lunes, 17 de marzo de 2014

Relato de Horta

Chiclayo, Julio 27 - 34. Com. Rivadeneira con los 5 sobrevivientes de la "Unión"
fuente: Archivo Histórico de la Marina de Guerra del Perú
A BORDO DE LA CORBETA "UNION. " 

Al ancla en el puerto de Arica, Marzo 17. 
Señor Director:
Salimos del Callao el viernes 12 del presente, dia de la semana tenido por los marinos bretones, esos reyes de los marinos de la tierra, como un dia fatal.
Roberto Sourcouf, el célebre corsario del primer imperio francés, salió a su primera espedicion en dia viernes; su espedicion fué fatal, sí, pero para los enemigos de la Francia. Tengo el presentimiento de que la nuestra tenga el mismo resultado.

El domingo estábamos frente a Quilca, a cuyo puerto recalamos.
Pocas fueron las noticias que pudimos adquirir de los habitantes de este pueblo.

Islai, Moliendo, Chiguas, i Tambo habían sido ocupados por las fuerzas enemigas. He ahí todo lo que supimos. Las demás noticias no tenían ningún carácter de verdad; eran simplemente comentarios i suposiciones.

La invasión enemiga había tomado grandes proporciones. ¿Cuál seria la situación de Arica? Era lo único que nos convenia, que nos precisaba indagar i saber. 

Los habitantes de los pueblos ocupados por el enemigo emigraban a pié para Quilca. 
Se decía que la escuadra enemiga estaba escalonada entre Moliendo i Arica, con buques de mar afuera. El resto resguardaba el litoral de Iquique a Antofagasta.

Después de recibir noticias de tierra el buque se amarró a la boya, pasando la noche en el puerto, ejerciendo la mas completa vijilancia. Ninguna ocurrencia perturbó la tranquilidad de que disfrutábamos, por mas que solo estuviésemos separados del enemigo por una pequeña punta que queda al Sur.

A las 4 P. M. del lunes 15, zarpamos con rumbo al Sur; durante la mañana estuvimos voltejeando desde Punta Cornejo hasta el istmo de Quilca. El comandante había tomado la voz de mando. ¡Que ajeno estaba el enemigo de que nos tenia detrás de la puerta, cruzando en los parajes donde ejerce su despótico dominio! Hé ahí un Argos miope. La mañana'estaba hermosa i las bordadas que hacíamos se asemejaban a un pasatiempo recreativo.

A las 10.30 A. M., el vijía del tope, dio la alerta de un humo que se divisaba por el Sur. Acto continuo navegamos a reconocerlo. Con el anteojo pudimos ver por su gamos a reconocerlo. Con el anteojo pudimos ver por su corte i por las plumas que traía echadas afuera que debía ser un vapor de la mala. Media hora después reconocimos al Mendoza, de la compañía inglesa. Era el vapor del Sur que hacia escala en Quilca, en viaje para el Callao. Se amarró a la boya que habíamos dejado en la mañana.

A la 1.30 P. M. fondeó la corbeta, teniéndolo a la cuadra. Se envió un bote a bordo para inquirir noticias del Sur. Iban en él el tercer comandante, capitán de corbeta don Emilio Benavides i el teniente 1° don Arnaldo Larrea.

A bordo del Mendoza iban con destino al Callao algunos pasajeros arjentinos i dos peruanos, que recibieron nuestros oficiales con bastante cordialidad.

Por ellos se adquirieron algunas noticias. 
Arica estaba bloqueado por tres buques. 
El Cochrane habia ido a Iquique a componer su máquina de luz eléctrica. 

Se decia que el Blanco, convoyando a dos buques mas, estaba espedicionando en el Norte. 

Se aseguraba también que en Moquegua tuvo lugar un choque entre las fuerzas peruanas i las invasoras, siendo derrotadas estas últimas. 
Estas noticias no carecian de importancia para nuestra espedicion. 
El Blanco en viaje al Norte con dos buques mas, nos tenia algo intranquilos, porque motivos teníamos para ello. Además, si fuesen hasta la entrada del Callao, notando nuestra ausencia se estacionarían en esos parajes para impedimos la entrada a nuestro regreso. Esta circunstancia no nos amedrentaba, porque teníamos la seguridad de burlar su vijilancia, penetrando al puerto a su vista. 

A las 5 P. M. el Mendoza siguió su viaje al Callao. 
A las 6 P. M. empezarnos a levar el ancla; después de terciada nos pusimos en franquía del puerto, haciendo rumbo al Sur. 
La noche habia oscurecido por completo i el aire estaba tibio, habiendo sido muí frío durante los días anteriores. 

A las 8 P. M. el vijía dio parte de que se divisaba una luz al Sur por la amura de estribor. El comandante subió al puente i tomó la voz de mando. La jente estaba en sus puestos de combate. Una nueva luz i humo apareció por la amura de babor. Era probable que fuesen buques enemigos, que al tener noticia de nuestra permanencia en el  puerto de Quilca, viniesen a sorprendernos. La luna acababa de ocultarse detrás de la montañas de la costa i el horizonte estaba claro. Nuestra chimenea arrojaba una inmensa columna de humo que entoldando la atmósfera denunciaba el rastro de nuestro paso. El comandante, con su serenidad habitual, empezó a evolucionar con la corbeta, navegando en todos los.rumbos, para conocer las intenciones de los buques que teníamos a ¡a vista. Uno de ellos siguió navegando al Norte; el otro es posible que nos haya distinguido, porque parecía seguir nuestros movimientos hasta las 3 A. M. en que lo perdimos de visita.

¿Qué clase de buque seria? Debía ser una nave poderosa, quizas un blindado, cuando navegaba con tanta confianza con las luces encendidas. Tal vez eran señales de reconocimiento para otros buques que seguian en convoi con él. Su andar no era mucho, porque a pesar de que navegábamos a media fuerza de máquina, no nos pudo alcanzar. 

El martes 16 amaneció el horizonte claro, despejado i libre. El mar floreado por pequeñas reventazones, parecía un manto aurora con adornos de armiño. Durante el dia navegamos sin que ocurriera nada digno de mencionarse. La tripulación estaba entregada a los ejercicios de armas menores.
La noche invadió el horizonte i tendió su negro manto sobre la tierra.

El término de nuestro viaje se acercaba, la hora suprema iba a llegar. Nuestra corbeta parecía una fortaleza; estaba lista para el combate. 

¡Nuestra proa buscaba Arica! íbamos a romper el bloqueo, llevando nuevos elementos de defensa a nuestros hermanos del Sur. Esta empresa era superior a un combate de buque a buque. Los buques de guerra de la marina neutral iban una vez mas a juzgar del valor de nuestros marinos. ¡Honor para los valientes que iban a llevar acabo la espedicion!

¡Romper el bloqueo de Arica! Hé ahí una verdad que parecerá mentira; pero tal eran las instrucciones que tenia nuestro comandante, tal era la comisión que llevábamos, para poder dejaren ia plaza los elementos de guerra i las interesantes comunicaciones para el Contra-almirante Montero enviadas por el Jefe Supremo.

Si grande era el peligro, superior era nuestro entusiasmo para dominarlo.
Todos los elementos nos eran contrarios. Habia que entrar bajo el fuego de los buques bloqueadores i quizás de las baterías de la plaza, pues en Arica no se tenia conocimiento de nuestro viaje a causa de su incomunicación con el centro de la República. Escapados de un peligro caíamos en otro; estábamos sitiados por todas partes e íbamos a vernos entre dos fuegos. Solamente el valor i la serenidad podían vencer tantos obstáculos.
La noche estaba clara, a pesar de que el horizonte le ocultaba la neblina.

A las 12.20 P. M. se apercibió una sombra por babor i poco después una luz viva por el mismo lado. Eran quizás los buques enemigos que cruzaban durante la noche en estos parajes.

A esta hora el comandante Villavicencio subió al puente i tomó la voz de mando. Toda la jente ocupó sus puestos de combate i el buque se alistó para cualquiera emerjencia.

El momento supremo habia llegado encontrándonos a todos preparados para arrostrar las consecuencias de nuestra audaz i temeraria comisión.

A las 2.44 A. M. el vijía del tope anunció la costa por la proa. Ese grito fué para nosotros como el que anunció a Colón i sus compañeros el descubrimiento de un nuevo mundo. Se acercaba el fin de nuestra comisión. El más profundo silencio reinaba a bordo, oyéndose únicamente la voz del comandante que desde su puesto marcaba el rumbo.

A las 3 A. M. teníamos la costa a la vista, que se destacaba entre la oscuridad de la noche como una inmensa mancha negra sobre el horizonte.

Por el estribor apercibimos la silueta de un buque; se avistaban luces que parecían ser señales que hacia a algún otro que no debia estar lejos. Pasamos sin haber sido notados, quizas porque navegábamos sin luces, a pesar de que nuestra chimenea arrojaba una inmensa columna de humo que se confundía en el horizonte con las nubes que lo cubrían.

Empezábamos a entrar al puerto con la misma esperanza i temores con que Vasco de Gama dobló el terrible Cabo de las Tempestades.
Después de salir un poco de la costa, barajamos a algunos sitios de la misma, poniendo la proa adentro.

El comandante Villavicencio conoce a palmo estas aguas i dirijia la entrada con la conciencia i seguridad del que puede meterse por un laberinto con los ojos cerrados sin perderse.

A las 4.45 A. M., nos aguantamos sobre nuestra máquina. Era preciso enviar a tierra aviso de nuestra entrada para que el monitor i las baterías no nos hiciesen fuego. Habíamos burlado la vijilancia de los buques bloqueadores; solamente teníamos que temer una rociada de las baterías del Morro, que podían ofendernos tomándonos por buque enemigo que se acercaba a la plaza con intenciones hostiles.

Se arrió un bote para que fuese a avisar al monitor Manco-Cápac i a tierra nuestra presencia a la entrada del puerto. Esta comisión fué confiada al alférez de fragata señor Carlos L. Rodríguez, acompañado del guardia-marina Enrique Chavez que iba a cargo del bote. La jente que la tripulaba estaba bien armada i en condiciones de resistir a cualquier ataque. Los bogadores empezaron a remar, i la pequeña embarcación se perdió en medio de la neblina, que envolvía al puerto. Esta comisión era tan delicada como relijiosa. No era tan fácil entrar a un puerto de guerra sin tener el santo ni seña.

A las 5 A. M. se puso el buque en movimiento, entrando de frente al puerto. Se destacó del islote Alacrán una lancha a vapor enseñándonos una luz, por lo que comprendemos, en la confianza con que nos dejó pasar sin dar señales de alarma, que habíamos sido reconocidos. Poco después pasábamos al costado del monitor, enseñándoles los faroles de intelijencia. Toda la tripulación del monitor estaba sobre cubierta saludándonos con entusiasmo.

Al Norte habían fondeados tres buques de guerra neutrales; en frente teníamos la población que empezaba a salir de entre la neblina que la ocultaba. La estrella de la mañana parecía que se hubiese detenido en el cielo a la altura del palo trinquete para alumbrar nuestro triunfo.

Habíamos llegado al fin de nuestra comisión, burlando la vijilancia del enemigo.
El bloqueo de Arica estaba roto.
Estamos en el puerto. Un ¡hurra! al Perú, a nuestro comandante, oficiales, tripulación i a la Union!
Puede ser que en su despecho al vernos adentro intenten los buques chilenos atacar la plaza para echarnos a pique. Nos encontrarán resueltos a defendernos a todo trance.

Son las 6 A. M.; hemos pasado la noche en vela, i sin embargo no estamos cansados; por el contrario, la alegría i el contento parecen haberse apoderado de nuestro ánimo, impidiendo que el sueño ponga sitio a nuestros párpados.

M. F.  HORTA .
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Imagen.: El comandante Rivadeneira junto a cinco sobrevivientes de la corbeta Unión, fotografía tomada el 27 de julio de 1934. Archivo General Marina de Guerra del Perú

Saludos
Jonatan Saona

1 comentario :

Anónimo dijo...

¡Que relato tan vivo en su narración de lo sucedido!....¿Alguien podría decirme que hacían fondeados tres buques de guerra neutrales en Arica?..que países contemplaban la Guerra entre Perú y Chile..

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