martes, 14 de julio de 2015

Un montonero


Tradición escrita por Ricardo Palma sobre la muerte de Leoncio Prado, está basada en el libro chileno "La Batalla de Huamachuco" de Raimundo Valenzuela, debido a la popularidad de Ricardo Palma es la versión más difundida sobre la muerte de Leoncio Prado, sin embargo no es la única versión.

"Un montonero
(A Hildebrando Fuentes)

La batalla de Huamachuco, último y heroico esfuerzo del patriotismo peruano contra el engreído vencedor en Chorrillos y Miraflores, se libró el 10 de julio de 1883.

Poco más de dos mil peruanos, a las órdenes del general Cáceres, con armamento desigual, escasos de municiones y careciendo de bayonetas, emprendieron desesperado ataque sobre los dos mil chilenos de la aguerrida y bien provista división mandada por el coronel Gorostiaga.

Esta fuerza llegó a encontrarse en situación aflictiva; y su derrota se habría consumado si, al estrecharse ambos combatientes, hubieran podido los peruanos oponer bayonetas a bayonetas.

La hecatombe fue horrible: no hubo cuartel. Como en Miraflores, hubo repase de heridos.

Los peruanos tuvieron mil doscientos muertos; esto es, el sesenta por ciento de sus fuerzas, y los chilenos ciento setenta bajas.

Chile tendría justicia en considerar la de Huamachuco como una de las más espléndidas victorias alcanzadas por su ejército, si el mismo coronel Gorostiaga no se hubiera encargado de rebajar los quilates del triunfo.

Gorostiaga, al ordenar el fusilamiento de Florencio Portugal y de otros jefes y oficiales que reclamaban las preeminencias de prisioneros, declaró que los vencidos eran montoneros y no soldados, y que, como a tales montoneros, los consideraba fuera de las leyes de la guerra.

Victoria de soldados disciplinados sobre montoneros es victoria barata y de la que no hay por qué enorgullecerse.

¿Los laureles de la gloria se hicieron acaso para ceñir la frente de un vulgar vencedor de montoneros?

Y sin embargo, esa matanza de cobardes montoneros mereció que Gorostiaga alcanzase los entorchados de general, ¡premio honroso para el jefe que vence a tropas regulares, y no a turbas sin organización ni disciplina!

El jefe chileno, en su parte oficial, confiesa que combatió contra un verdadero cuerpo de ejército, que maniobraba con perfecta instrucción en la táctica, y que estaba sometido a la rigurosa disciplina de cuartel. Honróse allí el chileno vencedor honrando a los soldados vencidos.

Pero Gorostiaga necesitaba disculpar ante el mundo su ferocidad felina, su insaciable sed de sangre; vengarse del terror que tuvo al ver sus batallones casi en derrota, y estampa la palabra montoneros, sin tener en cuenta que, al estamparla, empequeñece la valentía de los suyos y su propio merecimiento.

Ahora véase que sólo los hombres de la legendaria Esparta sabían morir por su patria tan heroicamente como los montoneros de Huamachuco(*).

El 14 de julio un soldado chileno, que vagaba por una de las quebradas, oyó ligeros quejidos exhalados por un joven que yacía en tierra.

-Acércate -le dijo el caído-, soy el coronel Leoncio Prado... Pon el cañón de tu rifle sobre mi frente, y dispara.

El soldado, sorprendido ante esa energía de espíritu, se alejó en busca de sus compañeros, y en una camilla condujo al herido al cuartel general de Huamachuco.

Leoncio Prado tenía una pierna hecha astillas por un balazo.

Gorostiaga dispuso que inmediatamente se pusiera al prisionero en capilla, y en ella (dice el escritor chileno a quien seguimos fielmente en este relato) estuvo Prado en tan alegre conversación como si se hallara en su propio campamento.

Cuando vio que ya se presentaban para fusilarlo, pidió una taza de café, y al probarlo dijo:
-Hacía tiempo que no gustaba un café tan exquisito.

Y volviéndose al oficial que mandaba los tiradores chilenos, preguntó:
-¿A qué hora emprenderé el viaje para el otro mundo?
-Cuestión de minutos -contestó el oficial.
-Pues bien: pido una gracia, y es que se me permita mandar el fuego.
-No hay inconveniente.
-¿Tienen capellán las fuerzas chilenas?
-No, señor.
-¡Paciencia!... He hecho lo que he podido por mi patria, y moriré contento.

En seguida pidió que, en vez de dos tiradores, se colocaran cuatro, y que le apuntasen dos al corazón y dos a la cabeza. Acordada esta nueva gracia, dijo:
-Al concluir la taza de café se me harán los puntos; y al dar con la cuchara un golpe en el pocillo, se hará fuego.

Y continuó tomando reposadamente su café.
Ninguna idea triste nublaba su rostro. Veía sin zozobra agotarse el dulce líquido, sabiendo que en el último sorbo estaba la amargura.

Bebió tranquilo el último trago, tocó con energía la cuchara en el pocillo, y cuatro balas diestramente dirigidas lo hicieron dormir el sueño eterno.
_____
(*)Don Raimundo Valenzuela, jefe del ejército chileno, publicó en Santiago en 1885 un precioso librito sobre la campaña de Huamachuco, el cual nos ha servido de fuente para este episodio. La parte dialogada la copiamos al pie de la letra del opúsculo de Valenzuela, para que no se crea que, por espíritu de nacionalismo, realzamos el sereno valor de un compatriota. Esa justicia al mérito personal y al sentimiento patriótico de la noble víctima, hecha por pluma chilena, habla más alto de lo que nosotros pudiéramos hacerlo."
******************
Texto escrito por Ricardo Palma en su libro "Tradiciones Peruanas"

Saludos
Jonatan Saona

1 comentario :

Anónimo dijo...

Ricardo Palma debió investigar lo que escribió este chileno, porque en lo fondo los rotos hacen creer que actuaron de manera mas diplomática con sus adversarios en la guerra, tratando de ocultar su furia, sus asesinatos y los ultrajes que hicieron con los montoneros. Un país pobre en recursos como es Chile hizo que a lo largo de su historia por sus actitudes sean un país odiado del continente.

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