viernes, 25 de noviembre de 2011

parte de Escala sobre Tarapacá

GENERAL EN JEFE DEL EJÉRCITO

Campamento de Santa Catalina, diciembre 5 de 1879.

Señor Ministro:

La derrota que en la gloriosa acción de la Encañada de Dolores sufrió el 19 del mes próximo pasado el ejército perú-boliviano, produjo en sus filas una deserción completa, pues hizo su retirada en desorden y las tropas se dispersaban en distintas direcciones. A nuestro mismo campamento llegaban día a día muchos soldados y aún oficiales, que espontáneamente venían a presentarse prisioneros; y por todos ellos adquiríamos la confirmación de esta desordenada retirada, y nos añadían que se les daba cita a la ciudad de Tarapacá, distante unas 45 a 50 millas, tal vez con el objeto de reconstituirse allí bajo las órdenes del General en jefe don Juan Buendía, que se había dirigido a ese punto; pero que la mayor parte de los soldados no acudirían, pues se repartían por toda la comarca sin rumbo fijo ni propósito determinado.

El reconocimiento que en los días subsiguientes se hizo del campo, venía también a confirmar estas noticias, porque en todas partes se encontraban inequívocas muestras del espanto que se había introducido en las filas enemigas y de su completa desorganización al abandonar el campo.

Mi primer pensamiento fue enviar a la ciudad de Tarapacá y demás puntos en que se trataran de reunir los aliados, una regular división de caballería, apoyada por infantería, que pusiera en fuga a esas fuerzas dispersas, imposibilitándoles su reconstitución. Sin embargo, no era conveniente por el momento diseminar nuestras fuerzas, pues podía hacerse necesaria en el acto la mayor reconcentración posible de ellas para dirigirnos sobre Iquique, que había quedado casi completamente desguarnecido por haber marchado las fuerzas de línea allí existentes en el ejército aliado que vino a nuestro encuentro, dejándose la guarnición de la ciudad a cargo de la guardia nacional, compuesta de 1.000 y tantos hombres.

Más, la fausta noticia de la rendición de esta plaza, recibida aquí en la mañana del día 23, vino a cambiar por completo el aspecto de la campaña, desde que debíamos abandonar la idea de hacer expedicionar hacia el sur nuestro ejército, concretándonos a enviar una división de caballería que recorriera toda la línea hasta el mismo puerto de Iquique y tomara posesión de los puntos intermedios, que debían estar abandonados. A más, impediría que las fuerzas cívicas que habían quedado en la ciudad vinieran a agregarse a las que se decía estaban reuniéndose en Tarapacá.

Efectivamente, ese mismo día salió el regimiento de Cazadores a caballo, al mando del señor Jefe de Estado Mayor, coronel don Emilio Sotomayor, y llevó a feliz término su expedición, de la cual da cuenta en el parte que original tengo el honor de pasar a manos de V.S.

Al llegar esta división a Pozo Almonte tuvo conocimiento el señor Jefe de Estado Mayor de que en Tarapacá se encontraban el general Buendía y el coronel Suárez, Jefe de Estado Mayor del ejército enemigo, con una fuerza de 5.000 hombres; y aunque me envió un propio para participarme esta noticia, que comunicó también al señor Ministro de la Guerra en campaña, se extravió aquel en el camino; así es que permanecí completamente ignorante de un hecho de tan trascendental importancia, que me habría obligado a tomar en el acto las medidas que la importancia del caso requería para desbaratar ese ejército.

Entre tanto, los datos que aquí habíamos conseguido obtener a este respecto, nos informaban unánimemente de que en la ciudad de Tarapacá sólo habrían unos 1.500 a 2.000 hombres en pésimas condiciones, agobiados por el cansancio y la escasez de recursos, y en un estado de completa desmoralización, producida en gran parte por su vergonzosa fuga y por la profunda disensión que se hacía sentir entre las fuerzas aliadas y que se revelaba ya en hechos escandalosos y muy serios.

En vista de esto, determiné enviar bajo las órdenes del coronel don Luis Arteaga, una división compuesta de 2.300 hombres de las tres armas, que bahjo todos los conceptos era superior a la que se presumía existiera en dicha ciudad, y bastante a deshacer las fuerzas enemigas con completa seguridad.

Una pequeña parte de la división, compuesta de 270 Zapadores y una compañía de Granaderos a caballo, se adelantó para hacer un reconocimiento, saliendo del campamento el día 24, y la siguió al otro día el resto de ella, poniéndose en marcha directa desde Dibujo a Tarapacá el día 26, a las 3 P.M.

La premura del tiempo y la circunstancia de que atenciones del servicio me obligan a estar en constante movimiento, me han colocado en la precisión de remitir originales a V.S. los partes del jefe de la división y de los comandantes de cuerpo que en ella tomaron parte, a fin de calmar la justa ansiedad del Supremo Gobierno por conocer los detalles de esta memorable jornada, que una vez más ha venido a poner en relieve el esforzado valor del soldado chileno, y la denodada comportación de sus estimables jefes y oficiales, que con heroica tenacidad han compartido con él los rigores de un ardoroso combate que se prolongó durante 8 horas consecutivas.

El resultado ha sido desastroso para el enemigo, que ha sufrido inmensas pérdidas y que se retiró precipitadamente del campo de batalla, que nuestras fuerzas se vieron en la absoluta precisión de abandonar por habérseles agotado sus municiones, encontrándose sumamente cansadas después de una penosa marcha y tan recio combate. Además, la noche se acercaba y ellos ignoraban si el enemigo recibiría aún mayor refuerzo, que los sorprendería desarmados, o si alcanzaría a venir en su auxilio alguna división nuestra.

Los cuerpos que tomaron parte en esta reñida acción han tenido que lamentar sensibles pérdidas en el personal de sus oficiales y tropa, principalmente el regimiento 2º de línea, que por la posición que ocupaba sostuvo lo más recio del ataque, y ha visto desaparecer sus dos jefes y muchos otros oficiales.

El primer comandante de este regimiento, teniente coronel don Eleuterio Ramírez, sucumbió en el campo de batalla, que en tantas ocasiones había salvado con gloria para su carrera militar, y conquistándose el alto puesto que ocupaba, rodeado del aprecio y estimación de sus superiores, compañeros y subalternos, que hoy tributan merecido homenaje a sus preclaras virtudes.

El segundo jefe del cuerpo, teniente coronel don Bartolomé Vivar, fue gravemente herido y falleció tres días después en el campamento, legando a sus compañeros de armas un honroso ejemplo que ellos sabrán recordar haciéndose dignos de él.

Cayó también en el campo el segundo comandante del batallón Chacabuco, sargento mayor don Polidoro Valdivieso, que con su contracción había logrado granjearse la confianza de sus jefes y del cuerpo a que pertenecía, y que ha sostenido con honra el puesto a que lo habían hecho acreedor su reconocido valor y competencia.

Y en la muerte de los nobles jóvenes que con espontánea abnegación han ofrecido su vida en aras de la patria, tiene ella justos motivos de enorgullecerse al contemplar su desprendido y puro patriotismo por sostener la honra de la nación, y por cuyo honor han rendido su vida.

Digna de especial recomendación es asimismo la conducta del jefe de la división, coronel Arteaga, que en medio de las vicisitudes de que se vio rodeado, mantuvo su tranquilidad, la cual le permitió tomar tan atinadas disposiciones, que gracias a ellas pudo nuestra división salvar del temible conflicto en que se encontró.

Poderosamente secundado fue aquel jefe en esta delicada y difícil situación por el señor secretario don José Francisco Vergara, que una vez más ha expuesto su vida a los fuegos enemigos con inminente riesgo. Sus conocimientos especiales, la prudencia y acierto que ha desplegado en todos los encuentros a que espontáneamente ha ocurrido, contribuyeron en mucho a las acertadas medidas cuya realización procuraba personalmente.

Cabe también honrosa e importante participación en este hecho de armas a los dignos comandantes de los cuerpos que en él entraron, tenientes coroneles don José Ramón Vidaurre, don Domingo de Toro Herrera y don Ricardo Santa Cruz. Ellos han dado un noble ejemplo a los cuerpos que comandan y que han sido testigos de su serenidad y de la energía que con decidido empeño emplearon durante el combate para salvar las dificultades de todo género con que tuvieron que luchar.

La confianza que hasta aquí he mantenido en el valor a toda prueba del soldado chileno cuando combate por el honor y defensa de su querida patria, ha venido a afianzarme más y más con esta nueva acción, que ha revelado las brillantes y sólidas cualidades de que está revestido y que serán la salvaguardia del país en las difíciles circunstancias porque atraviesa.

Réstame sólo, señor Ministro, antes de concluir, recomendar muy especialmente a la consideración del Supremo Gobierno a los dignos oficiales que, llenando cumplidamente sus deberes, han tenido la desgracia de caer heridos, y en general a todos los que se encontraron en este hecho de armas, y que por su bizarro comportamiento se han hecho acreedores a una expresa recomendación, y de que dan testimonio los partes particulares que adjunto al presente.

Dios guarde a V.S.
ERASMO ESCALA.

Al señor Ministro de la Guerra.
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Saludos
Jonatan Saona

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