sábado, 4 de agosto de 2012

Nicanor de la Fuente


Cuando ocurrió la hazaña de Fernando Terrones, en junio de 1882, el comandante chileno Arellano ordenó el incendio del pueblo de San José.

Mientras le pasaba a San José, don Pedro tomaría cartas en el asunto. Don Pedro Ríos Yépez era conocido en toda la comarca por sus encarnizadas contra los chilenos, pues estos muy buena cama le tendieron y fue esta la ocasión que cayera en la trampa.

El padre de Ríos Yépez; don José Gregorio Ríos Sisniegas, a fin que nuevamente vuelva la tranquilidad al pueblo de San José, aconsejó a su hijo que se presentara ante el comandante y le dijera que ninguno de los miembros de de la familia Ríos había tomado parte en los asesinatos de sus soldados chilenos, y que le expusiera al mismo tiempo, la dolorosa situación en la que se encontraban los pobladores de San José, quienes habían purgado y una falta que jamás cometieron.


Pedro Ríos Yépez llegó a las dos de la tarde del mes de junio de 1882 y después de esperar un rato, ingresó a la sala de despacho, en la que se encontraba el comandante Arellano, este jefe tenia mirada de águila capaz de hipnotizar el cerebro más fuerte, sugestionaba y sometía a las personas que estaban con él, su voz era medio anti plana; pero cuando tenía ira la levantaba en forma que el auditorio quedaba aturdido.

Cuando entró don Pedro Ríos Yépez, Arellano se quedo mirándolo de hito a hito y después de ofrecerle asiento, le dijo:

- Con que Usted es don Pedro Ríos; ¿eh?
- Si señor 
- ¿Y a que ha venido hacer por acá?
- A exponerle que la población de San José está sufriendo mucho desde el incendio.
- Además; están tomando muchos presos a quienes se les cree sospechosos por la muerte de los cuatro soldados.
Yo vengo a manifestarle que ninguno de nuestra familia es culpable de la muerte de esos cuatro soldados suyos, pero como toman preso a todo el que encuentran; mi padre me ha mandado que le suplique a usted que nos deje tranquilos. San José y todas las haciendas sufren las inclemencias con la actual situación…
-Me viene usted a hablar de sufrimiento a estas horas en que acaba de cometerse un crimen, el que seguramente están complicados los grandes y chicos de San José.
Debéis tener entendido que voy a castigar duramente a los culpables; pues tarde o temprano he de saber quien ha matado a los cuatro soldados.

Por último luego de fuertes cruces de palabras; Arellano ordenó a un soldado que don Pedro Ríos Yépez fuera llevado a un calabozo junto a don Carlos Gonzales, ambos con centinela a la vista, en el patio estaban  ocho individuos más, a quienes se les creía cómplices del asesinato de los cuatro chilenos.

Todos los presos permanecían en silencio, custodiados por guardianes quienes demostraban un aire de seguridad, tan luego entró don Pedro Ríos al calabozo, empezó a conversar con don Carlos Gonzales y esta circunstancia fue suficiente para que un soldado lo hiciera callar con brusquedad, por ultimo separó a ambos amigos dentro de la misma habitación, señalándose a cada uno un radio del que no podrían pasar.

Mientras tanto, los amigos de don Pedro Ríos en San Pedro de Lloc se habían quedado asombrados al saber de la forma y manera como habían caído en la maraña tendida por los chilenos, el que más se interesó fue el señor Nicanor de la Fuente Goyburu; conforme es sabido; gozaba del aprecio general en toda la provincia; pues igual estimación le tenían los chilenos, a quienes el sr. De la Fuente se había impuesto por la autoridad de sus costumbres, la realidad de sus actos y por lo serio y caballero que era en todas las fases de su vida ya sea pública o privada.

El sr de la Fuente hizo toda clase de gestiones para obtener la libertad de don Pedro Ríos, empleando los recursos de su influencia, pero continuamente veía fracasar su intento, pues tanto el comandante Arellano como otros oficiales creían que don Pedro Ríos Yépez, como enemigo irreconciliable de todos los chilenos, había preparado el asesinato de los cuatro soldados chilenos. 

El señor De La Fuente al fin de sus perseverantes gestiones, logro romper la incomunicación y el jefe ordenó que se le dejara hablar con don Toponimia, contándole como lo había tratado Arellano y don Nicanor refiriéndose cuanto había hecho por sacarlo.

Don Nicanor, llevó en esos días una acción que enaltece y glorifica su nombre, se presento al irascible Arellano y le dijo, que deseaba obtener de él un gran servicio, cual es? le preguntó Arellano,

- La libertad de don Pedro Ríos Yépez.
- Usted señor De la Fuente, me pide algo que no puedo hacer.

Ríos Yépez junto con los otros detenidos, estaban sufriendo los rigores de la ley marcial.

Arellano: mire señor De La Fuente, estas cosas no me gustan a mí, porque no hay más vil que los cobardes. Lo que me indigna es el pandillaje, para defenderse del enemigo.

De La Fuente: pero volviendo a nuestro primitivo asunto, le digo que Ríos Yépez no es culpable de estos crímenes, tengo seguridad de ello.
Yo garantizo a Pedro Ríos Yépez y asumo toda la responsabilidad, pido su libertad condicional.

Arellano: debe saber usted, señor De La Fuente, que no estamos bromeando, muy caras puede costarle sus generosidades, pues la recta aplicación de la ley marcial me obligaría a proceder con usted, ya no como amigo si no como militar, nada de connivencias ni contemplaciones.

De La Fuente: Yo me someto a las terribles consecuencias de esta situación tan lamentable y pagaría hasta con mi vida.

Arellano: Si es así señor De La Fuente, yo no tengo la conveniencia en acceder a sus deseos. Pero creo que debe de reflexionar sobre el grave problema que tratamos.

De La Fuente: Le repito que asumo la gravedad del caso.

Después de este dialogo, que pone en transparencia la nobleza del alma del señor De La Fuente, se procedió a formular un documento en el que este caballero garantizaba al señor Ríos Yépez, pidiendo su libertad, desde luego se comprende el disparadero en que se coloca don Nicanor De La Fuente, al asumir un cúmulo de responsabilidad en circunstancias tan peligrosas.

Don Pedro Ríos salió de la prisión y fue a la casa de don Nicanor, en donde recibió muchas felicitaciones de sus amigos, que se alegraban de verlo sano y salvo. 

Pocos momentos después se supo que Fernando Terrones se había presentado en San José, con enorme sangre fría, declarando que era él quien había dado muerte a los cuatro soldados chilenos y que todos los detenidos eran inocentes. 
Fernando Terrones fue fusilado.
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 Fuentes : Investigaciones del magister Dionicio Gonzales 
Resumen tomado de sanjosepacasmayoperu.blogspot.com

Saludos
Jonatan Saona

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