miércoles, 27 de noviembre de 2013

Mariano Santos

Honor al mérito

No eran cumplidas las ocho de la mañana del día 27 de noviembre de 1879, cuando se presentó ante el abatido ejército peruano que vivaqueaba en la ciudad de Tarapacá, descansando de la trágica retirada de San Francisco, el ejército chileno que envanecido con el fácil triunfo obtenido ocho días antes -merced a la traición del general boliviano Hilarión Daza y a la dispersión inicua de las dos divisiones de esa misma nacionalidad en aquella batalla- venía a completar nuestra derrota en ese punto.

La fatuidad chilena, creyendo cosechar un triunfo barato presentó los suyos por varios puntos del valle y alturas de la ciudad, y a esta provocación, los peruanos, olvidando sus aflicciones y cobrando aliento en la justicia de su causa, aceptaron la lucha a que se les convocaba, ansiosos de vengar el desastre anterior que tan a poca costa había regalado una victoria al enemigo.


La 3° división peruana, al mando del coronel Francisco Bolognesi, fue una de las que más se distinguió peleando en el valle de esta manera. Su esforzado jefe - que poco después había de conquistar la inmortalidad sobre el abrupto Morro de Arica- para ponerse al frente de ella había abandonado el lecho, donde se encontraba enfermo hasta el momento del combate, dominando sus sufrimientos y ansiando sólo cosechar glorias para la Patria.

La columna ligera "Guardias de Arequipa" forma en esta división y los que la componen son hijos esforzados de esa volcánica tierra que se agiganta ante el peligro.

Tiene empeñada acción contra uno de los cuerpos más veteranos del ejército chileno, el 2° de línea, que ostenta en medio de sus aguerridos soldados el pabellón del cuerpo, al que aquellos defienden con patriótico empeño y bizarría digna del objeto por el que se sacrifican.

Entre los valientes guardias arequipeños, se hace distinguir por su ardimiento, un hombre de veinticinco a treinta años de edad, alto de estatura, delgado y de ese color cobrizo característico de la pura raza india, cuyo tipo se encuentra todavía en los departamentos de Puno y Cusco. Más que un atrevido soldado, es una furia rabiosa que hiere y pulveriza, así con la bayoneta como con la culata de su rifle. Delante de sus compañeros avanza alentándolos al ataque, y su voz, enronquecida por la fatiga, no cesa de gritarles: "¡A la bandera! ... ¡A la bandera!" Y con complacencia casi feroz rasga las carnes y hiende los cráneos de sus enemigos, abriéndose entre ellos un sendero de sangre flanqueado por dos hileras de cadáveres que hace su robusta mano.

El éxito llega, al fin, a coronar su heroico esfuerzo, y su siniestra se aferra al pabellón enemigo, al mismo tiempo que su diestra, impulsando en rápido molinete su rifle, da la muerte a cuantos pretenden recuperar el trofeo conquistado por su arrojo.........

En la orden general del ejército acantonado en Arica, correspondiente al día 30 de enero de 1880, se invitaba a los señores comandantes de división y demás altos jefes y funcionarios públicos para que acompañasen al señor general, jefe del primer ejército del Sur, a oír misa de costumbre en el siguiente día 31. Curiosidad causó esta cita entre los invitados, y todos esperaron impacientes el momento en que se descifrará el enigma que guardaba.

Llegó éste, y el contralmirante Lizardo Montero, seguido de la selecta comitiva y rodeado por compacta multitud, se dirigió a los corredores del Consulado inglés, donde acostumbraba a presenciar el católico sacrificio que se celebraba en la plaza principal del puerto.

Terminada la augusta ceremonia, el general Montero subió las gradas de la iglesia, recibiendo los honores debidos a su alta categoría militar, y deteniéndose en la última, paseó la vista por todo el ejército marcialmente formado, y llamó en voz alta:
-Mariano de los Santos
En medio de respetuoso silencio que sucedió a estas palabras se vio salir de las filas de la columna Guardias de Arequipa a un joven soldado, que con porte digno y lentamente se llegó al general Montero llevando en alto un estandarte chileno bordado de oro.

Todos los que habían asistido al glorioso combate de Tarapacá reconocieron en el modesto soldado al heroico combatiente de aquel día, que había logrado conquistar con su valor el valioso trofeo de victoria que en las manos llevaba.

El general Montero cogió el pabellón enemigo y, desplegándolo, mostrólo al ejército con estas palabras:
"Señores comandantes generales, jefes, oficiales y soldados del Ejército: 
Este símbolo de gloria militar que véis en mis manos es el estandarte del batallón segundo de línea de la República de Chile, que en Tarapacá, en el terrible y desigual combate del 27 de noviembre, fue arrebatado a nuestros enemigos por el guardia Mariano de los Santos. (señaló a éste)
Los pueblos que como el Perú, saben premiar a sus leales y valientes defensores no olvidan nunca hechos como el de este bravo soldado. La nación dará pues, a Mariano de los Santos, la recompensa que merecen sus virtudes militares y la gloria conquistada por él en el campo regado con la sangre de sus compañeros.
Yo, por mi parte, además de recomendarlo a la consideración nacional y a la justificación del gobierno, quiero darle una prueba palpable de mi admiración entregándole el título de inspector y 500 soles de plata para que pueda presentarse ante sus compañeros llevando como es debido, el uniforme de la clase a que lo asciendo, en uso de las facultades consiguientes del puesto que ocupo.
Este estandarte quedará en esta capilla hasta que llegue la época en que sea depositado en la Catedral donde Santos vió la luz primera, para que allí sea el símbolo que perpetúe un gran triunfo e inmortalice a un buen hijo de la Patria. 
¡Soldados: ¡Imitad el ejemplo de Mariano de los Santos!
¡Viva el Ejército vencedor de Tarapacá!"
A este corto y elocuente discurso siguió una diana general tocada por las bandas de guerra y de música, y los atronadores vivas dados por la multitud al humilde héroe de la brillante jornada del 27 de noviembre de 1879, cuyo mérito acababa de ser honrado.

Nota: Mariano Santos no era arequipeño, sino hijo del Departamento del Cusco, nacido en Lucre, pueblo distante cuatro leguas de la antigua ciudad del Sol.
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Párrafos tomados del libro "Episodios Nacionales de la Guerra del Pacífico" por Ernesto Rivas.
Imagen, busto de Mariano Santos, que se encuentra en el parque que lleva su nombre en Surco.

Saludos
Jonatan Saona

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