lunes, 23 de octubre de 2017

Margarita de Aliaga

Margarita de Aliaga y Puente De D’Aponte Ribeyro

(escrito por Elvira García y García en su libro "La mujer peruana a través de los siglos")

Nació esta ilustre dama el 10 de junio de 1838.  Descendiente de conquistadores nobles, obtuvieron sus antepasados el solar, que en el reparto de la ciudad, recién fundada, le tocó a don Jerónimo de Aliaga.

Dotada de belleza extra ordinaria, no exageran los cronistas, al asegurar, que fué el más preciado adorno de los salones de su época.

Siempre fué una eximia caussere, y aún en la senectud, conserva esa habilidad, como que, dotada de una memoria privilegiada y de un espíritu de justeza exquisita, jamás desfigura los hechos, por el propósito de favorecer o disculpar, a quienes fueron sus buenos amigos.


Contrajo matrimonio, con el diplomático brasileño señor D'Aponte Ribeyro, y desde ese momento tuvo oportunidad de lucir las gracias y la belleza de que estaba dotada en otros lugares, donde siempre brilló esa distinción sin empeñarse jamás en llamar la atención.

Durante la Guerra con Chile, le tocó estar en Santiago, donde era su esposo Ministro Plenipotenciario de su país. Pudo entonces presenciar los desastres de la guerra y seguir muy de cerca los resultados de las misiones diplomáticas, confiadas a un grupo de buenos peruanos, quienes encontraban en su casa, la expansión del propio hogar.

Comenzaban a llegar a las ciudades chilenas, los prisioneros peruanos, que caían en los distintos combates, que con tan mala suerte para nuestras armas, se sucedían sin cesar.

Allí encontraban siempre a la buena compatriota, que no desmayaba ni un momento, para poner en acción todo cuanto de ella dependía, y que había de contribuir a hacerles menos dolorosa su situación, al encontrarse en poder del enemigo.

No se detenía por nada, tan luego como llegaban nuevos prisioneros, a los que procuraba hacerles la vida más grata, dulcificando ese doloroso destierro, el que no estaba en sus manos revocar.

Llegó hasta el extremo, que el Ministro, su esposo, llegó a infundir recelos en los chilenos, que veían visiones en todas partes; sin embargo, ella, empleando la prudencia, y aún haciendo participar en ocasiones a la autoridad de sus determinaciones, se limitaba a practicar aquellos actos a favor de sus compatriotas, que nacen de la más sincera amistad.

En los días que llegaron los prisioneros caídos en el combate de Angamos, como sobrevivientes del Huáscar, la señora Margarita pidió que se le permitiera atenderlos, por encontrarse reducidos a la más triste y deplorable situación, tanto física como moral. Pidió y se impuso con tal energía, que no fué posible, que le negaran, el derecho que le asistía de visitar a sus compatriotas, y proporcionarlos, cuanto les faltaba, para no vivir en riña absoluta con la decencia y comodidad, a que estaban acostumbrados.

Los doctores Francisco García Calderón y Manuel María Gálvez, llegaron también como prisioneros, y desde ese momento, el carruaje de los esposos D’Aponte Ríbeyro, tomaba diariamente el camino, de San Bernardo, para cumplir con esa visita, que consideraba la buena matrona, como su más augusto deber.

Las criticas aumentaban, y ella procuraba, sin exponer a su esposo, llenar los requisitos, que le imponían las leyes de la diplomacia y de la humanidad.

Nada faltó, desde que la señora Margarita, tomó a su cargo, el cuidado de los prisioneros, a sus desgraciados amigos, que esperaban la hora de la visita, como el momento de romper, con la ti­ranía de la época en que vivían, siquiera fuera por breves horas.

La delicadeza para con los amigos, era tan grande, que procuraba al mandar distribuir el almuerzo y la comida, que voluntariamente había tomado bajo su responsabilidad, que fueran las esquísitas viandas, que recordaban el terruño, las que constituían el obligado menú.

Desgraciadamente, para los peruanos allí residentes, los deberes del cargo de su esposo determinaron su traslación a Río Janeiro, donde vivió rodeada de esa corte fastuosa y admirada por su talento, belleza y por ese don de gentes, que formó su especialidad.

Conoció y trató a los más egregios caudillos, de nuestra vida republicana. De todos fué muy amiga, como que, su casa, era el centro obligado donde se daba cita , la más alta sociedad de su época.

De cada uno de los altos personajes de aquella época de tradicional distinción y humorismo, hace recuerdos amenos, salpicados de anécdotas animadas del más vivo interés.

No hay un sólo nombre que se le consulte, que no lo recuerde, y detalle en seguida con profusión de datos, fechas y hechos, que para todos ellos tiene muy fresca la memoria.

Tronco de una familia numerosa y respetable, su nombre es y será repetido, con cariño y con respeto.

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Texto y fotografía tomadas del libro de Elvira García y García en su libro "La mujer peruana a través de los siglos" 1° tomo, 1924

Saludos
Jonatan Saona

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