domingo, 19 de mayo de 2013

Antonia Moreno


Antonia Moreno Leyva

Nació en el distrito de San Juan Bautista, Ica, el 13 de junio de 1848, hija de don Fulgencio Moreno y doña Antonia Leyva. 

A los quince años viaja con sus padres a conocer la capital, estremecida todavía por la honda conmoción y nítida gloria del combate del 2 de mayo y que despertara en ella una deslumbrante impresión. Es aquí, que en casa de unos parientes por línea materna conoce al joven Andrés Avelino Cáceres, futuro héroe de la Breña y que recientemente había afianzado su prestigio y bravura como segundo jefe de la batería Ayacucho en dicho combate, ganándose honrosamente sus galones de Teniente Coronel

Ambos jóvenes en 1867 contraen matrimonio. Algún tiempo después la pareja se traslada a la ciudad de Ayacucho, cuna de Cáceres y en cuyas cercanías su familia poseía vastas tierras, de cuyo matrimonio nacen Zoila Aurora, Lucila Hortencia y Rosa Amelia.

Durante el Gobierno de don Manuel Pardo, Cáceres, su esposa y sus dos primeras hijas de tierna edad se instalan en al ciudad de Lima, en la espaciosa casa de noble traza colonial situada en la calle de San Yldefonso y que la señora había heredado de su madre y en donde reanudan su tranquila y cordial vida de familia.

En 1881, su esposo, luego de haber combatido en las batallas en defensa de Tarapacá, Moquegua, Tacna y Arica, se dirige a la sierra central para organizar la resistencia. Antonia Moreno, en compañía de sus hijas, no dudan en seguirlo en lo que serían las difíciles jornadas de la Campaña de la Breña. Doña Antonia toma parte activa en esta fase de la Guerra y lidera en varios momentos los batallones de la resistencia.


Cuando Cáceres asumió la Presidencia por primera vez; estuvo en Palacio de Gobierno organizando la vida hogareña. Al termino del mandato, lo acompañó en sus misiones diplomáticas en Inglaterra y Francia, y en 1894, en su segundo mandato, se produce el enfrentamiento con Piérola y como consecuencia de este hecho en 1895, la familia se trasladó a Buenos Aires.
Al iniciarse el nuevo siglo, Antonia Moreno retornó a Lima mientras su hija Zoila Aurora acompañó a su padre en las posteriores gestiones diplomáticas en Italia y Alemania.
Doña Antonia Moreno murió el 26 de febrero de 1916, en su casa de Lima.



ANTONIA MORENO DE CÁCERES, DIGNA Y HEROICA PATRIOTA 
Escribe: Olga Guzmán Ribeyro. 

Fueron muchas las heroínas peruanas en la Guerra de 1879 a 1884. Principalmente mujeres del pueblo, las abnegadas rabonas, de acuerdo al testimonio de las fuentes coetáneas. La mayoría de ellas quedó en el anonimato, pero se guarda el recuerdo de una mujer excepcional que se convirtió en la representante de todas, por sus múltiples muestras de amor a la patria, en aquellos años difíciles. Nos referimos a Antonia Moreno Leyva, la digna esposa del general Andrés Avelino Cáceres.

No quiso ser ella menos que el pundonoroso Jefe de La Breña y se irguió como la compañera ideal del adalid de la resistencia patria. En verdad, de las grandes damas bien pocas hubieran hecho lo que doña Antonio hizo. Ella dejó la relativa tranquilidad de la capital ocupada y salió tras su esposo, hacia los Andes, a mantener con él y los breñeros bien en alto el pendón bicolor y el honor jamás rendido.


Años más tarde recordaría el principal motivo que la impulsó a asumir tal actitud:
 “Mi dignidad de peruana se sentía humillada bajo la dominación del enemigo, y decidí arriesgar mi vida, si fuera preciso, para ayudar a Cáceres a sacudir el oprobio que imponía el adversario”. 
Por ello, porque junto con Cáceres lideró a las huestes de la resistencia, se convirtió en la representante más auténtica del heroísmo de nuestras mujeres en la aciaga contienda decimonónica, y la recordamos como la 
Mamacha Antonia, porque asió la llamaron aquellas gentes humildes que la acompañaron en la gloriosa epopeya, gentes a las cuales ella rindió también tributo de admiración y gratitud. 

En efecto, el largo tiempo durante el cual sobrellevara doña Antonia la dura campaña, le sirvió para formarse acertados juicios sobre los campesinos, perpetuando emotivos y muy sentidos recuerdos. Conviviendo con las mujeres indígenas, nuestras abnegadas rabonas, aprendió a quererlas como hijas, tanto más cuanto que ellas, desde un primer momento, la llamaron Mamay, en señal de respeto y cariño. Ellas correspondió ese afecto y las elogió con estas palabras: 
“Las indias del Perú tenían culto por Cáceres; le llamaban Taita (Padre) y, como compañeras de los soldados, seguían la campaña prestando eficaces servicios de enfermeras, o atendiendo el lavado de la ropa y la preparación del rancho”. 

Como buena observadora, doña Antonia comprendió asimismo que con Cáceres se manifestó en los Andes una suerte de mesianismo; sí, porque según su testimonio “para los indios Cáceres era la reencarnación del Inca... (e) insistían llamándoles Taita con tanto cariño, que lo conmovían”. Y a ella la llamaron Mama Grande. 

Las continuas muestras de afecto de esos humildes campesinos redobló el patriotismo de sus caudillos, a propósito de lo cual doña Antonia dejó escrito: 
Esas demostraciones cariñosas nos alentaban y daban fuerzas para sufrir con ellos y luchar hasta verlos libres de los opresores”. 
Claro que esa compenetración entre los caudillos de La Breña y sus seguidores campesinos hubo de causar recelo y alarma en algunos apátridas que sólo veían peligrar sus intereses, quienes se convirtieron en sus opositores. Inclusive se llegó a decir que Cáceres proyectaba una revolución social en el campo; pero antes que esa justa reivindicación, en esos años los breñeros luchaban sólo contra el enemigo externo. 

Doña Antonia, convertida en lideresa de la causa patriota, habría de reconocer a la postre el valor de los campesinos, quienes fueron el soporte principal del Ejército de La Breña: 
“Ellos –señalaría- que por atavismo rendían homenaje a la Pacha Mama (Madre Tierra), al verla hollada y vejada..., sin más armas que sus clásicos rejones y sus primitivas hondas... se ofrecían en holocausto por la patria y por el Taita que era el alma de la resistencia nacional”. 
El testimonio de la Mamacha Antonia, aparte de mostrarnos muchos detalles no citados en ningún libro, resulta así imprescindible para comprender en toda su excelsitud el valor de aquellos héroes que lucharon por salvar el honor de la patria. Además de los inmolados en Angamos, Arica, San Juan y Miraflores, debemos rendir perenne tributo de homenaje a los soldados y guerrilleros que con Cáceres mantuvieron por casi cuatro años altiva la causa de la resistencia en los Andes. 

Y en ello, debemos comprender en toda su medida el juicio de doña Antonia, su loor a “esa vieja raza noble, que tan bien supo comprender la grandeza del deber y del honor”. Toda una gran verdad aparece condensada en estas palabras de la heroína:
 “Como peruana y testigo de sus grandes hechos, quiero dejar unas palabras de cariñosa gratitud a esos queridos indios de las sierras andinas... Ellos soportaron, con la más grande abnegación y coraje, todo el formidable peso de la epopeya de La Breña, que a fuerza de heroísmo y sacrificio dejó muy limpio y alto el pendón del Perú”. 
Y todo ello fue posible porque al frente de esos bravos peruanos estuvieron dos caudillos de excepcional valía: Andrés Avelino Cáceres y Antonia Moreno Leyva, tronco inmortal de nuestro más acendrado patriotismo. 

Nota.- Las memorias de doña Antonio Moreno de Cáceres, de las que hemos extraído las citas insertas en este artículo, redactadas por su hija Hortensia Cáceres de Porras fueron editadas por Carlos Milla Batres en 1974, con el título “Recuerdos de la Campaña de La Breña”.



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Saludos
Jonatan Saona

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