domingo, 11 de mayo de 2014

Juan Mutis

Juan N. Mutis

Fotografía del teniente Juan Mutis, del Regimiento Cívico Movilizado Lautaro.
Tuvo participación en la Batalla de Tacna y el asalto al Morro de Arica (1880) y en enero de 1881 estuvo presente en las batallas de San Juan (Chorrillos) y Miraflores.
Participó además en la campaña de la Breña, en la expedición de Del Canto.
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La siguiente es una anécdota contada por Arturo Benavides en su libro "Seis años de Vacaciones":

"Entre los prisioneros que fuí a entregar iba el que había querido hacerse pasar por chileno; y en el trayecto me manifestó deseos de hablar conmigo sin que los soldados se impusieran.
Embromándolo me separé del grupo de prisioneros y custodia para darle ocasión de que me hablara a solas como deseaba.

Me dijo que en agradecimiento de haberle salvado la vida me iba a revelar un secreto que podría hacerme rico. Naturalmente, lo escuché con interés.
Me aseguró que en un cercano pueblecito llamado Sarco o Surco, no recuerdo, el jefe del cuerpo en que él servía, acompañado de cuatro soldados que personalmente había elegido, habían enterrado un cajón con soles de plata y monedas de oro, a la entrada de la iglesia, en un sitio que minuciosamente me designó.

Le creí y me propuse adueñarme de ese tesoro.

Le comuniqué la noticia al teniente señor Mutis, y con él convinimos en ir esa noche a desenterrar el cajón, que imaginábamos nos haría ricos; acompañándonos de nuestros asistentes, a uno de los cuales mandamos en el día para que se orientara del camino.
Nos procuramos cuatro caballos, que dejamos al cuidado de los asistentes, escondidos fuera del espacio donde calculábamos se pondrían en la noche centinelas, y cuatro revólveres.

En la lista de retreta dimos como presentes a los dos asistentes; y en cuanto se tocó silencio el teniente Mutis y yo salimos del campamento. Nos fué fácil convencer a la guardia de que salíamos por necesidad imperiosa, para regresar momentos después.
Con grandes precauciones para no ser descubiertos, nos dirigimos al sitio donde habíamos dejado los caballos, y continuamos marcha a Sarco.

Después de haber andado como doce a quince cuadras, el teniente Mutis se arrepintió de haber emprendido la aventura y me instó para retroceder no obstante que su asistente le decía que faltaba poco para llegar. Mi asistente también me instaba a regresar al campamento.

Yo persistí en seguir adelante y no pudiendo convencernos el teniente Mutis regresó solo, y yo seguí la excursión con el mío y el de él, que manifestaba mucho interés en ver el resultado. Mi buen asistente no quiso regresar con el teniente Mutis, como se lo indiqué, por no separarse de mí.
Desde ese momento mi asistente continuó a pie, a modo de explorador, llevando su caballo de tiro.

Nos acercábamos al pueblo de Sarco y el silencio era absoluto.
A la entrada del pueblo descabalgué también yo y el asistente de Mutis, y continuamos internándonos a pie al abandonado pueblecito, llevando los caballos de la brida.

Serían como las diez de la noche cuando por fin llegamos a la Iglesia.

Traté de localizar el sitio por las señas que el prisionero me había indicado. Efectivamente, se veía señales de haber sido removidas varias piedras del pavimento.
Los asistentes comenzaron la tarea de removerlas mientras yo hacía de vigía... 
Después de sacar las piedras y un poco de tierra, se descubre un cajón...
Tras fatigoso esfuerzo lo sacan...

Era muy pesado y convinimos abrirlo, y llevar cada cual lo que pudiera; pero, por supuesto, sin dejar ninguna moneda de oro aunque todas lo fueran. La operación de abrir el cajón sin tener herramientas apropiadas, era difícil, pero los dos asistentes, muy fornidos, ejecutaron la operación en unos cuantos minutos.

Yo no abandonaba mi puesto de vigía. . .
El silencio no era interrumpido por ningún ruido, ni detonación de arma. ..

Por fin se abre el cajón, y con sorpresa y decepcionados miramos su contenido...
Una carabina con incrustaciones de metal blanco, formando artísticos dibujos, y doce a quince carabinas ordinarias era su contenido... ¡Nada más!...

Tomé yo la carabina de lujo, y cada uno de los asistentes una o dos ordinarias, enterramos las otras para volver por ellas, si era posible, a fin de que no cayeran en manos de los peruanos, y nos volvimos al campamento...

Continuamos nuestra marcha de regreso al campamento, con grandes precauciones para no ser notados por los amigos y evitar posibles encuentros con enemigos; y a él llegamos sin novedad poco después de la media noche.

El teniente Mutis, a quien dió su asistente una de las carabinas, se encargó de avisar a los superiores el hallazgo para que mandaran sacarlas, ocultando naturalmente nuestra nocturna excursión."
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Imagen, fotografía de Diego Grandón publicada en el grupo "Guerra del Pacífico: El Desafío 2012"

Saludos
Jonatan Saona

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