martes, 26 de febrero de 2013

Rotos y Santos

Los rotos y los santos

Un diario de provincia ha dado cuenta de cierto grave suceso ocurrido en el pueblo de X (más vale callar los nombres), en una de las noches de la semana que acaba de pasar con tan larga cola de calamidades.

Varios ladrones penetraron a la iglesia; se sustrajeron lo más valioso del sagrado ajuar y, no contentos con tal profanación, cometieron todavía otra mayor, arrastrando las imágenes de San José y de la Virgen hasta la plaza pública, poco menos que desnudas, donde en tal guisa, a la siguiente mañana, mostrólas el sol y pudo verlas el escandalizado vecindario: a ella, con cigarrillo en la boca, y a él con un naipe de las manos.

Una devota que oyó el caso, respetable señora que sostiene que no hay en Chile otros rotos descreídos que los soldados de la última campaña, en la cual todos dejaron allá su sólida fe y devoción antiguas.

-¡Alguno de esos que han andado por el Perú! -dijo al punto la señora, con esa propensión a lo temerario que suele ser el pecado constitucional de muchas devotas.
No era dable contradecirla allí mismo, pero lo hago ahora -lejos de sus religiosas iras- en la convicción de que tales ladrones y bellacos, si bien pueden haber estado en el Perú y ser hasta peruanos de nacimiento, no son ni han sido soldados de nuestro ejército.

No niego que las necesidades de la guerra, crueles necesidades que a las veces se elevan a la altura de ese menester supremo de la conservación, que no reconocer pan duro, vino malo, ni mujer fea, que es como decir no tiene ni ley ni Dios, han puesto a nuestros rotos en el duro trance de echar mano de las cosas sagradas en más de un caso ciertamente; pero la historia severa e imparcial, que guarda en sus anales las acciones de los hombres, puede testimoniar que aquéllos, aun en los más tristes extremos, supieron hermanar la necesidad con la devoción, que se supone perdida.

Más de un santo fue, sin duda, desnudado hasta la tabla rasa; pero siempre se guardó el respeto debido a la persona...
La vida y milagros de nuestros rotos de las campañas de ayer y de hoy suministran ejemplos edificantes de la verdad que vengo sosteniendo.

Entre mil episodios de su larga vida de guerrero, contaba el general N. N. una aventura que le ocurrió en sus mocedades, viniendo de la frontera a Santiago, en comisión de servicio.

Traía comunicaciones para el gobierno o conducía prisioneros, el hecho es que viajaba con escolta segura.
Obligado a dormir en los alojamientos del camino, muy a la vista de su tropa, tuvo ocasión de advertir que uno de los soldados le demostraba, no ya extrañas consideraciones, sino exagerada reverencia a un par de alforjas de su mísero equipo. Descubríase con respeto al sacarlas de la montura; conducíalas personalmente al mejor sitio y cada vez que pasaba por delante doblaba de refilón la rodilla.

Tantas veces se repitió esta escena que el general, entonces capitán, hubo de decir al soldado:
-¿Qué virtud tienen para ti esas alforjas que les rindes una rodilla?
-Le habrá parecido a mi capitán.
-Tan no me ha parecido que sobre la marcha las vas a volver.
Y como hiciera ademán de voltearlas con el pie.
-¡Yo le diré, mi capitán! -saltó el roto, interponiéndose- Es que ahí viene la Custodia...
No había para qué indagar otros pormenores; pues días antes había sido salteada la iglesia del campamento, llevándose los ladrones hasta la Custodia con la sagrada forma. 
Esto era característico para el general N.

Este general, por desgracia para todos, no alcanzó a saber que aquella ya vieja campaña del Perú, en la que sirviera un alto puesto a las órdenes de Bulnes, había de tener una segunda edición aumentada y corregida por un cadete de su tiempo.

A conocerla, ¡cuántas historietas iguales no hubiera podido recoger su feliz memoria y su espíritu observador, cuando hasta yo mismo he logrado conservar muchas con sólo poner el oído a las amenas charlas del campamento y de la tienda!
Si fueran cosa mayor, diérame el gusto de dedicarlas a su memoria, pero he de conformarme con referirlas a la llana, que no calzaría la pequeñez del recuerdo con la persona recordada.

Y vamos a cuentos.
En aquel trancazo de lo Mena que se llama el asalto de Arica, hubo un intermedio como de concierto entre el pelear y volver de nuevo a la varilla y a las filas.
Algunos desbandados y otros comedidos, que nunca faltan, echaron allí su mano de triunfal granjeo.

La caballería y el Bulnes enviaban patrulla tras patrulla a suspender la fiesta. Los jefes en persona buscaban a sus niños, sabiendo que en arca abierta el justo peca y aquella arca habíase descerrajado por sí sola al estallido de las minas de dinamita.

Busca que busca, uno de estos jefes llegó hasta la iglesia del puerto y tan a tiempo que en el mismo instante se encaramaba un soldado con mucho tino sobre el altar mayor.
Recatándose en una pilastra, lo dejó hacer. El roto, hombre prevenido, miró a todos lados y no viendo a nadie, sacóse el quepis devotamente con la izquierda mientras que con la derecha se guardaba en el bolsillo los aretes de la Virgen.
Tornó a cubrirse, bajó con igual tino y al cruzar la nave, volvíase inclinado para saludar..., cuando se topó con su jefe.

En las varias y todas penosas expediciones que nuestro ejército hiciera a la sierra del Perú, algunas iglesias, según refieren, tuvieron algo que lamentar, a causa especialmente de que desde los comienzos de la guerra ellas se habían anticipado a renunciar la neutralidad de lo sagrado, haciéndose refugios, agencias y fortalezas de enemigos.

Así por vía de ejemplos:
Del presbiterio de una iglesia abandonada de Lurín los soldados sacaron un buen entierro de cancos de pisco.
Aquel convento casi feudal de Ocopa, grande como un principado, fuerte como castillo guerrero, colgado a modo de un nido de águilas en las crestas de la cordillera, fue durante todas aquellas expediciones el foco encubierto de la resistencia y levantamiento de los indios fanatizados.
El señor obispo de la diócesis, sacaba de Lima cañones para las montoneras, encerrados en ataúdes que escoltaba ceremoniosamente un cortejo ad hoc. De ahí al cementerio y a medianoche, en buenas mulas para la sierra y los nuestros...

De la iglesia de Supe sacaron al bravo y hermoso teniente Volz, para matarlo a palos en la sacristía.
Como se ve, las iglesias no eran del todo inocentes en aquellos ya pasados días.
Solían comprometerse, a sabiendas de que donde las dan las toman.

Sin embargo, los rotos no tomaban nada en ellas, sino cuando no había otro pan que rebanar y el caso no daba esperas. Pero aún entonces, siempre sobresalía un rasgo que acusaba la educación religiosa que se ha sabido inculcar en nuestro pueblo...

Después de un sangriento combate en Cañete, un ala del enemigo fue acorralada entre unas tapias. En el centro, negro de pólvora, pedía gracia un cura de pueblo comarcano.
Al ponerlo de cara contra la tapia, le dijo un roto del piquete oficiante:
-Agache la cuna, su reverencia, para no pegarle en la corona.

Pero como iba diciendo.
A una de las iglesias de la sierra entraron los nuestros en son de desquite. Al primero que llegó, tocole por prelación la imagen del único altar, comenzando la tarea por guardarse una que otra chapa de plata o poco menos, que ostentaba la santa.
Al llegar a la corona, el roto se detuvo para examinarla a la luz.
-No es más que de plata, madre mía -dijo con algún desconsuelo-; pero yo te prometo que, en cuanto mejore de fortuna, te regalo una de oro, porque sólo la necesidad me obliga a dar este paso «¡tan ajeno de mí...!»

Para ser completamente verídico, debo apuntar un caso de excepción, a este respecto genial de los rotos.
Gobernando don Eusebio Lillo, en Tacna y pueblos de su partido, ocurrió en el de Pachía, pocas leguas adentro, un robo sacrílego que consternó a la provincia entera.
Se veneraba allí con la tradicional reverencia a una Virgen del Carmen que ni el rango que ocupaba en nuestro ejército, ni la visible preferencia que le diera en las batallas habrán sido parte a enajenarle el amor de aquellos feligreses.

Una mañana, la Patrona de los nuestros amaneció despojada de sus ricas vestiduras, obsequio de una suscripción popular.
No hubo que perder tiempo en echar malos pensamientos, porque los ladrones habían dejado a manera de tarjeta de visita, sobre la cabeza de la imagen, una gorra militar de brin, muy ladeada al ojo.
Eran de fijo nuestros niños.
Queriendo enjugar las piadosas lágrimas de todo un pueblo, el señor Lillo hizo cuanto humanamente era dable por descubrir las prendas robadas.

Pero todo fue inútil y la cosa quedó en la región de las sospechas temerarias hasta que tiempo después, olvidado ya el asunto, en una comedia de campamento, salió a las tablas una señorita que mostraba botas de infantería bajo el recamado manto de la Virgen del Carmen.
Antes de concluir el acto pasaba para Tacna con oficio cerrado.
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Texto tomado del libro "Bajo la tienda" de Daniel Riquelme
Saludos
Jonatan Saona

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