martes, 5 de junio de 2018

Parte de Varela

Parte Oficial del Coronel Marcelino Varela sobre la batalla de Arica

7ª División - Parte del Coronel D. Marcelino Varela

 Tacna, Agosto 10 de 1880.

Señor Secretario de Estado en el Despacho de Guerra.
S.S.

Por muerte del benemérito señor Coronel Comandante General de la 7ª División del Primer Ejército del Sr, D. José Joaquín Inclán, y ya algo restablecido de mis heridas, me apresuro a dirigir a Us. el presente oficio,a fin de que llegue por su digno órgano a conocimiento de S.E. el Jefe Supremo de la República, dando cuenta de los sucesos ocurridos en la acción de guerra que tuvo lugar en el puerto de Arica, el 7 de Junio ultimo, en cuanto a lo que tiene relación con las fortificaciones del Este, hecho principal de los acontecimientos; sintiendo sobre manera no haberlo verificado antes por el mal estado de mi salud.


A las 7 p.m. del día 6, ocupo la división estas posiciones que por su turno en el servicio le correspondían; situándose en el primer fuerte los batallones "Granaderos de Tacna" y "Cazadores de Piérola", haciendo un total de 420 hombres mas o menos entre ambos cuerpos; y en el segundo el de "Artesanos de Tacna" que yo comandaba, con una fuerza disponible de 387.

Media hora después fuimos llamados por el Jefe de la Plaza señor Coronel D. Francisco Bolognesi, los señores Comandantes Generales de División y Baterías, primeros Jefes de cuerpo, el Comandante del monitor "Manco Capac", el Jefe del Detall de la Plaza y los de las divisiones.  Constituidos en junta de guerra, el jefe de la Plaza nos hizo saber que el ingeniero D. Teodoro Elmore, que en días anteriores había sido hecho prisionero en Chacalluta al cumplir su comisión y que en ese momento se encontraba presente, había venido como parlamentario, mandado por el jefe superior de las fuerzas dispuestas para el ataque.  Entonces el expresado señor Elmore nos manifestó en pocas palabras el objeto de su comisión, que no era otro(resumiendo), "que en vista de lo estéril de nuestra resistencia, se nos aconsejaba la rendición".  Después de una lijera discusión, se acordó contestar al señor Elmore, que no teniendo carácter oficial ninguno, no era posible atender a nada de lo que propusiese; pero que estábamos dispuestos a recibir un parlamentario oficial, suficientemente autorizado y que hiciese proposiciones que estuviesen de acuerdo con el honor militar y las leyes de la guerra, con lo que concluyó el acto, despidiéndose al señor Elmore y dirigiéndonos cada uno a nuestros puestos.

A las 3 a.m. me dirigí al primer fuerte, y como jefe de la línea en dicha noche, ordené al señor Coronel D. Justo Arias y Aragüez, primer jefe de "Granaderos" y al Teniente Coronel D. Francisco Cornejo del de "Cazadores de Piérola", que a las cuatro moviesen sus cuerpos y los colocasen en los parapetos, permaneciendo de pie con arma en mano, hasta que amaneciera.  En ese instante llegó allí el señor Coronel Comandante General de la división y puse en su conocimiento la orden que acababa de dar, la que habiendo sido aprobada por dicho jefe, regresé a mi puesto a tomar la misma medida. En efecto, a la hora indicada moví el batallón y lo coloque con arreglo a la anterior disposición, a la que se debió que no hubiésemos sido sorprendidos; pues sin embargo de que lo dicho al señor Elmore hacia esperar la venida de un nuevo parlamentario, creí necesario tomar una medida de precaución contra cualquier asalto de parte del enemigo.

La noche era completamente oscura, al extremo que ni las avanzadas que se habían colocado a vanguardia de nuestra línea de fortificación, pudieron notar la aproximación del enemigo.  En estos momentos vino a la batería el señor Comandante General y encontró todo dispuesto para resistir el ataque.  A las cinco mas o menos, cuando principiaban los primeros albores de la mañana, notamos en medio de una densa niebla una línea negra que apenas se distinguía, la que examinada con prolijidad, conocimos que era una fuerza enemiga formada en batalla la que por su extensión calculamos que pasaba de 1,000 hombres y que se encontraba a una distancia de 700 a 800 metros, y por consiguiente al alcance de mi armamento Peabody.

Inmediatamente solicité el permiso del señor Comandante General para mandar romper los fuegos, lo que se verificó siendo contestado en el acto con un nutrido fuego de parte del enemigo, sosteniéndose por ambas partes con el mayor encarnizamiento durante media hora.  El enemigo principio a avanzar con su triple fuerza a paso de carga por nuestro frente, a la vez que otra fuerza considerable trepaba una colina que dominaba por completo nuestro flanco derecho a distancia de 200 metros mas o menos, amenazando por este movimiento estrecharnos en un círculo de fuego.  Entonces, ya disminuida considerablemente la fuerza de mi mando, pues quedaba reducida a 100 hombres escasos, fue preciso abandonar la posición y emprender la retirada sobre el morro, con arreglo a órdenes anticipadas que teníamos del Jefe de la Plaza, para que de cualquier punto que sufriéramos un contraste, nos replegásemos sobre esa batería, como el ultimo baluarte de nuestra defensa.  Fue en estos momentos, en los que el señor Coronel Inclán y algunos otros oficiales encontraron una gloriosa muerte.  Emprendimos pues la retirada, mas en el largo trayecto de mas de milla y media que tuvimos que recorrer, seguidos de cerca por el enemigo, fueron casi diezmados estos restos.

En estas circunstancias, el primer fuerte resistía heroicamente; cuando de improviso vimos a lo lejos la explosión del polvorín, quedando sepultados en una nube de fuego y humo casi la totalidad de los combatientes y muchos de los enemigos, que engolfados con la idea de su próxima victoria, se habían lanzado sobre la batería.  Según informes que he recibido, el polvorín fue incendiado por un joven de 16 años llamado Alfredo Maldonado.  Allí perecieron los denodados jefes, Coronel D. Justo Arias Aragüez, el Teniente Coronel D. Francisco Cornejo, los Sarjentos Mayores D. Felipe Antonio Zela, y muchos capitanes y subalternos, cuyos nombres consigno de algunos de ellos en la relación adjunta.

Al llegar a las inmediaciones de los primeros parapetos del Morro, encontramos parte del batallón "Iquique" que con su denodado jefe, Teniente Coronel D. Roque Saenz Peña, trepaba la rápida pendiente, muy fatigada la tropa, hasta tomar posesión de una pequeña altura, al lado sur, en momentos en que el enemigo con fuerzas considerables coronaba la eminencia denominada "Cerro Gordo", dominando a 300 metros la posición ocupada por el "Iquique", rompiéndose los fuegos por ambas partes.

Una vez apoderados con mi escasa fuerza de uno de los primeros parapetos mandé también romper el fuego, protejiendo en cuanto me era posible al pequeño grupo del "Iquique", cuando caí súbitamente bandeado por una bala.  Levantando con alguna dificultad me retiré sobre la batería en busca de la Ambulancia, quedando en el puesto mi 2º y 3º Teniente Coronel D. Manuel Francisco Chocano y Sargento Mayor D. Luis Armando Blondel, el de igual clase, perteneciente al detall de la división D. Jose Pozo, el Capitán graduado D. Luis Benavides, ayudante del señor Comandante General, los Capitanes D. Juan Cáceres, ayudante mayor del cuerpo de mi mando, el de artillería D. Felipe Julio Rospigliosi, y algunos otros señores oficiales.

No habiendo encontrado a la Ambulancia en el Morro, como lo creía, y viendo que arrojaba mucha sangre, me dirigía al hospital acompañado de los capitanes Cáceres y Rospigliosi, que me habían seguido por el mal estado en que me encontraba; mas al llegar a la población hallamos casi todas las calles adyacentes a dicho establecimiento ocupadas por el enemigo que hacían un fuego nutrido en todas direcciones.  Siendo imposible llegar al hospital por esta causa, me hice conducir a mi alojamiento donde diez minutos después fui hecho prisionero.

Tal vez fue en estos supremos instantes, cuando tuvo lugar la sangrienta hecatombe en la que fueron victimas de su ardor patriótico mis valientes compañeros de infortunio Bolognesi, More, Ugarte, Zavala, O'Donovan, Blondel y otros ilustres peruanos, cuyo sacrificio recordará con lágrimas la posteridad.

Me es sumamente sensible no poder acompañar al presente oficio las relaciones nominales exactas de los muertos y heridos de la división; porque en mi condición de herido y prisionero me ha sido imposible tomar todos los datos a este respecto; pero adjunto las de aquellos de que tengo perfecto conocimiento y cuyos nombres recuerdo.

Esta es señor Secretario la fiel narración de este hecho de armas tan desgraciado como honroso para la República.

Dios guarde a US. - S.S.
Marcelino Varela.

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Saludos
Jonatan Saona

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