2 de septiembre de 2019

José María Marchant

José María Marchant
Don José María Marchant
Teniente Coronel, Comandante del Rejimiento Valparaíso

I.
Entre las nobilísimas vidas que la segur de la guerra segó, en la sangrienta i gloriosa batalla de Miraflores "batalla i victoria de oficiales", "la batalla de los futres", según llamáronla pintorescamente los pililos, por el caloroso comportamiento de sus superiores, descollará sin duda ante la posteridad, por la alta talla de la víctima, la del comandante del Rejimiento Valparaíso, don José María Marchant, soldado de elevada corpulencia i hombre de jigante corazón que murió a la cabeza de su rejimiento, compuesto casi todo de colosos, medidos por la musculatura de sus anchos pechos.

Don José María Marchant era chillanejo. fornido montañés como tantos denodados capitanes que han sucumbido en la presente guerra i en todas las guerras de Chile. Era de la cuna de pellín i del temple de acero de Juan Martínez, de San Martín i de Vargas Pinochet. Chillán fué fundado para servir de barrera en la abierta llanura al bárbaro araucano, i por eso ha sido en la montaña i la planicie almácigo de bravos.

III.
El comandante Marchant era hijo de padres cultivadores i el mayor de trece hermanos. Su padre, don Basilio Marchant, poseía un pequeño fundo en la vecindad de Chillán, i habiendo fallecido cuando su primojénito era todavía niño, tomó éste su puesto en el hogar. El comandante del Valparaíso, que murió en el puesto del deber, comenzó la vida llenando austero i sublime ese mismo deber. En la edad de los devaneos infantiles, era el padre de una tribu de hermanos desvalidos, i socorrió a éstos hasta su última hora, apartando de sus escasísimos haberes el pan de su sustento i proporcionando a cada uno los medios de ganarse honrada vida. La menor de sus hermanas, mentante en la oficina telegráfica de Santiago, fué nombrada, a virtud de un noble acto de justicia patriótica, jefe de la oficina militar de Chiguaigue en las fronteras a principios de 1881.

IV.
Por la estirpe de su madre, la señora Josefa Hermosilla, el comandante Marchant era retoño de bravos. Todos los Hermosillas del Ñuble fueron soldados en tiempo del rei i en pro del rei, pero todos fueron esforzados. El capitán Parra, de Cazadores a caballo, es Hermosilla por la sangre materna.

V.
Odedeciendo a sus instintos naturales cuando tenía apenas quince años, el comandante del rejimiento Valparaíso sentó plaza, como San Martín i como Martínez, de soldado, distinguido en el aguerrido batallón Valdivia, acantonado en Chillan en 1848. Pero el coronel don Mauricio Barbosa, capitán entonces de la compañía de granaderos de ese cuerpo, uno de los hombres más completos de guerra que haya tenido el país, i que murió en desgracia porque entre sus dotes militares tenía la altivez jenial del soldado, trájolo consigo de Chillán a Santiago, i le hizo entrar a la Escuela de Cabos en febrero de 1849. Allí fué el joven Marchant compañero i condiscípulo del jeneral Lagos, el de Miraflores, i del comandante Vivar, el de Tarapacá; i desde entonces, por el honor i la bravura, perteneció a la escuela de ambos. Su maestro i su guía fué el pundonoroso jeneral Aldunate que hacía de la honra la primera condición de la vida en el hombre i en el militar.

VI.
En febrero de 1848 había entrado de voluntario al ejército el comandante Marchant; en febrero de 1849 se incorporó a la Escuela de Cabos; en febrero de 1851 volvió a alistarse en su viejo cuerpo, el batallón Valdivia, en clase de sarjento. Su estreno en aquel año memorable en nuestra historia por sus sangrientas lides fratricidas, fué recibir mortal balazo en la batalla de Loncomilla donde tantos otros perecieron; mas, su superior robustez natural, salvóle junto con su juventud.

VII.
El sarjento Marchant, había recibido el bautismo del fuego al frente del Tejimiento Buin; i en esa renombrada tropa hizo después toda su carrera. En la batalla de Cerro Grande, otra hecatombe de la guerra civil, ocurrida el 29 de abril de 1859, el sarjento de Loncomilla, era ya capitán. Diez años más tarde era sarjento mayor, i sólo en 1876 teniente coronel efectivo

VIII.
En esta capacidad pasó, como jefe organizador i hombre de notorios respetos, al estado mayor del ejército del sur, que tenía su asiento en Angol, a las órdenes del honrado jeneral Urrutia, i allí hízose el comandante Marchant uno de sus poderosos auxiliares, a la par que figuraba entre los más honorables vecinos de la población civil. En 1876 el comandante Marchant era nombrado primer alcalde de la Municipalidad de Angol.

IX.
Hallábase en esa pacífica situación, cuidando de su segunda familia con la consagración i la ternura de quien había aprendido a ser padre en la orfandad i en la niñez, cuando, con la tardanza que se puso sistemáticamente en una guerra que debió ser hija de la celeridad para vengar al país i coronarlo, fué llamado al servicio activo un año casi después de comenzada aquélla. Confióse al comandante Marchant la tarea de organizar el 2° batallón Aconcagua (refundido después en un rejimiento con el 1°) el 26 de diciembre de 1879.

Trasladóse en consecuencia de esa orden el comandante Marchant por esos días de Angol a San Felipe, instalando antes a su familia en pobre hogar en los barrios más solitarios de Santiago. El comandante Marchant habíase casado con una interesante señorita, hija de un honrado servidor de la República, soldado como él; i aquélla, aún en el albor de la vida, habíale dado ya siete hijos. Su esposa, hoi desconsolada viuda i más desconsolada madre, es la señora Petronila Molinet, hija del teniente coronel don Juan Pablo Molinet, que fué gobernador de la Florida i Casablanca.

X.
Escondía el comandante Marchant bajo su levantado pecho, alma tiernísima de padre, i las cartas que desde la campaña escribiera a sus pequeños hijos están empapadas de esas lágrimas que no se ven porque caen, como el agua de la fuente, dentro del propio receptáculo que las vierte. "Idolatrada hijita, —decía a su primojénita Ofelia, que le enviaba al páramo de Pisagua la primera ofrenda de su inocente amor,—en la mañana de hoi (octubre 13 de 1880) he tenido el más grato placer al abrir la correspondencia de su mamacita i encontrarme con una carta suya.

"No puede imajinarse cuánto fué mi contento, i cómo mi corazón se llenó de regocijo al ver su firma i propia letra que tanto tiempo há que me hallaba careciendo de leer una palabra amante i cariñosa de mi ánjel i quérida Ofelia". I cambiando de tono, pero nó de ternura, decía en otra ocasión a su hijo José María, que había tomado su puesto en la familia. "A José María, que no olvide mis recomendaciones que debe observar como el hombre mayor de la casa. Que si se conduce mal, me veré obligado a nombrar al señor Alfredo, para que me reemplace durante mi ausencia, i él tendrá que quedar bajo su dominio i obedecerle en todo lo que le mande. I lo que es más, tendrá que perder los varios regalos que le tengo guardados en mí maleta".

Ese era el padre!

XI.
Pero el soldado, el antiguo discípulo del jeneral Aldunate, vivía dentro del hombre ejemplar, i se mantenía como el maestro, a la suprema altura de todos los deberes.—Contestando desde San Felipe, con fecha 11 de febrero de 1880 a una prima suya que desde la Palmilla le encargaba no exponer, en la batalla, su vida, tan preciosa a los suyos, decíale, en efecto estas nobles palabras que una a una supo cumplir:

—-"Te agradezco de corazón tus saludables consejos i de cómo debo conducirme. Todo esto ya lo tengo previsto i calculo cuáles serán las consecuencias con respecto a mi familia si tengo la desgracia de quedar en el campo de batalla. Pero cuando el hombre pertenece a su patria i es además empleado militar, todo se pospone a los sagrados deberes que tiene con la familia, para cumplir el llamado que le hace su patria i defenderla. En el combate evitaré en cuanto me sea posible el derramamiento inútil de sangre, sin retroceder un paso i dejar bien puesto el nombre de chileno. Si muero defendiendo a mi patria, no me pesará; i lo único que podrá atormentarme será el recuerdo de mi mujer i mis numerosos hijitos que no les queda más porvenir que la miseria; no obstante, Dios í la patria velarán por ellos."

XII.
Organizado el 2° Aconcagua con la presteza que esa denodada provincia ha puesto siempre en los aprestos de las guerras nacionales, el comandante Marchant emprendió el viaje del norte a la cabeza de su batallón, en marzo de 1880, i en el mes de mayo subsiguiente se hallaba acampado en Jazpampa. No había alcanzado la fortuna de ser llevado a la campaña activa "por la mala calidad del armamento de su cuerpo". "Si se acierta,—escribía tristemente a su esposa el 8 de aquel mes,—como no debe dudarse, la destrucción del ejército aliado, los que quedamos debemos formar parte de la última expedición a Lima. Esto es lo único que nos consuela, ya que no hemos podido compartir con nuestros compatriotas las glorias que éstos deben alcanzar."

XIII.
I, en efecto, cuando después de los embrollos, de los comparendos i de las quitas i esperas de la guerra concursada que hicimos al Perú, volvió a encaminarse casi por sí sólo su carro triunfa! hacia la meta, el comandante Marchant fué señalado entre los primeros jefes para formar parte de la expedición a Lima. Con este fin, nombrósele en Iquique el 16 de noviembre de 1880, comandante del lucido rejimiento Valparaíso, que acababa de llegar a esa plaza, i diósele en calidad de segundo jefe, al bizarro comandante La Rosa, soldado de encumbrada estatura como Marchant. Bajo el aspecto físico, los Tejimientos Valparaíso i 3° de línea fueron los titanes del ejército. Ala cabeza del primero marcharon ambos jefes a Pisco, desde cuya rada el comandante Marchant escribió a su esposa con presuroso lápiz su última carta de adiós el 19 de diciembre.

I de allí encaminóse a Curayaco, a Lurín i a Lima, a donde, como todo el ejército, suspiraba por llegar desde que se ciñera la espada de la campaña.—"El rejimiento Valparaíso que mando,—escribía ufano a su esposa desde Pisco—se baila a mucha altura entre los jefes superiores de este ejército."

XIV.
Todo lo demás es sabido, después de ese desembarco, de ese campamento i de la gran arremetida. Nombrado el Valparaíso para el puesto de honor de la reserva en la batalla de Chorrillos, junto con el 3° de línea i los Zapadores (todos los jigantes), entró aquélla, sin embargo, al fuego casi junto con romperse éste, por lo apurado del caso. El Valparaíso llegó entonces arma al brazo sobre el centro peruano, i no disparó sus armas sinó a cuatrocientos metros de las trincheras enemigas, para tomarlas una a una i al asalto.

El comandante Marchant, que montaba un brioso caballo pardo, se adelantó siempre al frente de su gallarda tropa, diez pasos a vanguardia, contra la ordenanza, pero conforme a los bríos de su alma, animándola a subir la áspera i resbaladiza cuesta. En la mitad del camino encontróse el Valparaíso con el 2° de línea que se batía a la desesperada en la extrema derecha de la división Lynch, a que pertenecía. Vino, en vista del gravísimo conflicto, al encuentro del comandante Marchant, a todo el galope de su caballo, el valentísimo i gallardo jefe del "rejimiento mártir" don Estanislao del Canto; i, al reconocerse los dos campeones en el campo, se abrazaron. En seguida, i después de haberse cambiado algunas palabras sonriendo, se separaron para ir a coronar la cima con la última carga de la victoria.

XV.
En Miraflores la misión del Valparaíso fué mucho más ardua i más heroica.

Desconfiando el comandante Marchant, como todos los hombres verdaderamente de guerra del ejército, como el jeneral Baquedano, como el coronel Lagos, como et coronel Velázquez i muchos otros, de la honradez militar del enemigo vencido en la víspera, pasó las dos noches que sucedieron a la batalla de Chorrillos, con la espada en la mano, sin dormir i con su tropa sobre las armas. I debióse a esto que, en el momento de la sorpresa, el Valparaíso, que pertenecía a la tercera división, fuera uno de los pocos rejimientos que se encontraban completamente listos para entrar en batalla. El Valparaíso se hallaba en columna con las armas en descanso, dentro de un potrero i al abrigo de altas tapias, cuando sonó el primer cañonazo de la alevosía o incaútela peruana. I entonces, dando con voz serena, pero que dominaba por su eco el lejano fragor de la batalla comenzada, las voces de mando que la apurada situación requería, el Valparaíso, comenzó a desfilar por el flanco, a paso de trote, por un sendero paralelo a la línea del ferrocarril i en demanda de las más formidables trincheras del enemigo.

XVI.
Iba el denodado cuerpo, compuesto todo de voluntarios de la provincia que le dió nombre i que tomaron las armas casi en un solo día, sembrando de sus propios cadáveres los potreros cuyos tapiales servían de trincheras sucesivas al enemigo, Pero su ínclito jefe marchaba adelante dando a todos el ejemplo. En Chorrillos el Valparaíso había tenido 80 bajas, i en Miraflores tuvo justamente el doble, 165. Dato curioso i terrible que consta de las listas de bajas de aquel heroico cuerpo: en Miraflores el Valparaíso tuvo todos sus cornetas, que eran diez, fuera de combate. Tanto i tan recio se tocó a la carga, los oficiales adelante!

XVII.
En lo más caloroso de aquel alud humano, el comandante Marchant que iba en su caballo mulato, diez pasos a vanguardia de su columna de ataque, recibió tres balazos en el pecho i en el rostro al frente da una trinchera, i al desplomarse de espaldas sobre su caballo i sobre el suelo, gritó en su heroica agonía: ¡ Viva Chile!

De todas suertes, el bravo i pundonoroso capitán, que había servido treinta años a su patria, dejaba así bien cumplida su palabra cuando en la víspera de partir dijo a uno de sus deudos: —"En el combate no retrocederé un paso i dejaré bien puesto el nombre de chileno."

Eterno loor sea tributado por tanto al que así murió por Chile i murió vitoreándolo!

XVIII.
I como él añadía en su carta de adiós que no le pesaría morir "por la patria, porque Dios i ella velarían por la suerte de su jóven esposa i de sus siete hijos", nos es grato cerrar esta pájina, consagrada a una memoria esclarecida, con las sentidas palabras con que un noble amigo que ha sido también entusiasta soldado (el coronel don Manuel Renjifo) nos enviara en febrero de 1881 su óbolo de socorro para la viuda i los hijos del héroe que sucumbió invocando sobre su inocente hogar estas dos deidades del bravo i del creyente: a Dios i a la Patria.

"La jenerosa sangre vertida por elevar a Chile al puesto que hoi ocupa no tiene ni puede tener compensación sobre la tierra.

"A todos i a cada uno de los chilenos afecta una deuda sagrada para con las familias de esos abnegados servidores de la patria. Por más que hagamos en su obsequio, serán abonos a buena cuenta i nada más; pero es preciso atestiguar con hechos que sabemos ser agradecidos.

"La suscrición popular ha sido siempre la llamada a erijir las estatuas de los héroes; la suscrición popular debe ser ahora la que realice la glorificación de los héroes mártires del silencio i del olvido, elevándoles monumentos que sean amparo i consuelo para sus desgraciadas familias".

XIX.
I en efecto, el país correspondía a aquel llamamiento suscribiendo popularmente lo necesario para ofrecer a la noble viuda i a los tiernos huérfanos modesto techo; el Congreso nacional elevóle después de muerto al rango de coronel efectivo i por último el arte esforzóse, a su turno, por consagrar en obra mui semejante a la presente su última e inmortal hazaña reproduciendo su gallarda efijie con el lápiz de un pintor de fama (M. Cottin, de París) en el acto de cargar a la cabeza de sus bravos en la planicie de Miraflores antes eriaza, i hoi regada por la sangre de tres mil valerosos chilenos.

A la cabeza de todos i el primero de todos había caído el glorioso comandante del glorioso rejimiento "Valparaíso".


********************
Texto e imagen tomado de "El Álbum de la gloria de Chile", Tomo I, por Benjamín Vicuña Mackenna.

Saludos
Jonatan Saona

No hay comentarios.:

Publicar un comentario