viernes, 20 de noviembre de 2015

Ladislao Espinar

"Ladislao Espinar

A Pedro Carbo

"Siendo, pues, sinceramente religioso, no conocía la codicia, esa vitalidad de los hombres yertos, ni la cólera violenta, ese momentáneo valor de los cobardes, ni la soberbia, ese calor maldito que solo engendra víboras en el alma."
Manuel González Prada. Biografía de Grau.                

 - I -
Con la doble vista que otorga la meditación a las almas soñadoras, he visto a lo lejos, entre celajes de púrpura y grana, al ángel de las victorias llevando en la mano izquierda una guirnalda de laurel y, en la diestra, el clarín de la Fama; batir sus alas en dirección al cerro de San Francisco, y allí inclinarse reverente, coronar las sienes de un guerrero que blandía la refulgente espada y ambos subir después a las regiones diáfanas de la inmortalidad.


El ángel, tocando el sonoro clarín, parecía llamar la atención del Perú todo para que, admirando al valiente, entonase agradecido himnos de alabanza.
Fijando detenidamente la mirada en el guerrero coronado con la guirnalda, y casi envuelto ya en las vaporosas nubes del infinito, he reconcentrado mis recuerdos desde la infancia, y he reconocido las facciones del que se iba así lleno de gloria, cumpliendo en la tierra con su deber como peruano, a recibir en el cielo su galardón como creyente.
Y empalmando las manos a Dios héme repetido:
¡Él es! ¡Él es!
¡Bendito sea!
Vive allá inmortal.
Acá vivirá también en el corazón de la República.

- II -
Yo era una niña.
Tendría ocho años, a lo sumo; y, aún vestía la negra túnica del duelo por la muerte de mi madre.
Mi familia, siguiendo la costumbre establecida, dejaba la ciudad para pasar el verano en los encantadores baños de Huancaro, situados a dos millas del Cuzco, en la campiña sur, sembrada de maíz, perfumada por las flores del mastuerzo y sombreada por los saúcos y alisos, donde están diseminadas las casa-quintas, ocupando el oriente un magnífico corredor cuyo fondo lo forma la hilera de pozas numeradas y provistas de puerta y cerradura, de modo que cada familia arrendataria lleva la exclusiva del baño, excepto las dos de los extremos que son sumamente grandes y están destinadas al tráfico general de los bañantes masculinos.

Ese año nuestra vecindad se componía de la familia Carrera, con la que principió la temporada invitándose a rezar el rosario, entablando plática expansiva hasta la hora del chocolate, y acabando por formar vida común, juntando las mesas y entrando a la cocina las señoras de la casa a preparar las humitas, los chimbos, el mazapán y todas aquellas golosinas extra en que son tan entendidas mis paisanas.

En la familia vecina había un joven sumamente simpático y religioso: lo notaba a pesar de mis ocho años, y tal vez no por la precocidad de malicia sino porque él empleaba amabilidad exquisita fomentando mis travesuras de niña; llegamos a ser los mejores amigos y siempre estábamos juntos en el paseo, en la mesa y en el rosario, que él rezaba arrodillado y con sincera devoción.

Ladislao contaría en aquella época 20 años pues corría el 63, se festejaba el 16 de mayo, a su mamá le oí decir: mi hijo nació en nuestra casa de la calle de Matará, en la madrugada del día en que precisamente salía su padre en el destacamento que, en 1843, fue a contener los desórdenes de un pueblo insurreccionado por los abusos del Subprefecto.
Ese pueblo fue Livitaca de la provincia de Chumbivilcas.

El padre de Ladislao fue el Coronel don Fernando Espinar, ecuatoriano, venido de Colombia en las huestes libertadoras enganchadas por don Antonio José de Sucre, y aprisionado en matrimonio por la interesante señora Josefa Carrera, amiga íntima de mi abuela materna doña Manuela Gárate de Usandivaras, y antagonista bien declarada de doña Francisca Zubiaga de Gamarra. Digo esto porque un día, paseando en la posa Nº 1 de caballeros de los baños de Huancaro ya citados, dijo la señora Gárate:
-Aquí se bañaba doña Francisca en traje de Eva, y más de una vez la sacaron del agua con perlesía.
-Cosas de la Pancha mi sea Manuelita, ni tal pataleta que le daba; su gusto era que los de la comitiva la sacasen en brazos, para admirar su blancura mate y las formas de que tan pagada vivía ella -contestó doña Josefa con cierto desdén.

Investigando más tarde el motivo de aquel antagonismo entre personas de la talla de la Zubiaga y la Carrera, alguien me aseguró que doña Francisca dijo alguna vez hablando de Ladislao: ese niño es hijo de Felipe Santiago Salaverry.
Comparando fechas, entre la de la muerte de la Zubiaga y el nacimiento de Ladislao, encuentro la sinrazón del dicho que, atribuido a la señora de Gamarra, subsiste sin embargo como creencia entre las gentes del Cuzco, muchas de ellas serias e ilustradas.

Y bien:
El Coronel Espinar se casó con doña Josefa poco tiempo después que la batalla de Ayacucho sellara la emancipación política, y parece que en rato de entusiasmo varonil recibió el sacramento sin el requisito de la licencia que exige la ordenanza militar, cosa que amostazó a Sucre; pero como quiera que tampoco para este eran indiferentes las faldas, ni la edad del Mariscal de Ayacucho lo llamaba a indefinido en materia de amor, conoció a Josefita Carrera y no tardó en disculpar la valentonada que hizo el Capitán Espinar, casándose antes de tener grado capaz de soportar aquella tonadilla cuotidiana de «para la plaza».

Largos años vivió el matrimonio sin indicios de fruto de bendición, y a fe que no con el beneplácito de la señora, quien realizó dos viajes a los baños termales de Lares ponderados por sus propiedades fecundizadoras.
Efectivamente, a los pocos meses doña Josefa dio señales de maternidad, y como si la naturaleza se complaciera en sus obras tardías y meditadas, ese hijo fue Ladislao Espinar, nacido en signo de virtud doméstica y gloria nacional.

Es su boceto biográfico el que voy a trazar, pidiendo a mi memoria los mejores recuerdos que de él conservo, desde que le conocí niña, y a la historia de la guerra del Pacífico sus más limpias hojas, para esculpir en ellas el nombre de un cuzqueño modesto, callado y valiente, como son los hijos de aquel noble pueblo.

- III -
El colegio de la «Convención» fundado por el doctor don Pio B. Meza contó, entre sus alumnos, al joven Ladislao, quien hizo sus estudios preparatorios con resolución de abrazar la carrera de las armas que, por aquella época, estaba tan distante de llegar al desprestigio que ha alcanzado en nuestros tiempos.

Las glorias obtenidas en la campaña de la Independencia por el Coronel Espinar, cuyo relato era la veta que él explotaba para las veladas de familia, enardecían la imaginación de Ladislao, a quien el cariño materno quería inclinar a la profesión de abocado, oponiéndose tenazmente a que su hijo tomase la carrera de las armas. Pero la vocación de Ladislao lo llamaba al cuartel, y una tarde se presentó al batallón 4.º de línea donde sentó plaza como sargento 2.º, acción que hizo derramar abundantes lágrimas a doña Josefa; pero el Coronel, su padre, torciendo el negro mostacho y frunciendo el entrecejo, aprobó la resolución del joven, consolando a su esposa con la acostumbrada frasecita que usaba en familia:
-Pepita, no amostazarse, que la corneta tocará generala.

Trascurrido poco tiempo, Ladislao dejó la ciudad para recorrer con su batallón muchos pueblos del litoral, y cuando regresó, a los tres años, ya lucía los codiciados galones de oficial, conquistados en dos acciones de armas en las revueltas internas que tanto abundan en el Perú.
Ladislao Espinar era Subteniente.

En 1865 volvía a salir el batallón, y Ladislao obtuvo de su madre la promesa de dejar el Cuzco para trasladarse a Lima, donde fijaría su residencia.

En efecto, la familia Espinar llegó a la capital en 1865, cuando el hijo acababa de ser ascendido, en 15 de marzo, a Teniente graduado, valiéndole su comportamiento y moral ejemplarizadora la efectividad del grado, que se le confirió el 29 de octubre del mismo año.

Una seria enfermedad de su padre, que creo fue la que lo llevó al sepulcro, obligó al joven Espinar a separarse temporalmente del servicio hasta que, empeñada la patria en el hidalgo reto español, fue a tomar nuevamente la guardada toledana, que esgrimió con valor y denuedo el 2 de mayo del 66, después de cuya jornada era capitán efectivo.

Los acontecimientos políticos, en el Perú, tienen la rápida duración y desenlace de las tramoyas de la «Gran Ópera».
En el Perú, la comedia más divertida es la de la política, donde actúan personajes y sucesos, inverosímiles en la creación de un autor dramático, pero reales en las tablas sin telón corredizo.
La dictadura es, con todo, la petipieza silbable en este país, esencialmente democrático-republicano.

Espinar amaba la constitucionalidad de su patria con la convicción del hombre que sabe respetar los derechos de otro hombre.
Por eso no debe extrañarse que, audaz y arrojado, triunfara en Arequipa el 23 de octubre del 67 contra la «Columna de Honor» que sostenía la dictadura, y entonces fue hecho mayor graduado; ni que pelease en la célebre jornada de «Catarindo» donde el arrojado Segura clavo los memorables cañones que quedaron en el desierto arenal.
Después de la acción, Espinar recibió la clase de Sargento Mayor de Ejército.

Desde el año 67 se retiró del servicio militar, sirviendo a su patria en diferentes puestos políticos. Como Subprefecto que fue de Azángaro, le tocó sofocar una revolución que se iniciaba con funestas miras, nada menos que envolviendo la siniestra idea de guerra de razas. Entonces desplegó valor sin ejemplo, presentándose a sus enemigos y dando muerte con su propio revólver a un individuo que le apuntaba con un rifle. Poco tiempo después, en 3 de mayo de 1872, recibió el grado de Teniente Coronel, aunque permaneció retirado del servicio activo del cuartel.

En 1879 estalló la indignación del Perú por la declaratoria de guerra que le hizo Chile; sus hijos van en busca de la arma defensora, jamás creyendo en la carencia de un hombre para dirigir sus brazos: y Espinar, casado ya con la señorita Manuela Taforó, sobrina legítima del ilustrísimo Obispo chileno de ese apellido, es el primero en presentarse pidiendo un puesto, y marchar al sur, que debía ser el teatro de las operaciones, como agregado al E. M. G. del Ejército peruano.

En Iquique lo nombraron contralor del Hospital Militar; pero su carácter audaz no podía conformarse con este lugar de acción pasiva, si se permite la frase, para el que luchaba día a día con sus ímpetus de pelea.

El peligro tocaba a su desenlace, y una mañana el Coronel Suárez Jefe de E. M. vio llegársele a Espinar envuelto en su ancho capotón gris, ceñido a la cintura por faja azul, saludar con aire militar y decirle -mi Coronel, espero otro puesto donde yo pueda pelear como hombre por el honor de mi patria: en mi lugar debe estar un viejo.
El Coronel Suárez le estrechó la mano con calor al oír tan patriótica resolución, y le dio el comando del batallón «Zepita».

- IV -
Después de las desventuradas peripecias de las jornadas que prepararon el desastre del 19 de noviembre, que no es de lugar comentarlos; trabado el combate para tomar las posesiones chilenas del histórico cerro de San Francisco, cuando ascendían los batallones «Puno» y «Lima» en columna cerrada; barridos por la metralla y fusilados por la espalda a virtud de la indescriptible confusión en que entraron los cuerpos de retaguardia, marcharon a San Francisco cuya oficina ocuparon, Espinar comandando el «Zepita» y parte del «Illimani» destacados en guerrilla y al paso de trote rivalizando en valor, impávido sobre su caballo, iba señalando a sus soldados, con su espada, los sitios y hasta las personas que debían apuntar (Benjamín Vicuña M.). Cayó en este momento el caballo del atrevido peruano atravesado por una bala de carabina; pero enjugándose el sudor del rostro continuó la repechada, gritando, a los que le seguían ¡a los cañones!, ¡a los cañones! voces que, en el fragor de la batalla, oíanse distintamente.

Aquella batería chilena estaba comandada por el Mayor Salvo, quien había perdido la mitad de sus artilleros y veía, con asombro pasmoso, avanzar al bravo Espinar, pidiendo a gritos que los suyos viniesen a sostener sus cañones con la infantería, y haciendo fuego con su revólver.

Percibíanse en ese solemne instante -continúa el escritor que he citado-, de la lucha con perfecta claridad, las voces y los hurras de los guerrilleros que avanzaban sobre los cañones silenciosos, que fueron tomados, perdidos y vueltos a tomar otras dos veces, cuando una bala de revólver atravesó la ancha frente del bravo Espinar que los guiaba, y quedó allí instantáneamente cadáver.
Muerto este, la batalla estaba ganada por Chile.

El Mayor Salvo recogió la espada de Espinar; y esta fue pedida por el Obispo Taforó al ya Comandante Salvo, para mandarla a su familia; pero el Comandante Salvo se negó a la entrega diciendo:
-Este es un trofeo de guerra demasiado valioso que quiero conserve mi patria. Lo guardará el Museo de Chile.

¿Y los restos de aquel valeroso soldado?
Oigamos lo que sobre el particular dice «La Libertad Electoral», diario chileno, al ocuparse de los restos del Almirante Grau y de los del Coronel Espinar.

«En la mañana del combate de Angamos, un oficial chileno vio que un tripulante del «Huáscar», lloraba delante de los restos de un cadáver mutilado, que piadosamente había recogido.
»Era el tripulante un sirviente de Grau; y los restos, todo cuanto quedaba del almirante.
»Entre ambos guardaron esas reliquias en una caja de plomo forrada en cedro, pensando que algún día los reclamaría su patria; y a bordo del «Blanco» las trajeron a Valparaíso, donde el intendente de la provincia comisionó al Comandante don Oscar Viel, entonces capitán de fragata, para que les diera la debida sepultura.
»El señor Viel les dio lo que tenía de más santo y querido -dioles la sepultura de sus padres.
»Un hermano político del Contra-almirante Viel, el distinguido caballero francés, don Carlos de Moneri y su hijo don Domingo, condujeron la caja a Santiago; y una mañana, en el carruaje que al efecto ofreció don Ramón Valdivieso, la llevaron al cementerio general, donde quedó en el mausoleo de la familia Viel entre los nichos que guardan los restos del General de la Independencia, don Benjamín Viel, los de su esposa señora doña Luisa Toro.
»El señor Moneri hizo poner en la caja una placa de bronce, que recuerda los títulos del ilustre finado, y actualmente trabajan una urna de mármol para mejor conservarla.

»He aquí ahora la copia de la partida original de defunción, tomada del libro diario de la tesorería de los establecimientos de Beneficencia de Santiago, página 183.
»Santiago, octubre 20 de 1879. Cargo: 20 pesos pagados por don Carlos de Moneri por depositar en el mausoleo del señor General Viel los restos del señor Contra-almirante del Perú don Miguel Grau, fallecido el 8 del actual a bordo del monitor «Huáscar», en Angamos, cuyos restos han sido conducidos desde Valparaíso, según decreto del señor intendente de esa provincia, fecha 22 del presente, número 236, por el cual se autoriza al capitán de fragata de la armada de la República, don Oscar Viel, para que los conduzca a esta y cuyo decreto queda archivado en esta oficina. Los restos los contiene un cajón de doce pulgadas de alto, once de ancho y diez y siete de largo, madera de cedro y han sido depositados ayer domingo 26. (Firmado) -Carlos Moneri.

»Después del combate de San Francisco, el ejército chileno se descubrió con respeto en presencia del cadáver del heroico Comandante Espinar -otro olvidado- que sacrificó su vida al honor de su bandera, muriendo a veinte pasos de los cañones del Comandante Salvo, hasta donde llegó sin miedo sobre su caballo blanco.
»Con un sentimiento igual de admiración y respeto al infortunio y la gloria, un convoy de las naves que combatió el Almirante Grau, como grande y como bravo, se haría, sin duda, el honor de llevar al Perú sus restos para que duerman en el suelo de la patria -recompensa que sueñan así los héroes como los más humildes soldados.
»Y las banderas de las naves, llevarían el luto que un día entristeció a todos los chilenos».


- V -
Exhalar la vida al pie de los cañones del enemigo, en sus propias baterías, después de trepar una montaña que lanzaba fuego en todas direcciones; es algo que recuerda la epopeya gloriosa de la toma de Granada.

Quien así supo escalar las posiciones chilenas; bien merece el culto agradecido de los buenos, y la oración de arrepentimiento de todos aquellos que huyeron en la hora necesaria, y a quienes sería preciso recordarles que, cuando un valiente muere por la Patria, nace un astro en el cielo de su pueblo.

Condensando en corto periodo toda la historia del mártir puedo decir: Ladislao Espinar cayó en el morro de San Francisco, el Comandante Salvo recogió su espada, y el Cuzco vio en su cielo una estrella más de resplandor propio.
¡Alúmbrele perdurablemente!

Y en la hora de las recompensas y de las reparaciones del error, acuérdese la Nación de los gloriosos restos de Espinar y de los huérfanos hijos de aquel ilustre prócer de la defensa patria."
*****************
Texto tomado del libro "Bocetos al lápiz de Americanos célebres" por Clorinda Matto de Turner,

Saludos
Jonatan Saona

2 comentarios :

Raúl Olmedo D. dijo...

No hay dos opiniones sobre Ladislao Espinar.
Es absolutamente real que los jefes chilenos en ese sector del frente reconocieron y dieron constancia de su valor.
Y que el coronel Amunátegui, comandante de la brigada que guarnecía el cerro San Francisco, ordenó su traslado e inhumación por separado. Con honores, aunque todos los caídos ese día recibieron honores.

El mayor José de la Cruz Salvo, comandante de la batería asaltada por Espinar y su gente, recogió su espada, según el mismo da cuenta en su parte de combate. La estimó de alto valor, por ser la de un valiente caído al frente de sus tropas, y la conservó.
Debió tener a la vista el ejemplo de Grau en relación a la espada de Prat, y enviarla a la familia de L. Espinar.

Durante años sugerí en distintos medios que en Pampa Germania y en la ladera sur del cerro San Francisco debiera autorizarse la erección de monolitos recordatorios de los comandantes José B. Sepúlveda y Ladislao Espinar. O fijación de placas conmemorativas, que viene a ser lo mismo.
Por el respeto que merecen esos oficiales caídos el día 6 y el 19 de noviembre de 1879. No solo dando cara al enemigo, sino que dirigiendo a sus hombres a la carga. Con valor, con dignidad. Con respeto y amor por su bandera.
Hoy he desistido de hacerlo. La malquerencia entre ambos pueblos está alcanzando límites no imaginados. Y cualquier imbécil podría mancillar esos hitos, con el consiguiente bochorno de todo un país.

Anónimo dijo...

Ladislao Espinar...un saludo a tu memoria!!!

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