jueves, 26 de noviembre de 2015

Incendio que canta

"El incendio que canta
(escrito por Antonio Bórquez para la revista chilena Zig Zag 1913)

Mientras el tiroteo redoblaba en la barranca, sostenido basta lo increíble por los restos diezmados del batallón del heroico comandante Eleuterio Ramírez, frente a las fuerzas enemigas tres veces, o más, superiores en número, en el fondo de la quebrada de Tarapacá, los chilenos que caían heridos se levantaban poco después, o se arrastraban, como podían, con dolorosos esfuerzos, hasta una caseta que ahí había, y se atrincheraban y continuaban la resistencia.

Cuando los peruanos vieron caer a Ramírez moribundo, sin poder ya disparar su revólver con el cual había volado doce cabezas enemigas, disparando así tendido en tierra acribillado de heridas, se precipitaron rabiosos a ultimarlo y a exterminar a los porfiados defensores de la caseta.

No sabían que esos bravos chilenos estaban ya en las últimas, que no eran hombres, sino lamentables andrajos humanos todos, que se sostenían como por milagro, chorreando sangro por veinte heridas el que menos, con los rostros horriblemente mutilados, ennegrecidos y sangrientos. Los que no podían disparar, casi agónicos, sostenían en el hombro el riñe del compañero que no podía valerse de los dos brazos. Después caían, desangrándose, a aumentar entre los cadáveres el horror de esta hora inaudita y terrible, entre estertores y suspiros profundos.

*
Entre ellos estaba su segundo comandante, Bartolomé Vivar, que iba saltando sobre su única pierna buena, con el brazo izquierdo colgando, con un tremendo desgarrón en el cuero cabelludo que le caía hacia atrás, casi de medio lado, como una melena fatídica, negra, amarilla y roja.

El comandante Vivar era oriundo de Chiloé, de mediana estatura como son casi todos los chilotes—rica esencia en pomo chico—pero de fuerte complexión. Sus grandes ojos claros, de un azul lechoso, como el cielo de la Isla Grande, tenían a veces fulguraciones temibles.

Era hombre joven todavía, en laflor de su virilidad. Era de pocas palabras, porque tenía la elocuencia de la acción enérgica. Una vez un rico naviero de Valparaíso con el capitán de su buque hacía bromas ridículas de los chilotes, delante de Vivar que escuchaba en silencio en el bar en el cual bebían su aperitivo de la tarde los tres.

—Son pequeñitos y cobardes—dijo al final de una sarta de sandeces el petulante que era alto y grueso como un alcornoque.

—¡Eso no c,..!—repuso el chilote, levantándose de su asiento.—Defiéndase!

Y de un puñetazo en medio del pecho tendió al bromista fanfarrón en el suelo. Esperó sereno que se levantara. Y cuando los testigos creyeron que aquel gigante iba a anonadar a su adversario. Vivar con dos nuevos formidables golpes lo arrojaba sobre una mesa aturdido y bañado en sangre.

Y después, tomando su copa y dirigiéndose a los circunstantes con gran calma, les dijo:
—Ese no conocía a los chilotes, y ahora no se le olvidará la lección tan pronto.

Y como ésta se contaban cien historias del valiente chilote Bartolomé Vivar.

*
Ahora estaba en la caseta con su compañía de moribundos, animándolos, galvanizándolos con su acción y sus voces, roncas, secas, como metrallazos.

Hacía sólo un momento que había terminado de fumar el cigarrillo que le había pasado el comandante Ramírez en medio de la pelea.

Al doblarse a tierra herido en la pierna con una segunda bala, se lo había pedido, lo había liado y encendido con una tranquilidad admirable.

Los peruanos no se atrevían a acercarse de frente a la caseta, porque de adentro les hacían fuego con una puntería certera. Aquellos moribundos, aquellos pedazos de hombres no erraban tiro.

—¡Cayó un cholo m...!—decía uno.

—¡Otro!—respondía un fantasma con la lengua tartajosa en los labios partidos.

— ¡Otro más!—añadía el de más allá, cayendo a tierra y pugnando por levantarse de entre los muertos, exangüe y sin fuerzas.

Así también se desplomó Vivar, con el cuerpo hecho una criba, el traje desgarrado, agujereado de balas. Se arrastró hasta un rincón donde había menos muertos. Ahí ayudó a enderezarse a dos soldados que querían afirmarse en la pared un poco, y comenzó el trílogo terrible puntuado a tiros que iban mermando con la falta de balas.

Vivar.—No se atreven a entrar,
Soldado 1°—Nos matarán a culatazos.
Soldado 2°— Ultrajarán nuestros cadáveres.
Vivar.—Los buitres esperan la última boqueada.
Soldado 1° —¡Malditos sean!
Soldado 2.°—El que se me acerque lo muerdo.
Vivar.— ¡Viva Chile!

Y aquellos tres despojos vivientes lanzaron el grito sagrado con todas las fuerzas que les quedaban, alto, vibrante, magnífico.

*
Los tiros cesaron. Pero los peruanos no se atrevían todavía a penetrar en la caseta por temor de que ahí les esperaran con la rabia de la desesperación en un ataque final a la balloneta o a corvo que temían como a demonio. Entonces se les ocurrió algo espantoso, salvaje, y bárbaro: incendiar la caseta por las cuatro esquinas. Agazapándose, silenciosos, deslizándose en tierra como viles alimañas lo hicieron en un momento.

Comenzó a ascender el humo en bocanadas negras y las llamas a lamer los costados de la casa. Pero como no iba el incendio con la rapidez que ellos querían se dieron con un afán sacrilego a allegar al fuego los cadáveres de los chilenos. Empezaron a arder los uniformes y a chirriar las carnes. Amontonaron más combustibles que no se sabe de dónde sacaron. Entonces el humo se hizo más espeso y llenó la caseta.

Los agonizantes de adentro, aún en las últimas agonías, sintieron aquella cosa horrible que entraba y olfateaban. Cerraron los ojos y se mordieron los labios de desesperación, de ira impotente.

De fuera se oían las voces y las risas brutales de los victimarios.
—¡Ahora no se escapan los rotos!

Dentro, en medio del humo negro y del hedor insoportable, Vivar y sus dos soldados sobrevivientes más se irguieron. Las llamas en gruesas lenguas rojizas y crespas abrían por todas partes anchas brechas, y rechinaban, crujían, chisporroteaban con un calor del Infierno.

—Nos asan—dijo un soldado con voz entera, que habría sido burlona sino hubiese sido trágica, en ese instante.
—Este es el purgatorio con que me amenazaban cuando chico—añadió el otro.

El comandante Vivar, admirado de aquella tranquilidad, teniéndola él mayor, dijo sencillamente:
—Cantemos. ..

—¿Qué?
—La canción de Yungay,

Y de aquella hoguera horrible, de entre todas las llamas furiosas se oyó aquel canto sagrado, arrogante, fuerte, el canto de victoria:

Cantemos la gloria
del triunfo marcial...

Después de un rato, todo quedó en silencio .

A. BORQUEZ SOLAR.
Curicó, a 26 de Febrero de 1913."

**********************
Teto e imagen tomados de la revista chilena Zig Zag num 425, publicado el 12 de abril de 1913.

Saludos
Jonatan Saona

1 comentario :

Aland Denny Chumpitazi Francia dijo...

QUE ABSURDO SE MUESTRA EL COMENTARIO DEL ESCRITOR CHILENO. COMO NO IBAN HA ACTUAR ASÍ LOS TARAPAQUEÑOS QUE ESTABAN RECHAZANDO A UN INVASOR. QUE LÓGICA TORCIDA TENIA EL EJERCITO CHILENO EN SU CABEZA.ESTABAN EN UN SUELO AJENO INVADIÉNDOLO A MANSALVA Y QUERÍAN RESPETO????

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