martes, 11 de febrero de 2020

Manuel Orella

Manuel Joaquin Orella
Don Manuel J. Orella.

Quien tiene grabadas sus glorias en dos rocas del Océano i quien tiene a las olas como mensajeras do su fama, no necesita, señores, del bronce que eternice su memoria ni de los escritos que publiquen sus hazañas; tales cosas deben mirarse mas bien como un pequeño tributo conque la patria recompensa los sacrificios ofrecidos en sus aras. Hablo aquí del por mas de un título ilustre capitán de corbeta, don Manuel J. Orella, digno de figurar entre los primeros en la pléyade de valientes defensores del pabellón chileno.

Desde 1862 principia su carrera de marino en la Escuela Naval de Valparaíso, de donde salió cuatro años mas tarde en el vapor Maipú en servicio de la pequeña escuadra que tenía a raya a los españoles, mil veces mejor equipados.

Después de varias arriesgadas empresas en que tomó parte contra la escuadra española que por fin se retiró, se dirijió en la Esmeralda a Mejillones deBolivia, llevando auxilios de todo jénero a las infelices víctimas del terremoto de 26 de agosto de 1868, siguiendo al Callao, de donde volvió acompañando los restos de don Bernardo O’Higgins.

No pasaré en silencio los servicios prestados por Orella en los viajes de esploraciones a Valdivia i canales de Chiloé i en los repetidos viajes a Mejillones de Bolivia i a las costas del norte do la República, ya sea en obsequio de la ciencia, ya en socorro do las víctimas que hacían los terremotos i epidemias en el Norte, o ya sea en ayuda del adelanto industrial de Chile, teniendo sucesivamente por jefes a Tompson, Rondizzoni i Lynch.

Tantos trabajos no fueron echados en olvido, puesto que de cadete que era al ingresar en la Escuela Naval, recorrió sucesivamente los grados de guardia-marina en 1866, teniente 2.° en 1870 i teniente 1.° en 1877, siendo nombrado ayudante de la Gobernación Marítima de Valparaíso.

Llega el año do 1879, i el que tantos años había servido a su patria, no fué de los últimos en ofrecer su sangre por ella; i no es de estrañar que tan brillantes hechos vinieran a coronar su modesta carrera de marino, ántes por el contrario, semejante pedestal no podía tener un monumento de otra especie.

Las glorias de Orella en esta campaña están íntimamente unidas a las de la gloriosa goleta Covadonga, de la cual era segundo jefe. En Punta Grueso mantiene a raya al encorazado Independencia, con sus certeros disparos, lo ataca después con su finjida fuga i lo sepulta en seguida entre las rocas, a tiempo que la Esmeralda sé hundía combatiendo: mas tarde en Angamos llegó a tiempo para disparar contra el Huáscar que sucumbía: contribuyó poderosamente para subir los cañones de campaña por los escarpados cerros de Ite: coadyuvó a la pronta rendición de Arica con sus disparos al Morro, i por fin, desempeñó dignamente delicadas comisiones al norte del Perú i Panamá; en éstas se ocupaba cuando la muerto lo arranca a su querida patria en las plazas de Guayaquil, violentamente atacado de la fiebre amarilla. Su gloria no será como la flor que nace i muere en el espacio de pocas horas, nó, que siempre las rocas de Iquique recordarán al navegante las glorias del intrépido i sereno Orella.

F. V. C.

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Texto e imagen publicados en el periódico "El Hijo de la Patria" núm. 10, Santiago, 11 de setiembre de 1881.

Saludos
Jonatan Saona

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