viernes, 15 de marzo de 2013

F. Bolognesi

¡EL MAR A SUS PIES!

La disciplina profesional, el respeto jerárquico tan indispensable en la hermosa carrera de las armas, constituían en el bravo y cumplido jefe la nota más saltante de su conducta militar de siempre. Para Bolognesi, una simple orden o indicación del superior, especialmente, en los momentos difíciles, era acatado en el acto sin reparos ni subterfugios; de donde se desprende el resultado favorable que a menudo obtuviera en las principales comisiones o acciones a él encomendadas.

Era el año de 1868, gobernando el país el coronel don José Balta, cuando Bolognesi desempeñaba en el Callao la gobernación civil y comandancia general de las baterías.

Atravezaba por aquellos días, del mes de agosto, la nación una crisis política bien vidriosa y que mantenía tanto al pueblo como a las autoridades en inquietud constante.

Fuerza considerable del ejército, además de la guarnición establecida, fue enviada al Callao y acuartelada en el Castillo, hoy oficina de la Aduana, y en el Arsenal donde, como se ve funcionan en la actualidad la Capitanía del puerto y el Correo.

A consecuencia de esta agitación, de carácter político, dictóse orden absoluto de inmovilidad para el ejército, y desde aquel instante el jefe de la plaza permaneció en su puesto vigilando con todo rigor la zona de su responsabilidad.

Pero, en tal estado de alarma se encontraba el vecino puerto chalaco, el memorable día 13 del citado mes, cuando ocurrió el espantoso terremoto, con epílogo de desborde del mar, que causó numerosas pérdidas de vidas y propiedades en toda la costa sur del Perú.

En el Callao,  como en Lima y pueblos inmediatos inicióse el cataclismo con un no muy fuerte pero prolongadísimo sacudimiento de tierra que hizo abandonar sus hogares a todos los vecinos.

Pero, si el mal no pasó adelante para las gentes de esta capital, no tuvieron igual suerte los chalacos, porque media hora después el mar se encrespó y empezó a extenderse hacía la población y ese vecindario que no olvida nunca la barrida que le dieron las aguas el 28 de octubre de 1746, se echó a gritar locamente pidiendo perdón y misericordia.

Mientras tanto, el coronel Bolognesi que con alguna dificultad había logrado contener durante el temblor a los oficiales y soldados que se agolpaban a la puerta del castillo para no quedar allí sepultado, no daba otra respuesta ni más satisfacción a sus subordinados, que ésta: “¡Hay orden de inamovilidad!” 

Y el mar continuaba impávido su marcha triunfante. El coronel Bolognesi, al ver que las aguas penetraban ya a la plazuela del arsenal, dispuso que el centinela se retirase pronto al cuartel y cerrarse la puerta, colocándose él a la entrada, para ser el primero en el peligro. La tropa exaltada huyó al interior, y entonces la oficialidad interrogó seriamente al jefe acerca de lo que se podía hacer para salvar la vida.

- No lo sé! Contestó enérgicamente ese hombre superior. Repito que tenemos orden de inamovilidad y … ¡nadie se mueva! … ¡Por lo demás, agregó impertérrito: “¡Aquí morirá Sansón con todos los filisteos!

Esta frase célebre le era frecuentemente recordada por sus amigos, cuando del caso se trataba.

Afortunadamente, el mar no avanzó más, y quedó luego restablecida la normalidad.

Como el dársena aun no había sido construído, ni existía muro alguno que defendiera el puerto, el mar se desbordó tranquilamente ocasionando algunos daños. (1)

Constituído en el Callao horas más tarde, el ministro de Guerra coronel don Juan Francisco Balta, hermano del Presidente de la República, quedó admirado al ver que Bolognesi le presentaba integramente y sin que hubiera ocurrido la menor novedad toda la fuerza confiada a su lealtad, y la que tal vez habría corrido borrasca, perdiéndose también el armamento, sin la espartana resolución e inquebrantable disciplina de ese coloso militar que a toda costa ha dado a los hombres tan bellos ejemplos, en las múltiples situaciones amargas que la tierra le había deparado.

El coronel Bolognesi fue calurosamente felicitado por el ministro, y poco después trasladado a Lima como comandante general de artillería en recompensa de los importantes servicios que acababa de prestar al gobierno, pues se vino en conocimiento de que los conspiradores se lamentaban de que la orden de inamovilidad no hubiese sido interrumpida en esos momentos para sobornar libremente a la tropa y llevar a cabo sus planes de revuelta.

Quien como él tuvo delante el mar en actitud de desaparecido, y supo así hacer respetar la orden del superior, ¿podría haberse rendido a nadie y menos a los enemigos de su  Patria?

Son estas referencias de verdad comprobada, los antecedentes que a modo de prólogo forman la gran obra, orlada por el, sacrificio heroico, que nos ha legado como enseñanza de austeridad y patriotismo, de honor y de valor, de ciencia y experiencia, ese titán que vino a caer, tras cien combates, en lo alto del histórico Morro en cuyo centro habrá de erigir mañana el Perú su efigie gloriosa …

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(1) Se supo después, que la gran ola arruinó varios puertos del sur, entre ellos Iquique, Arica, Ilo; y también la ciudad de Moquegua soportó los estragos del terremoto. Familias enteras fueron víctimas del mar. El malogrado exjefe de la nación señor Guillermo Billinghurst perdió en Iquique a sus padres y otras personas de su hogar, no encontrándose él entonces, allí. En Arica la aguas llevaron dos buques hasta las calles de la población, y los demás dieron vuelta de campana.

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Texto tomado del libro Bolognesi y sus hijos, de Ismael Portal
Fotografía de Bolognesi tomada en 1868, por el estudio de Garreaud

Saludos
Jonatan Saona

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