado de gloria en tan terribles momentos, 
“al reconocer a nuestro comandante general recorriendo la línea, se electrizaban con su presencia, como si ella les inspirara mayor confianza en la victoria. Los jefes y oficiales lo saludaban con respetuosa familiaridad y él les hablaba infundiéndoles el espíritu de que se hallaba dominado. Ciertamente, si había algo que distraía en esa coyuntura la atención del horrible espectáculo de la muerte, era ese entusiasmo que animaba por todas partes los semblantes. ¡Viva el Perú!, gritaba Cáceres al pasar, ¡Pararse, muchachos! ¡Viva el Perú! contestaban todos, pero con una voz tan unida, pero con tanto brío y frenesí que era preciso ser de piedra para no conmoverse y conservar la serenidad. Unos levantaban sus kepíes en las puntas de sus fusiles, otros los arrojaban contra el suelo con ademán de rabia, como diciendo ¡aquí sabré morir! Y las bandas de música de los batallones tocaban el himno nacional; pero ¡cuán débil era la voz de los instrumentos y cuán ahogada quedaba por el fragor de la batalla! ¡Una hora más, una hora! Decíamos… y la izquierda no daba señales de vida” (13).
Sin apoyo y extenuada su hueste, Cáceres ordenó un primer repliegue; unió los restos de su ejército con la reserva que a las órdenes del coronel Correa y Santiago se puso a sus órdenes. Hubo un momento de tregua, pero porque el enemigo suspendió momentáneamente los fuegos para reagruparse y emprender la ofensiva final, con incontestable superioridad de fuerzas.

Cáceres herido se retira a Lima
Los valientes de Cáceres se defendieron en los reductos, pero al observar el jefe que era imposible y hasta inhumano continuar la resistencia sin municiones, perdida ya la esperanza de ver aparecer los refuerzos, Cáceres ordenó la retirada. Dos balazos atravesaron su kepís sin herirlo, pero al detenerse para encabezar una postrera resistencia en la izquierda recibió un balazo en la pierna, al tiempo que su caballo era también alcanzado. Dice un testigo que al quedar el héroe incapacitado para seguir combatiendo se perdió también al jefe que hubiese podido salvar en orden los restos del ejército y gran parte del parque. Ello sucedió alrededor de las 18.00 horas. Caído Cáceres nadie pudo contener la dispersión de las diezmadas tropas.

Poco menos que abandonado a su suerte, muertos o heridos casi todos sus ayudantes, el héroe tomó el camino de Lima. En el trayecto fue auxiliado por el comandante Zamudio, quien le alcanzó un poco de agua y le vendó la pierna con su pañuelo. Ya de noche, a caballo, Cáceres llegaba a la plaza de la Exposición: ya no solo, pues al reconocerlo se le había unido buena cantidad de dispersos, dando vivas al coronel y reclamando jefaturarlos en una nueva resistencia. Pero le faltaron a Cáceres las fuerzas físicas y apenas pudo recomendarles que se pusieran a órdenes de otros jefes más aptos para proseguir la lucha.

Desfalleciente, Cáceres llegó hasta el puesto de la Cruz Roja, instalado en la calle de San Carlos. Allí recibiría las primeras curaciones, para ser ocultado luego en casa de probados patriotas, pues los chilenos destacaron partidas a efecto de hacerlo prisionero. Impotente, desde su lecho de herido el héroe comprendió que la capital ya no podía ser defendida; pero fue precisamente en ese trance crítico que concibió la idea de internarse en la sierra y continuar desde allí la resistencia. La Breña se aprestaba a ser escenario de sus mayores glorias.

NOTAS
(1) Editorial de “El Orden”, Lima, abril 12 de 1881.
(2) Crónica de “El Comercio”, Lima, enero de 1884, publicada en el tomo V de la Colección Ahumada Moreno, Valparaíso, 1880, pp. 179-182.
(3) Documento del 25 de mayo de 1881, publicado en la Colección Ahumada Moreno, tomo V, pp. 223 228.
(4) Ibidem.
(5) Ibidem, supra 2.
(6) Ibidem.
(7) Parte del general Pedro Silva, Lima, enero 28 de 1881.
(8) Documento publicado en la Colección Ahumada Moreno, tomo IV, p 132.
(9) Ibidem, supra 3.
(10) Ibidem, supra 2.
(11) “Memorias”, Lima, 1980, tomo I, pp. 144-145.
(12) Apuntes de un reservista sobre las jornadas del 13 y 15 de enero de 1881, publicados en la Colección Ahumada Moreno, tomo VI, pp. 190-196.
(*)Pablo Arguedas no pertenecía al cuerpo de Cáceres, sino al cuerpo del Ejército comandado por Miguel Iglesias
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Texto escrito por Luis Guzmán Palomino, tomado del blog taytacaceres.blogspot.com

Saludos
Jonatan Saona

13 comentarios :

Anónimo dijo...

Hace mucho que he buscado información sobre la resistencia de Lima durante la invasión chilena. Si bien es cierto hay información escrita al respecto (la suya me parece concisa y espléndida) no puedo decir lo mismo de los lugares "emblemáticos" en donde miles de Peruanos bañaron con su sangre las trincheras y reductos que defendían. El Morro Solar, por ejemplo, fue ejemplo de heroísmo y se equipara sin verguenzas con el sacrificio ocurrido en el Morro de Arica, y sin embargo solo hay que hacer una comparación entre uno y otro... no hay palabras que definan las distancias existentes. por otro lado, en las otroras pampas de San Juan, al menos que yo sepa, no queda un solo rezago o vestigio de la lucha encarnizada que allí se dio (si estoy errado debido a la falta de información, favor de corregirme)y que marcó el inicio de la lamentable toma de la ciudad de Lima. Solo se aprecia lo que hay en el parque reducto de Miraflores que resulta insignificante en comparación con las batallas encarnizadas que allí se dieron.
Felicitaciones por este Blog que recién encuentro, y me da mucha lástima que los hechos narrados en los distintos posts (acciones grandes y pequeñas, pero de lejos importante parte de nuestra historia)tengan cero visitas. Y después nos quejamos por que somos un país tercermundista.... Al menos cuente con un servidor como asiduo lector de su blog.
Saludos.

Anónimo dijo...

excelente post el que has publicado!!!! me interesa saber mucho sobre este triste acontecimiento que marco la historia del peru. Y algo que mucho se habla es que la guerra la perdimos por la ineficiencia de nuestras autoridades, pero no imagine la magnitud de tal ignorancia, y peor aun que habiendo en ese entonces gente muy preparada nunca se le hizo caso alguno.... que triste en verdad!!!.... te felicito amigo por tu publicacion... me quedare hasta leer todo lo que pueda...

Anónimo dijo...

Sólo queda decir con el corazón en la mano y con el bravo patriotismo que un día nos hará vengar la guerra de 1879: VIVA EL PERÚ CARAJO!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Anónimo dijo...

El "error" de Cáceres fue no haber muerto en batalla, quizá no hubiera hecho el gobierno tan corrupto que hizo, y se le hubiera considerado "héroe"; no olvidemos que él era un hacendado que lo primero que hizo (como Túpac Amaru al defender su negocio de transporte de mercadería entre Bolivia y Perú)defender sus chacras , enviando a todos sus peones como carne de cañón a pelear -y morir- contra los chilenos. Luego con la complicidad de Remigio Morales Bermúdez se desembarazó de Piérola y se hizo nombrar presidente por el congreso.
Creo que ya es tiempo de desmitificar a Cáceres y no equipararlo,ni de lejos, con Grau que tuvo la nobleza de rescatar al enemigo caído y no enviar a morir a quienes le daban de comer con su trabajo.

Anónimo dijo...

Creo al 100% que tu opinion esta equivocada.Que bueno que no murio en combate impartio ordenes,se preocupaba por su tropa y nunca le dio la espalda al combate como pierola,echenique y otros.Por si no lo sabes Caceres vendio sus propiedades para poder comprar armas en toda la etapa de la Brena.Y lo de su gobierno fue extraordinario,Despues de la guerra Caceres toma prisionero a Pierola para juzgarlo por traicion a la patria,pero este escapa a chile.Y cuando fue presidente por segunda vez fue porque no queria que pierola sea presidente el cual en sugobierno fue corrupto y goberno para la oligarquia.Te recomiendo que leas un poco mas sobre nuestro Heroe.Hay libros escritos por su hija Zoila y su esposa.En la Brena siempre pedia la union de todos los peruanos que era la unica forma de voltear los resultados adversos a nuestras armas,pero que va pierola preferiia reunirse con lynch y tratar el tema de su salida del pais,iglesias no queria pelear mas y panizo hizo el desacato que casi nos lleva a la guerra civil en plena guerra con los rotos.Hay que seguir investigando.

Anónimo dijo...

Me gusta muchisimo este blog, mucha informacion interesante y se nota una preocupacion del autor, y ademas creo que respeta bastante la imparcialidad, por lo menos no me he sentido ofendido al leer comentarios o la narracion misma. Tengo antepasados que estuvieron en esta guerra, por parte de mi padre -de origen ingles- y madre -de origen aleman-, se hicieron chilenos como todos los que llegaron, a hacer de este suelo su tierra de libertad y prosperidad, y a dar su sangre. Eso me enorgullece mucho.
Martin McCutcheon

Raúl Olmedo D. dijo...

Mas o menos desde el desembarco en Pavessey (1066) se ha venido demostrando que a un ejército agresor que desembarca debe combatírsele cuando recién toca la playa, y está en su punto de mayor desorganización.
No lo hizo así Harold, y fue derrotado, días mas tarde, en la batalla de Hastings. Perdió también la corona, la vida y su país, pues los normandos llegaron para quedarse.
El feldsmarshall E. Rommel también quiso disponer de fuerzas para contraatacar de inmediato y en la playa el desembarco aliado en Normardía (1944). Se le negaron las tropas blindadas y recursos para ello, y luego no hubo forma de parar a los desembarcados una vez bien organizados en tierra.

La percepción de Cáceres, entonces, fue acertada. El Ejército de Chile debió ser atacado de inmediato en Curayacu, o en Lurín, porque todo ejército que desembarca como acción de guerra lo hace sujeto a contingencias que se traducen en confusión, desorganización y desorden. Es una constante, el momento de su mayor debilidad como fuerza armada.

Lo que no me calza es la afirmación de que, en su afán de atacar de inmediato, Cáceres se puso en marcha " y no pudo atravesar el desierto".
¿ Que desierto ? Hablamos de una pampa arenosa de sólo 17 Km. entre Lurín y la línea Santa Teresa-San Juan, que ya estaba ocupada por las fuerzas peruanas, y constituía, por lo tanto, una base de operaciones. Misma pampa que las fuerzas chilenas atravesaron solo en 12 horas, y con descansos, desde las 17,00 del día 12.01.81 al amanecer (05,00 AM) del día 13. Enfatizando en que no utilizaron carretas, que se habían probado ineficientes en la anterior campaña de Moquegua, sino sólo mulas, conducidas por hábiles y sacrificados arrieros.
Otras deben haber sido las razones que impidieron a Cáceres cruzar esa distancia, en territorio propio y conocido, pero no la falta de agua, víveres y bastimentos varios. No hubo carretas, se señala.
¿ Tampoco hubo dos o trescientas mulas aptas para el transporte de munición y bastimentos en todo Lima y Callao de 1881 ?.
Es muy curiosa la información que se comenta.

R. Olmedo

Raúl Olmedo D. dijo...

Por otra parte, desconcierta un poco las tragaderas, o quizás ingenuidad, del público peruano.
Se señala que Chile atacó por sorpresa en Miraflores, el día 15.01.81, violando un armisticio.
Es comprensible que al enemigo se le atribuyan las peores intenciones. Pero ¿ imbecilidad congénita ?

El Ejército de Chile contaba con seis brigadas el día 15.01 Algunas bastante maltratadas en la batalla del día 13 anterior.
Aún así, unos 16.000 hombres de infantería se encontraban aptos y ganosos para un nuevo enfrentamiento. La munición y bastimentos estaban siendo descargados en el embarcadero de Chorrilos.
Y en tales condiciones resulta que Chile habría asestado el golpe con solo UNA brigada (de la 3a División, Lagos), sin contar con otras tropas durante la primera hora de batalla. Unos 2.400 hombres, que cubrían solo el extremo izquierdo de su frente. Todas sus otras brigadas y divisiones se encontraban, en esos momentos, alejadas del frente, y demoraron más de una hora en entrar en combate.
Por eso es que las fuerzas de Cáceres pudieron salir de sus trincheras y embestir a esa brigada, procurando encerrarla para su aniquilación. El propio comandante en Jefe chileno, Baquedano, casi sucumbió a las primeras y sorpresivas descargas peruanas.
¿ Así se planea una sorpresa ?

Si se quiere entender y comentar la historia, lo menos que se debe reconocer al enemigo es la posesión de un mínimo de neuronas.

Sugiero leer y revisar las versiones de historiadores peruanos contemporáneos, como Wilfredo Kapsoli, Daniel Parodi, Jorge Ortiz, Javier Tantaleán y - muy especialmente - Nelson Manrique.

R. Olmedo

Anónimo dijo...

de que se jactan los Chilenos, sino tenían la ayuda Inglesa jamás se hubieran aventurado a robarnos los terrirtorios del norte, como tarapacá y antofagasta, para nadie es secreto que estos cobardes sin apoyo externo no hacen nada ni tampoco en igualdad de condiciones. Miren cuando el General Velazco hiba a recuperar Arica y Tarapacá, el Cobarde de Pinochet pidió apoyo a EE.UU., para que intervenga y no invadan su territorio que anteriormente fuera peruano . No olvidemos que Chile es un país pobre de recursos naturales y lo que hoy gozan es sobre territorios que nos robaron hace 130 años. El cobre procede de alli. Estos brabucones se jactan de haber ganado una guerra sola y no mencionan el apoyo Ingles, que sin ellos no heran nada.

Anónimo dijo...

¿ Y cuales eran los batallones o cuerpos ingleses ? ¿Cuales eran los aesores militares ingleses? Toda la historia militar de Chile está escrita ,en partes militares bandos y ordenes del día, todo esta escrito. ¿ hubo algun buque o escuadra inglesa?. Todos Chile sabe de los enganches forzados de concriptos "carne de cañon" , el ejercito regular de Chile no superaba los 2000 efectivos la mitad de ellos desplegados en la Araucania y en todo el territorio ¿ Asi que Chile se preparó por años ? y porque entonces tuvo que recurrir a emprestitos y compra urgente de material uniformes , fusiles y municiones a Francia a principios de 1879? ..recuerden que las 1ras acciones de guerra fueron maritimas y solo Chile solo inicio la campaña terrestre cuando se aniquiló la armada Peruana, solo en esos meses de guerra maritima Chile logro apertrechar el ejercito que iniciaba la campaña terrestre.. En Chile todo esta documentado, incluso las cartas y notas del comando Militar y el gobierno de Anibal Pinto quejandose por la precariedad con la que estaba el ejercito cuando se avecinaba la guerra en 1879. Todo lo demás es querer justificar la derrota militar del Perú solo con exagerar los recursos militares y numericos del ejercito de Chile. Si Chile estaba entonces "tan preparado" y armado hasta los dientes ¿ Porque entonces Peru no se declaro neutral (nunca lo hizo) ? Peru solo debia decir que era "No beligerante" y nunca lo hizo ¿ Peru entonces se sentia preparado para una Guerra ? ..Al parecer si... Eso prueba entonces que subestimaron al enemigo. ..Los Peruanos se batieron heroicamente en defensa de su patria ..eso no los hace menos valientes por que cañon o fusil usaba el ejercito enemigo..o que si el enemigo tenia un ejercito bien o mal preparado...Perú fue a la guerra sabiendo a que enemigo enfrentaba..

ws2falcon dijo...

Como yo lo veo, las tropas que se enfrentaron merecen admiración. El ejército de Chile también tuvo muchos muertos atacando las defensas de San Juan y los reductos de Miraflores. Quizás lo más rescatable del desastre es que no fué una victoria fácil para Chile. La guerra duró casi cinco años, y ciertamente no fué un desfile militar para Chile. Ellos también recibieron lo suyo. Saludos!!

Anónimo dijo...

Ya debemos quitarnos de la cabeza aquello que el gobierno de Cáceres fue malo o corrupto. Recordemos que él toma el poder de un país quebrado, sin moral, con una crisis inimaginable. Chile destrozó toda infraestructura y había que comenzar de 0. En ese contexto el contrato Grace fue una oportunidad. La historia es cruel con este héroe, mientras el traidor de Piérola es más recordado que Cáceres. VIVA CACERES!!!

Raul Jacinto dijo...

Las batallas por Lima estuvieron perdidas de antemano. Piérola, al planificar la defensa, parece que no tuvo en cuenta que batallar en linea perpendicular al mar dominado por los chilenos era tener un flanco bajo constante bombardeo como ocurrió en efecto.

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