miércoles, 11 de marzo de 2015

González sobre Mollendo

Parte Oficial del Prefecto de Arequipa sobre los sucesos de Mollendo.

Arequipa, marzo 17 de 1880.
Señor coronel secretario en el despacho de guerra.

Señor coronel secretario:
El martes 9 del corriente, tuvo conocimiento esta prefectura, por telegrama recibido a la 1 P.M., de que los enemigos habían desembarcado por Islay i tomado sorpresivamente el puerto de Mollendo, lo que igualmente fue una sorpresa para mí, porque hacia tiempo que varios de los buques de la escuadra chilena voltejeaban entre Mejia e Islay sin que hubiese notado ningún amago de desembarco ni la permanencia de un constante bloqueo.

Al arribo de las fuerzas chilenas en el mencionado puerto, tuvieron que retirarse a Mejia los ciento cincuenta nacionales que lo guarnecían, i poco tiempo después a Tambo, con la guarnición de artillería que se encontraba en el segundo punto nombrado, viéndose ambos cuerpos en esta forzosa necesidad por el exuberante número de los soldados i la superioridad de su armamento.

Luego que tuve conocimiento de la invasión, con la actividad del caso i el apoyo del pueblo, que entusiastamente me pedía los elementos para combatir, conseguí organizar una fuerza de 700 hombres. 

En la madrugada del 10 salí con este continjente en trenes especiales, que con el más laudable celo i prontitud se apresuró a alistar la empresa de estos ferrocarriles, llegando a la estación de Tambo a las 5 de la tarde del mismo día i no antes sin duda por la mala calidad del combustible.  

De allí hice destacar avanzadas hasta pocas millas de la Ensenada, que se encontraba ocupada por las del enemigo i las cuales huyeron al aproximarse las nuestras.

En la del 12 se reunió un consejo de guerra, en el que se opinó por la inmediata recuperación de Mollendo, i habiendo tenido a los pocos instantes noticias de que una parte de las fuerzas chilenas se encontraba en Mejia, me encaminé con las nuestras hasta la Ensenada, siendo conducidas en trenes hasta ese lugar, con las precauciones necesarias, sin luz ninguna, i validos de la oscuridad i silencio de la noche. Allí encontramos algunos carros incendiados i otros rodeados de combustible para serlo, lo que denota la precipitación con que el enemigo abandonó ese punto.

Inmediatamente i remontándonos un poco, proseguimos nuestra marcha a pié i con el mayor sijilo i disciplina sobre Mejia, donde, según el aviso recibido, debíamos encontrar i batir al enemigo.

Como a las tres de la mañana entramos a esta población, donde desgraciadamente solo hallamos las huellas de una reciente fuga: tales fueron velas encendidas en diferentes habitaciones, tres cajones munición, igual número de rifles, algunas prendas de vestuario, cápsulas esparcidas, objetos preparados para llevarse, un barril de vino i otro de aguardiente principiados i que al parecer fueron abandonados por la prisa con que habían huido.

El aspecto de esta población era desolador: la estación se había incendiado; las puertas i ventanas de las casas se encontraban abiertas, saqueadas todas, i los objetos que no habían podido conducirse, fracturados i dispersos por todas partes.

La mañana del 13 nos sorprendió en este lugar, i siendo nuestra permanencia en él bastante peligrosa para la impunidad con que podíamos ser heridos por las balas de los buques chilenos, resolvimos tomar las alturas de Mollendo, como efectivamente lo verificamos en el acto.

En esas posiciones reuní otro consejo de guerra, el que opinó que por ignorarse el número de los enemigos existentes en Mollendo, el cual a mas de estar perfectamente armado podía ser mayor que el que llevábamos para batirlo, a lo que se agregaba la protección de los buques chilenos surtos en la bahía de aquel puerto, no debía proseguirse inmediatamente la marcha i que por otra parte era preciso tomar en consideración el estado de cansancio de las fuerzas espedicionarias i su falta de alimento durante 30 horas; lo mucho que aventuraba en la expedición, pues en el caso de una derrota quedaría el enemigo en posesión no solo de Mollendo, Mejia i Tambo, sino también de toda la línea entre Arequipa i aquel puerto, i finalmente la inestabilidad de su recuperación en el improbable caso de una victoria; porque los fuegos de los buques chilenos concluirían por incendiar la población, obligando a nuestras fuerzas a retirarse para no ser impunemente despedazadas, acordó que regresásemos a la estación de Tambo, de donde se dominaba i podía defenderse fácilmente el valle, cerrando asimismo el paso al enemigo desde las inespugnables posiciones de Cahuintala.

Por estos motivos regresé en la madrugada del 14 a la estación de Tambo, donde tuve aviso de que el enemigo, al saber nuestra aproximación a Mollendo, se había apresurado a reembarcarse con el mayor desorden i confusión, lo que palpablemente notamos cuando en la noche de ese mismo día entré a ese puerto con los nacionales de él, la guarnición de artillería i veinte hombres de a caballo, pues vimos que la aduana i los almacenes fiscales no se habían incendiado, ni concluido de quemar el muelle en el que se había dejado muchos de los objetos robados, como sacos de harina, etc.

El aspecto que presentaba Mollendo era mucho más desconsolador que el de Mejia. La maestranza, la estación, los almacenes del ferrocarril i toda la parte superior de la población, inclusa la iglesia, por donde había principiado el incendio, estaban reducidas a cenizas i todo el material de la primera destrozado por la mina que se había hecho estallar en ella. Los chilenos se habían entregado además a los escesos más abominables i desenfrenados; se había saqueado, violado a las  mujeres, robado i maltratado a muchos nacionales i estranjeros, llegando al estremo en su crápula brutal, de escarnecer i danzar en el templo con las efinjes de los santos, antes de hacerlos devorar por las llamas.

En Mollendo supimos por los estranjeros vecinos del lugar i por el comandante de un buque de guerra europeo, el cual se refería al ministro de guerra chileno, que las fuerzas enemigas se componían de los batallones Navales, Zapadores, 3º de línea i sesenta hombres de caballería, formando un total de 2.500 hombres, perfectamente armados con Comblain, cuyo número como notará usted, era escesivamente superior al nuestro, que apenas comprendía 1.000 i tantos con las guarniciones del litoral i del valle de Tambo, con los que nos reunimos en esa estación.

Las pérdidas cuantiosísimas ocasionadas en Mollendo i en la línea férrea hasta la Ensenada, serían un tanto menores si los ajentes comerciales se hubiesen apresurado a despachar sus mercaderías, conforme al decreto de 8 del corriente que se les notificó el mismo día por telégrafo.

Habiendo desaparecido ya el peligro, reparádose la línea férrea, recompuéstose la cañería de agua, por concluirse los trabajos de reparación del telégrafo cortado, quedando resguardadas las mercaderías abandonas, vueltas las autoridades i empleados de Mollendo, i después de dictar las órdenes convenientes, he regresado a esta capital con las fuerzas que llevé, dejando en aquel puerto i en Mejia la guarnición necesaria, i trayendo dos prisioneros: el uno en la Ensenada i el otro en Mollendo.

No concluiré este parte sin aplaudir cordial i merecidamente la conducta de los jefes i oficiales del estado mayor i de las fuerzas de la plaza, como asimismo de los bravos hijos de Arequipa, por el entusiasmo ardiente, resignación i disciplina que han manifestado en la espedición que acabo de describir sucintamente.

Dios guarde a U. S.
C. Alfonso González Orbegoso.
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Saludos
Jonatan Saona

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