sábado, 30 de noviembre de 2013

Editorial El Nacional

Diario "El Nacional" de Lima
editorial del 29 de noviembre de 1879

"Lo que ha sido la primera campaña y lo que debe ser la segunda
En el corto espacio de 40 días ha ido muy lejos el triste itinerario de nuestros desastres y los días 8 de octubre, 2, 19 y 20 de noviembre, recordando las fechas nefastas de Angamos, Pisagua, San Francisco e Iquique, llevarán a la posteridad en los bronces de la historia, todo este cúmulo de desgracias:

-La pérdida de nuestro poder marítimo;
-La pérdida de nuestros mejores blindados;
-La pérdida del contralmirante Miguel Grau y nuestros más dignos marinos;
-La pérdida de la campaña naval;
-La pérdida de Pisagua;
-La pérdida de su fortificación y artillería;
-La pérdida de muchos de nuestros soldados, nuestros heridos y prisioneros;
-La pérdida de una vía férrea militar de 50 millas, con las importantes posiciones del Hospicio, de Dolores, Santa Catalina y Agua Santa, y entre medio de éstas, la inexpugnable y estratégica altura del cerro San Francisco;
-La pérdida de nuestros parques, armamentos y cañones;
-La pérdida de la primera campaña terrestre;
-La pérdida de Iquique con sus fortificaciones, artillería, ferrocarril de 56 millas y telégrafos;
-La pérdida de Patillos con sus ferrocarriles y telégrafos hasta Lagunas;

Todo esto quiere decir que hemos sufrido:
-La pérdida de nuestro territorio hasta el grado 19;
-La pérdida de más de 1,800 leguas cuadradas de la superficie del Perú;
-La pérdida íntegra del departamento de Tarapacá;
-La pérdida de cerca de 200,000 habitantes de población (*);
-La de nuestros ferrocarriles y telégrafos por cerca de 200 millas, importantes más de 20 millones de pesos fuertes;
-La pérdida de los tres puertos Patillos, Iquique y Pisagua y sus correspondientes caletas;
-La pérdida de 20 millones de pesos fuertes en oficinas salitreras;
-La pérdida de 2,800 millas de terrenos salitrales, importantes 28 millones de libras esterlinas, o sean 140 millones de fuertes;
-La pérdida de nuestras rentas de guano y salitre, importantes, libremente 10 millones por año en metálico y en fin...
-La pérdida de la integridad y los más caros derechos del Perú como nación independiente y soberana.

Por todos los poros de nuestro organismo mana la sangre de nuestra vergüenza y del vilipendio que un puñado de funcionarios indignos por su ineptitud han echado sobre la República.
¿Por qué antes no asesinaron a todos los patriotas, si desde el principio no se sintieron con la competencia y el coraje necesarios para defendernos del enemigo extranjero?
¿Por qué no nos mataron de cualquier modo, dándonos la felicidad de la tumba antes que concedernos la existencia mísera de presenciar Angamos, Pisagua, San Francisco e Iquique?.
¿Por qué, si no podían ni tenían aliento para defender la patria, no dejaron a los valerosos, a los fuertes, a los capaces la sublime tarea que aquellos sabían que no habían de cumplir?
¿Por qué durante ocho meses no hacían más que recibir de las cajas fiscales más de veinte millones y de la fortuna privada más de diez millones, si estaban convencidos de que tan cuantiosos sacrificios del Estado y de la nación habían de ser ociosos, estériles e infecundos en sus manos trémulas por la debilidad, como en su corazón agobiado por el miedo y el terror, al más vil de los imaginables invasores?
¿Por qué tomar bajo su responsabilidad, con la vida de 10,000 de nuestros hermanos y nuestros hijos, la suerte futura de la patria para manchar, como única solución, nuestros estandartes y humillar y revolcar en tierra, como único resultado, nuestras armas, y cubrirnos de luto, de sangre y de vergüenza?

Preciso es que el mundo entero sepa, después de la primera jornada de nuestros actuales desastres y antes que comencemos la segunda pero muy terrible campaña de verdadera defensa de nuestra Patria, quiénes han sido los que desde el principio de la guerra nos han conducido al abismo de Pisagua y de San Francisco, con los escándalos, las insubordinaciones los errores manifiestos, los extravíos y las debilidades, las miserias y hasta la más ridículas truhanerías, si así pueden calificarse ciertos actos incalificables en la política y en la administración.

Vamos a decirlo con la suprema franqueza que la verdad nos reclama en esta también suprema hora de agonía, con la resolución incontrastable de sufrir hasta la muerte misma en las manos de cualquier alto o bajo pretoriano; pero con la conciencia de cumplir el deber hasta el caso de que, con nuestro ejemplo, si preciso fuere, aquellos aprendan a morir como han muerto, como mueren y morirán siempre los buenos y los patriotas, los que legamos nuestra venganza a la República, recomendamos a la historia el veredicto de nuestros sacrificadores y sucumbimos sin otra esperanza de fundar los estímulos más nobles y los ejemplos más dignos.

Muchas páginas tiene el proceso de nuestras desgracias durante la guerra extranjera, y nuestro país comprenderá que no vamos hoy por hoy a escribir tan negra historia, sino solamente a formar los apuntes de la conducta de los que nos han defendido en los altos puestos de la dirección de la guerra y del Gobierno de la República, como en las altas clases militares de nuestro ejército.

Cuando el Presidente de la República, General don Mariano Ignacio Prado asumió la dirección de la guerra, y el 16 de mayo, con denuedo aparente, emprendió su marcha saliendo del Callao para el sur, la República entera y todos los hombres pensadores no dudamos un solo instante en la firme creencia de que el General Prado iba a constituirse en el verdadero centro directivo del orden, la moral, la disciplina, el mantenimiento y conservación tanto de nuestro ejército como del ejército aliado, el cual creíamos que inmediatamente fuese a ocupar las márgenes del Loa, siendo, como era, el más grande de los deberes del Presidente de Bolivia ser el primero en el asalto a los enemigos para reconquistar y vengar los tres asesinatos impunes, el de Calama, el de Caracoles y el de Antofagasta..., el latrocinio del guano y el de los salitres de Bolivia, y para purificar su patria con la sangre de los enemigos, de la inmensa profanación de su territorio.

No se hizo esto: el General Prado es estableció permanentemente en Arica y Tacna, entregó el mando del Sur al General Buendía, y de este error fue el resultado del grande escándalo de la más punible reyerta entre el General en Jefe, Jefe de Estado Mayor General don Pedro Bustamante, el General González de la Cotera y el prefecto del departamento Coronel don Justo P. Dávila.

¿Cuál fue el resultado de esta gravísima falta, de esta anarquía de los altos defensores de la República delante del enemigo extranjero, delante de los bloqueadores de Iquique, delante de los que nos invadían en Quillagua?. ¿Fue acaso el sometimiento a un consejo de guerra de los culpables, fue acaso la destitución de ese General en Jefe que abría la campaña consintiendo en la relajación de la disciplina militar, porque los relajadores eran oficiales generales o llevaban sobre sus hombros las encarnadas charreteras de generales de ejército?
No ciertamente. Contentóse el General Prado con mantener en su puesto al primero, a quien debía haber destituido, esto es, al General en Jefe Juan Buendía; contentóse con remitir a Lima a las órdenes del Gobierno a los generales Bustamante y La Cotera para que aquí fuesen destinados en el mando de otras divisiones de la Reserva, y contentóse, en fin con trasladar al coronel Dávila al mando de una división llenando su vacante de prefecto con el general don Ramón López de Lavalle.
Ha sido así como el Director de la Guerra, el General en Jefe del ejército peruano y nuestros generales jefes de divisiones abrieron la campaña terrestre, y de hechos semejantes, suficientes para alentar mayores impunidades, los verdaderos patriotas, los espíritus reflexivos no podían menos que deducir y presentir fúnebres y desconsoladoras consecuencias.

¿Cómo había de ser posible el austero deber de triunfar de los invasores si no podíamos triunfar de nuestras propias debilidades para mantener la disciplina, y lejos de esto sucumbimos premiando la insubordinación?
El Director de la Guerra, como el Supremo Gobierno no sólo descuidaban los grandes deberes que la situación imponía a los grandes dignatarios del Estado, sino que tratando la guerra extranjera como ruin guerra civil, no se han contraído a otra cosa que invertir todos los millones que han recibido de los fondos públicos en necesidades frívolas y aparentes, en dar colocación a compadres y amigos en puestos y destinos superiores a sus facultades, y en perder lastimosamente un tiempo precioso que debería haberse consagrado al aumento del ejército hasta el pie de 50,000 soldados al aumento de nuestros armamentos en la correspondiente proporción y al aumento de nuestra escuadra hasta ponerla en estado de rivalizar con la escuadra enemiga.

Nada de esto se ha hecho y ni siquiera ha preocupado al Director de la Guerra ni al Gobierno, que arrastraron impávidamente delante de la América y del mundo la alta responsabilidad de la defensa del Perú y de Bolivia; por el contrario, desde el mes de abril hasta el mes de julio, en que se instaló el Congreso, hemos sido sucesivamente engañados con frases de doble sentido, con palabras indeterminadas y con monosílabos misteriosos para alimentarnos con la esperanza de que habíamos adquirido poderosos buques de guerra, muchos millares de rifles y millones de cartuchos y aún recursos metálicos cuantiosos para mantener una guerra de dos años.

Bien pronto el cinismo, la hipocresía y la mentira disfrazados con el purpúreo manto del patriotismo, cayeron postrados, como caen los fanfarrones y los charlatanes en la primera refriega con la verdad y la realidad de los hechos.

Y bien sabe el país a esta hora en que debe habérselo dicho a cada uno de sus diputados hasta en los más recónditos y apartados pueblos del territorio; bien sabe el país que habían sido falsas e inicuamente mentirosas las esperanzas de nuevos elementos marítimos que se le hicieran concebir, como había sido falsedad y mentira que tuviésemos en el mes de junio, en el Loa, un ejército nacional, de 14,000 soldados; como había sido falsedad y mentira que tuviésemos en Lima 12,000 hombres de reserva; como había sido falsedad y mentira que hubiésemos adquirido 30,000 rifles y 10 millones de cartuchos; y como había sido falsedad y mentira que pudiéramos disponer de recursos metálicos para dos años de guerra.

Y bastaría saber que en el ejército de Iquique apenas se han encontrado 8,000 soldados el día de una batalla, que ha sido preciso el 2 de noviembre en Pisagua para que el ejército de Lima llegara al pie de 10,000 hombres; y bastaría saber que todavía, cuando el ejército chileno, después de invadir y acampar en la línea de Pisagua, se han venido a acabar de municionar los parques del Sur, lo que ha dado lugar al nuevo desastre de la “Pilcomayo”; y bastaría saber que nuestros soldados del Sur, hermanos, hijos y amigos nuestros, carecían de zapatos, agua y pan, y que todo esto ha pasado y ha sucedido en tanto que se gozaba de octaviana paz en Arica y en Lima, en tanto que el General en Jefe (Juan Buendía), según es pública voz y fama, se entregaba a los brazos de chilenas enviadas a Iquique para enervar y extinguir aquel espíritu octogenario; en tanto, en fin, que en Lima hemos visto cambiarse en los diversos ramos del despacho los actores serios como los gracejos y polichinelas de la más infame comedia que ha podido representarse con mengua del honor, del derecho y de la integridad de una nación digna, independiente y soberana. Bastaría saber todo esto, que está escrito en documentos públicos y oficiales y con los mismos hechos esculpidos en la conciencia de nuestro ejército y de los ciudadanos, para que el Perú entero, en masa y como un solo hombre, arrojara una eterna maldición contra los que han consentido en que Chile, el pueblo americano más vil, haga sobre nuestro territorio la amputación de nuestras más ricas provincias y de nuestras únicas riquezas fiscales, y sobre nuestra alma la amputación todavía más terrible de nuestra altivez y de nuestra vergüenza internacional.

No es esto, sin embargo, lo único que se ha hecho en perjuicio y vilipendio de la República: se quiere todavía hacer más: se quiere que el Perú, como esclavo abyecto, como siervo ruin, como impotente eunuco que apenas sirve para cuidar y entretener a una veintena de caducos, vetustos y apolillados generales continúe entregando sus hijos, su sangre, sus riquezas, su pasado, su presente y su porvenir, su honor y sus derechos a ese mismo General en Jefe, a esos mismos jefes díscolos, ineptos o desgraciados que hasta hoy lo han conducido a la ruina, continúe siendo defendido por los mismos hombres que no han sabido antes, ni saben ahora defenderlo, porque defender al Perú no es cruzarse los brazos con la sandez del mentecato después de la batalla de San Francisco, porque defender al Perú no es conmover al país con la perfidia del conspirador a las primeras noticias de nuestros desastres, y porque defender al Perú no es imponerse de hecho con el látigo del despotismo en todas las esferas de la vida administrativa, representando en unas la barbarie, en otras la locura armada, en otras la inepcia, sin otro título que la impotencia de un Luis XI de Francia y de un Carlos II de España.

Pero como no es posible romper la Constitución del Estado, que es la única arca santa que sobrenada después del más terrible diluvio; como no es posible ni es conveniente, ni es honrado, ni es bueno matar la República para defender un cadáver, ni mucho menos cometer la infame conspiración de los parricidas; los hombres patriotas, los republicanos convencidos, los espíritus levantados, las almas dignas no pueden menos que subordinar los penetrantes gritos de su conciencia y los fuertes latidos de su corazón ante la imperiosa necesidad de que el régimen constitucional, el orden legal se mantenga a todo evento en la persona de sus legítimos representantes.

Entre tanto se nos preguntará, y con razón, ¿qué es lo que debemos hacer y lo que haremos para continuar con más confianza, fe y esperanza en la defensa de la República? La respuesta es demasiado sencilla: lo que debemos hacer no es más que apelar al patriotismo de los que dirigen la cosa pública, que se desprendan de consideraciones personales y llamen hombres nuevos para la defensa nacional, hombres nuevos en el gabinete, consejeros nuevos en la política y fieles intérpretes en todo de la voluntad de la nación.

Si se hace todo esto, si se tiene fe en que el orden es el único fundamento sólido del buen suceso en las grandes crisis de los pueblos, y de una vez se conviene en que el más puro sacrificio es el que se hace navegando ciegamente a favor de los intereses supremos, de la verdad del deber, no lo dudemos, la República se salvará todavía, la República vencerá a sus enemigos, la República, en fin, podrá aprovechar los buenos servicios de los que hasta hoy hayan sido indolentes o remisos.

La hora presente impone a los jefes del Estado, el altísimo deber de llamar al Gobierno a los ciudadanos en quienes se reconocen toda la importancia que se requiere para el ejercicio de las más delicadas funciones: el día de hoy a nadie debe preguntarse cuál ha sido en política su fuente bautismal, en nadie debe verse si es cabeza o cola de león: lo único que hay que averiguar, es si es hombre de grande voluntad, si es manifiestamente capaz de desempeñar sus funciones, si está dispuesto a jurar sobre la patria la guerra más implacable contra el enemigo extranjero y si el nombramiento de un hombre lejos de debilitar, enaltece el espíritu público y robustece la confianza de la nación.

¡Si nada de esto se hace, será al fin necesario que la nación se salve por sí sola!

********************
(*) La cifra de 200,000 debe ser probablemente un error o una exageración del editor. En 1879 existía en Tarapacá entre 20,000 a 30,000 habitantes 

Texto completo tomado del libro "El Viaje de Prado", de Guillermo Thorndike
Imagen, portada del Diario El Nacional, de fecha 06 de abril de 1879, gentileza de Ernesto Linares

Saludos
Jonatan Saona

1 comentario :

JUAN MANUEL BELLIDO CHIRE dijo...

JUAN MANUEL BELLIDO CHIRE

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