jueves, 7 de noviembre de 2013

Anécdota de Cáceres

¿Yo Fraile, Madre? 

Por: Andrés Avelino Cáceres* 

“Esta herida –dice el mariscal llevándose la diestra al rostro‐ la recibí durante la toma de Arequipa en 1856. Ahí me tocó, como simple teniente, con mando de compañía, una actuación distinguida. El mariscal Castilla, que había acampado en las afueras de la ciudad, me ordenó que sigilosamente avanzara con mi compañía y me apoderara de la primera trinchera enemiga. Sin vacilar, ejecuté esta orden y sorprendiendo a los ocupantes logré tomar posesión de la trinchera, regresando a dar parte el mariscal de mi cometido. Entonces Castilla me mandó: 
“Siga usted avanzando sobre la ciudad, tomando las alturas hasta los conventos de San Pedro y Santa Rosa”. 


Y, aunque pensaba yo que era una crueldad del mariscal enviarme así al sacrificio, no titubeé, y deslizándome sobre los techos fui avanzando de cerca al peligro hasta el primero de los conventos citados. No sé cómo logré saltar los innumerables obstáculos que encontré al paso y de repente me hallé dentro de la primera bóveda del convento de Santa Rosa. Por el camino había perdido a muchos de mis soldados, muertos por las descargas cerradas de los vivanquistas. Pero los dos cuerpos que formaban la primera división de Castilla, el Ayacucho y el Punyán, habían desembocado por dos calles paralelas al convento y así cayeron sobre él, obligando a los ocupantes de la torre a abandonarla.

Yo subí, con los míos, hasta la torre y ahí tuve que soportar el fuego que se me hacía desde la torre fronteriza de Santa Marta. Mientras tanto, sin que yo me hubiera dado cuenta de ello, Castilla había penetrado al convento por otro lado y se encontraba alojado en la parte baja. El coronel Beingolea, después general subió a la torre, creyéndola vacía, y se dio la mano a boca conmigo y mis soldados. Calcule usted la sorpresa de ambos. “Acabamos de tomar el convento”, me dijo. “Mi coronel: ya lo había tomado yo”, le contesté. Y le conté cómo había llegado hasta la torre. Me abrazó y me anunció que haría conocer a Castilla mi comportamiento. “Está ahí abajo –agregó‐ con todo el ejército”. Y se fue.

Yo continué haciendo frente a los de Santa Marta, y estaba mostrando a mis soldados el blanco hacia el que debían disparar cuando un balazo me derribó cegándome. Me recogieron mis soldados y envolviéndome en una manta me bajaron al refectorio del convento, en donde el sargento Delgado y el cabo Camacho me atendieron. Estuve largo rato privado del conocimiento. Cuando lo recobré hallé a mi lado al capitán Norris (1), uno de mis mejores compañeros, que me preguntó qué deseaba. “Un poco de agua, me muero de sed”, le contesté. A poco regresó Norris con un plato de mermelada y una garrafa de agua. “El dulce no me es necesario, ni podría ingerirlo –le dije‐, tengo las mandíbulas apretadas, apenas una pequeña ranura dejará pasar el agua”. Bebí, desesperado, parte del contenido de la garrafa y el resto hice que me lo vaciaran en la cara, para lavarme la herida. Estaba monstruoso, con la cara hinchada. El médico dijo a mis compañeros que la herida era mortal. Pero el cirujano doctor Padilla me dio esperanzas.

Me trasladaron a casa de una señora Bermúdez, porque el tifus se desarrolló entre los heridos en el convento. Ahí me curó el doctor Padilla después de no pocos esfuerzos, extrayéndome la bala. Recuerdo que las madres del convento que me habían tomado afecto, me enviaban allá, a pesar de las protestas de la
señora Bermúdez, la dieta. ¡Qué tortas! ¡Qué dulces! ¡Le aseguro que no los he vuelto a tomar más deliciosos en mi vida! Y aquí viene lo curioso. Una vez convaleciente iba con frecuencia a almorzar al convento y la madre superiora, muy seria, me habló un día de esta suerte: 

-“Teniente, usted ha renacido en este convento, ¿verdad?”. 
-“Sin disputa, reverenda madre  ‐le contesté‐, aquí me recogieron casi muerto y aquí me comenzaron a curar; y durante mi convalecencia, a usted debo cuidados especiales que no sabré cómo agradecer”.
-“¿Y por qué no deja usted la carrera militar y se hace usted fraile?”. 

Casi me caigo de espaldas de la impresión que me hizo esta sorpresiva propuesta de la buena religiosa. Tuve que contener la risa. “¡Yo fraile, madre! No soy digno de vestir los hábitos”. 

-“Pero lo haríamos capellán de este convento y ya vería usted lo bien que lo iba usted a pasar aquí...”. Hube de apelar a todos mis recursos oratorios para hacer desistir a la madre de semejante idea. La pobre sufrió un desencanto: ya me veía con la cabeza rapada y envuelto por el capuchón y la sotana...”.
********************
* Declaraciones de Cáceres al diario “La Crónica”, Lima, 1915.
Tomado de la revista eléctrónica "Cáceres del Perú"

(1) Aquel Capitán Norris recordado por Cáceres es en realidad Manuel Norris, muerto en la condición de Sargento Mayor el 10 de diciembre de 1859 y enterrado en el Presbítero Matías Maestro. Que suerte tan distinta la de estos militares. Uno rescatado de la parca y del convento para llegar a ser héroe de la Breña y presidente del Perú en dos oportunidades mientras el otro, librado de esa acción, falleciendo por enfermedad antes que en campo de batalla poco tiempo después. (dato proporcionado por Jorge Huamán)

Saludos
Jonatan Saona

3 comentarios :

Anónimo dijo...

....buena anecdota....ya imagino al gran Gral Caceres con los atuendos de fraile....

elescondrijo delostuertos dijo...

Que extraordinario...

Anónimo dijo...

El legendario Cáceres, uno de los mejores soldados del Perú.

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