sábado, 4 de agosto de 2012

Fernando Terrones

Fernando Terrones, un héroe olvidado

El año 1882 los chilenos ya habían echado raíces en esta provincia y procedían como en terreno de conquista. tratando con dureza a los habitantes que no se sometían incondicionalmente a su voluntad.



Una de las peores acciones del invasor fué el incendio del pueblo de San José, donde justos y pecadores purgaron la muerte de cuatro soldados que intentaron deshonrar a una humilde mujer.

En los terrenos que circundan esa población pastaba la caballada chilena, cuidada por veinticinco hombres al mando del sargento Alvarez, quien, con el loable propósito de evitar reyertas sangrientas, no daba mucha libertad a la gente de su mando, pues era notorio que los sanjosefanos tenían siempre en PICOS PARDOS a los soldados chilenos, ya dándoles contundentes palizas, ya fastidiándolos con insultos personales. De estas menudencias resultaba generalmentc algún desaguisado del que la peor parte tocaba a los peruanos, a quienes por cualquier achaque se les aplicaba la Ley Marcial.

Una noche, cuatro soldados chilenos llegaron a los arrabales de la población, presentándose a la casa de un Rufino Bazán. peón de don Pedro Ríos. Los invasores, aparentando amistad, principiaron a conversar sobre cosas indiferentes con Bazán y su mujer. Al poco rato el asunto tomó diverso cariz, pues los chilenos, que, probablemente, no eran buenos cristianos, trataban de llevar a cabo un PLAN AVIESO con la citada mujer.

Bazán comprendió inmediatamente el objeto de tan extraña e inesperada visita y sin perder tiempo salió por otra puerta, sin ser visto por los chilenos, en busca de su querido amigo Fernando Terrones, joven de veintisiete años, bien conformado de cuerpo, con vigor y lozanía de HERCULES COMPRIMIDO.

Bazan le dijo a su compañero y vecino, lo que los chilenos intentaban, y entonces Terrones, que en esos momentos había estado durmiendo, se levantó y poniéndose un poncho, salió de su domicilio seguido por Bazán. Al poco momento entraron ambos a casa de éste, en la que los chilenos, con bárbara crueldad, maltrataban a la mujer, haciendo inútil forcejeos porque cediera a las indignas solicitaciones que le hacían. Los cuatro forajidos estaban armados de sable y corvo, en tanto que Terrones no llevaba sino un puñal no muy filudo ni a propósito para la desigual contienda.

A tiempo de entrar Terrones lanzó una tremenda interjección contra ellos, que fue contestada con igual dureza por los cuatro. De las palabras pasaron a los hechos, pues los chilenos sacaron los sables y, sin más andrónimos, arremetieron contra el valiente Terrones que de espaldas contra una quincha, se defendía como un tigre del cobarde cuadrillazo. Con el poncho envuelto en el brazo izquierdo y el puñal en la diestra, resistió valerosamente algunos minutos. De pronto, cae un chileno al suelo, mortalmente herido de una feroz puñalada en la garganta. Al ver sus compañeros el sangriento espectáculo, se enfurecen y descargan nuevos sablazos contra Terrones, quién no se movía de su heroica posición, a fin de no recibir ataques por la espalda. Un segundo antagonista cae y, retorciéndose como culebra, sale de la LINEA DE COMBATE, vociferando horriblemente contra el peruano.

La lucha sigue encarnizada, cruel, terrible, y los dos chilenos, que ya habían recibido algunos puntazos, estaban completamente ensangrentados. Terrones, que también había recibido muchos sablazos, estaba bañado en su propia sangre, pero cada vez más colérico. Una puñalada en el corazón hizo caer de espaldas a uno de los chilenos y el último, al ver tan pavoroso espectáculo, tomó las de Villadiego, pero herido. Aunque Terrones lo siguió, no pudo alcanzarlo, pues el chileno iba como un desesperado, comprendiendo claramente que si caía bajo el puñal de su adversario, perdería la vida. Naturalmente, al llegar contó a su Jefe exageradamente el suceso, causando irritación y alarma las fantasías del fugitivo, el que, dicho sea de paso, murió a consecuencia de la herida que recibiera en la contienda.

El sargento Alvarez, indignado con estos suceso, armó doce hombres y se encaminó al lugar donde había ocurrido la tragedia. En el camino se encontró con el hijo de Terrones y otros, a quienes llevó presos, Fernando Terrones era peón de don Pedro Rios, cuyo padre lo había criado desde la edad de quince años. Era muy fiel, y todos lo estimaban por su carácter apacible. Un mayordomo de "Ñampol”, apellidado Cerna, fue a avisar a la casa de don Pedro, que Terrones había muerto a tres chilenos y herido mortalmente a uno. Don Pedro, por los cuarteles, fué a dar a “Ventarrón", a fin de poner en conocimiento de su padre la hazaña de Terrones.

El mayordomo Cerna, que había salido de "Ñampol" a "Ventarrón", con el mismo objeto, fue victima' de una descarga lanzada. por los chilenos. Don Pedro Rios salió precipitadamente de su domicilio y preguntó al Jefe por qué hacia fuego:

—¿Quién es usted?—le preguntó al chileno?'
 —Soy el hijo del hacendado.
—¿Usted es don Pedro Ríos?
—Si, yo soy.
—Pues tengo mucho gusto de conocerlo. Hace tiempo que he oído mentar su nombre. Mire, señor, lo que ahora quiero es que me haga usted un servicio.

— ¿Qué servicio quiere usted?
—Que me proporcione usted unos cuantos hombres para cargar a tres compañeros que han muerto en el pueblo.
—Voy a mandarle doce.
—Otro servicio, señor. Quiero que me acompañe, porque yo no conozco estos sitios. Es de noche y puedo perderme.
—Yo no puedo acompañarlo. Vaya usted solo que nada le sucederá.
—Hasta después. .
—Hasta luego.

El sargento Alvarez estaba preocupado. Sabia que en San José, "Ventarrón", "Cosque", "Ñampol" y otros fundos había gente de temple capaz de hacerle frente. Además, el nombre de don Pedro Ríos era conocido,en toda la comarca, como un símbolo de resistencia, y los invasores comprendieron que mejor era aparentar humildad en esos momentos. De ahí que emplearan las socaliñas más refinadas a fin de atraerlo. Desde luego, el sargento Alvarez demostraba con esto ser un militar astuto, sagaz, con mucha GRAMATICA PARDA.

Después de enterrar a sus muertos, volvió el sargento Alvarcz, dando parte de lo ocurrido al Jefe provisional Arellano, que ocupaba el lugar de Villarreal. Se ordenó de San Pedro QUE, EL PUEBLO DE SAN JOSE FUERA QUEMADO Y QUE EL SARGENTO ALVAREZ CON LA TROPA, PROCEDIERA A HACER LAS INVESTIGACIONES DEL CASO, A FÍN DE HALLAR AL CULPABLE O LOS CULPABLES DE CRIMINAL SUCESO.

La orden fue cumplida. El pueblo de San José fue quemado sin misericordia, en medio del clamor general y del llanto de las mujeres que presenciaban el terrible espectáculo. Las familias huían precipitadamente, mientras los chilenos, irritados por la muerte de sus compañeros, cumplían satisfechos las instrucciones impartidas.

Algunas personas expusieron al Jefe Provincial Arellano, la difícil situación de los civiles que en San José habían quedado sin pan ni abrigo. El Jefe respondió que nada podía hacer, porque a las provocaciones criminales llevadas a cabo en el pueblo, había que contestarlas con un castigo ejemplar.

Anteriormente hemos dicho que don Pedro Ríos era conocido en la comarca por sus escaramuzas contra los chilenos. Pues estos MUY BUENA CAMA le tendieron, y fue la ocasión de que cayera en la trampa.

El padre de dicho señor, a fin de conquistar un poco de tranquilidad, pues estaba inquieto con los últimos acontecimientos. aconsejó a su hijo que se presentara al comandante Arellano y le dijera que ninguno de los miembros de la familia Ríos había tomado parte en los asesinatos últimamente ocurridos; que le expusiera al mismo tiempo, la dolorosa situación de los habitantes del pueblo, quienes habían purgado una falta que jamás cometieron.

Don Pedro Ríos hizo ver a su padre que no era conveniente esa visita, pues Arellano era hombre de mal carácter y demasiado violento con los peruanos. El padre insistió e hizo recordar a don Pedro que los señores Roberto y Nicasio Tillit, entonces arrendatarios de la hacienda "Potrero", habían ido a ese Jefe con el mismo objeto, sin que nada lamentable les ocurriera. Tantas y tan diversas razones le expuso a su hijo, que éste tuvo que marchar a San Pedro, en donde le esperaban desagradables sorpresas.

En la capital de la provincia, lo que es hoy escuela de niños servia de cuartel a los invasores, la Comandancia ocupaba la casa de don Daniel Durand. En toda la ciudad había normalidad y se notaba, a primera vista, un mejoramiento en el aseo de la población, porque los chilenos se ocupaban siempre de ese asunto, castigando a los contraventores.

Don Pedro llegó a las dos de la tarde de un día del mes de junio de 1882 y después de esperar un rato, ingresó a la Sala de Despacho, en la que estaba el comandante Arellano. Este Jefe tenia mirada águila, capaz de hinoptizar el cerebro más fuerte. Sugestionaba y sometía a las personas que trataban con él: su voz a medio atiplada, pero cuando tenía ira la levantaba en forma que el auditorio quedaba aturdido. El comandante Arellano era enérgico con sus soldados, quienes lo respetaban y temían.

Cuando entró don Pedro Ríos, el comandante Arellano se quedó mirándolo de hito en hito y después de ofrecerle asiento, le dijo:

—Con que usted es don Pedro Ríos, ¿eh?
—Si señor.
—¿Y qué ha venido ha hacer por acá?
—A exponerle, señor comandante, que la población de San José está sufriendo mucho desde el incendio.
—Me dice usted una cosa que ya lo sé.
—Además, están tomando muchos presos a quienes se les cree sospechosos por la muerte de los cuatro soldados.
—Muy bien hecho.

—Yo vengo a manifestarle que ninguno de los de nuestra familia es culpable de la muerte de esos cuatro individuos, pero como toman preso a todo el que encuentran, mi padre me ha encargado que suplique a usted nos deje tranquilos. "San José” y todas las haciendas. sufren inmensamente con la actual situación.

—Debe usted saber, señor Ríos, que la Ley Marcial es la más terrible de todas las leyes y que el vencido tiene que someterse al vencedor. Me viene usted a hablar de sufrimientos a estas horas en que acaba de cometerse un crimen, en el que seguramente están complicados los GRANDES y los CHICOS de "San José". Debéis tener entendido que voy a castigar duramente a los culpables, pues tarde o temprano he de saber quien ha muerto a los cuatro soldados.

Por último, llamó a un sargento y ordenó que don Pedro Ríos fuera llevado a un calabozo. Ahí estaba todo lo notable de "San José”. A don Pedro lo colocaron en un calabozo junto con don Carlos González ambos con centinela a la vista. En el patio estaban el hijo de Terrones y ocho individuos, a quienes se les creía complicados en el asesinato de los cuatro soldados chilenos. En los semblantes se notaba un rictus de tristeza y abatimiento moral muy comprensible porque, efectivamente, la situación era grave.

Todos los presos permanecían en silencio, custodiados por los guardias, quienes demostraban un aire de severidad. Tan luego entró don Pedro al calabozo, principió a hablar con don Carlos González y esta circunstancia fue suficiente para que un soldado lo hiciera callar con brusquedad. Por último se separó a ambos amigos, dentro de la misma habitación, señalándosele a cada uno un radio del que no podía pasar.

En esa situación se les mantenía para evitar conversaciones inoportunas. pues don Pedro Ríos seguía protestando de su apresamiento.

Mientras tanto, los amigos del señor Ríos en San Pedro se habían quedado estupefactos al saber la forma y manera como había caído en la maraña tentada por los chilenos. El que más se interesó fue el señor Nicanor de La Fuente, que, conforme es sabido, gozaba del aprecio general en toda la provincia. Pues igual estimación le tenían los chilenos, a quienes el señor La Fuente se había impuesto por la austeridad de sus costumbres, la rectitud de sus actos y por lo serio, circunspecto caballeresco que era en todas las fases de su vida pública y privada. , . ^ -

El señor de la Fuente hizo toda clases de gestiones para obtener la libertad de don Pedro Ríos; empleaba los recursos de su influencia, pero continuamente veía fracasar su intento, pues tanto el comandante Arellano como otros oficiales creían que don Pedro, como enemigo irreconciliable de todos los chilenos, había preparado el asesinato de los cuatro soldados. Había otra, circunstancia que alentaba las sospechas, y era la siguiente: en San Pedro, el señor Ríos Yepez tenia dos o tres enemigos que, desde la comandancia de Villarreal. trataban de hacerlo tomar preso. Ellos, probablemente, por medio de agentes EX-PROFESO, echaban fuego a la hoguera, haciéndole creer a Arellano que don Pedro era hombre situacionista con decisión suficiente para cometer estas empresas.

El señor de La Fuente, al fin de sus perseverantes gestiones. logró romper la incomunicación, y el Jefe ordenó que se le dejara hablar con don Pedro. Ambos caballeros pasaron SU CUARTO DE HORA: don Pedro contándole como le había tratado Arellano. y don Nicanor refiriéndole cuanto había hecho por salvarle.

El señor de La Fuente llevó a cabo en esos días una acción que enaltece y glorifica su nombre. Se presentó al irascible Arellano y le dijo que deseaba obtener de él un gran servicio, la libertad de don Pedro Ríos Yépez.

—Usted, señor de La Fuente, me pide una cosa que no puedo hacerla. Rios Yépez, junto con los otros detenidos, está sufriendo los rigores de la Ley Marcial.
—Pero estos castigos colectivos son peligrosos, porque muchas veces la inocencia sale aporreada.
—Está bien. Pero tampoco la Ley establece excepciones ni reconoce privilegios.
—Ríos me ha dicho que él no tiene participación en los sucesos.

— Pero se que ese señor Ríos es un terrible enemigo de nosotros, y puede ocurrir que haya formulado un plan de venganza cuyo principio estamos viendo en el asesinato de los cuatro soldados. Nosotros tememos a estos HEROES DE ENCRUCIJADA, porque con sus sorpresas y guerrillas, ponen quinto y raya al mejor ejército.

—Dice usted la verdad, señor Arellano; pero Rios Yépez es un joven franco, valiente que pelea a pecho descubierto.

—Mire señor de La Fuente, estas cosas me gustan a mi, porque nada hay más vil que los cobardes.
—Verdad señor Arellano.
—Lo que me indigna es el PANDILLAJE, para defenderse del enemigo.

—Pero volviendo a nuestro primitivo asunto, le digo que Ríos Yepez no es culpable de estos crímenes. Tengo seguridad de ello.
— ¿Usted tiene seguridad?
—Si. señor. Yo pido su libertad y salgo garante.

— ¿Sabe usted, señor La Fuente. Lo que significa SALIR GARANTE DE UN SUJETO ABRUMADO POR UN JUICIO Y CON PERSPECTIVAS DE PAGAR CON SU VIDA EL CRIMEN QUE PROBABLEMENTE HA COMETIDO EN COMPAÑIA DE OTROS?

—Yo garantizo a Ríos Yepez y asumo toda responsabilidad. Pido su libertad condicional.

—Debe saber usted, señor de La Fuente, que no estamos bromeando. Muy caras pueden costarle estas generosidades, pues la recta aplicación de la Ley Marcial me obligaría a proceder con usted ya no como amigo, sino como militar. ¡Nada de connivencias ni contemplaciones!

—Yo me someto a las terribles consecuencias de esta situación lamentable, y pagaría hasta con mi vida.

—Si es así, señor de La Fuente, yo no tengo inconveniente en acceder a sus deseos. Pero creo que debe de reflexionar sobre el grave problema que tratamos.

—Le repito que asumo la gravedad del caso.

Después de este diálogo, que pone en trasparenrcia la nobleza de alma del señor de La Fuente, se procedió a formular un documento en el que este caballero garantizaba al señor Ríos, pidiendo su libertad. Desde luego, se comprende el disparadero en que se colocaba don Nicanor de La Fuente, al asumir un cúmulo de responsabilidades en circunstancias tan peligrosas.

Don Pedro Rios salió de la prisión y fué a casa de don Nicanor, en donde recibió muchas felicitaciones de sus amigos, que se alegraban de verlo sano y salvo.

Pocos momentos después se supo, que Fernando Terrones se había presentado en San José, con enorme sangre fría, declarando QUE EL ERA QUIEN HABÍA DADO MUERTE A LOS CUATRO SOLDADOS y QUE TODOS LOS DETENIDOS ERAN INOCENTES.

Terrones contó que los había muerto en defensa propia y por defender a la mujer de un amigo suyo. La entereza de Terrones llamó grandemente la intención en todas partes, pues demostraba con ello un carácter enérgico y valor en grado que necesariamente era digno de aplauso.

Convicto y confeso Fernando Terrones pagó con su vida un acto de abnegación en obsequio a la amistad que le ligaba a Bazán. Con su entereza salvó de un posible estropicio a muchos hombres. ¡Émulo de Juan Valjean, el formidable PROFESOR DE ENERGÍA que creara Víctor Hugo en su famosa obra "Los Miserables", Terrones es el mártir modesto, el humilde soldado de ese Ejército de Trabajo, que comprendió que la vida es un averno cuando no existe en ella el honor y la conciencia no esta tranquila.

Más olvidado que Albújar, Terrones no tiene ni un recuerdo. Es tiempo de que San José se preocupe de rememorar a este valiente paladín que supo rendir la vida en aras de la debilidad ultrajada.

Elías Alvarado Z.
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Texto tomado del libro "Monografía de la Provincia de Pacasmayo" por Juan P. Quiñe y Julio A. Hernández, 1938, Lima, Perú

Saludos
Jonatan Saona

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