domingo, 13 de febrero de 2011

Tayta Cáceres

Parte de Andrés Cáceres sobre la batalla en el Alto de la Alianza

Segunda División
Comandancia Jeneral de la Segunda División

Señor Coronel:

Vivamente impresionado i solo por cumplir con mi deber, doi parte a V.S. para que por su regular conducto llegue a conocimiento de V.S., el señor Jeneral en Jefe del ejército, de la conducta observada por los cuerpos de la división de mi mando en la desgraciada batalla librada en las alturas de Tacna, (Campo de la Alianza) contra el ejército chileno el 26 del corriente.

En las primeras horas de la noche del 25 recibí orden del Estado Mayor Jeneral unido, de alistar a los cuerpos de mi mando para dar un asalto al campamento del enemigo.

Efectivamente a la 1 A.M. de esa noche comenzó a desfilar el ejército en columnas paralelas, con distancia de despliegue i siendo cada ala mandada por sus respectivos jefes designados para el combate. A las dos horas próximamente de emprendida la marcha, estando convencido de que llevábamos un camino errado i afirmándomelo esto uno de los guias, mandé uno de mis ayudantes a que comunicara al jefe de el ala izquierda a que pertenecía mi división, señor coronel Camacho la circunstancia de hallarnos estraviados del camino, i penetrado de esto el señor director de la guerra, ordenó se detuviera la marcha de las divisiones para reunir todo el ejército i emprender la contramarcha a nuestros respectivos campamentos, a los que llegamos al amanecer del dia 20, malográndose así por esta fatal contrariedad un plan tan hábilmente concebido, que nos prometía proficuos resultados, i sufriendo por tanto la tropa el cansancio consiguiente a las cinco horas de marcha por un terreno arenoso.

A las 7 A.M. próximamente, comenzamos a distinguir la marcha del enemigo en dirección a nuestro campamento, percibiéndose mas tarde la formación de batalla que traía el enemigo, con su primera línea desplegada en guerrilla, la segunda en formación de batalla, reforzada con sus flancos i centro con fuertes columnas, i la tercera formada por grandes masas de columnas de reserva que presentaban a la simple vista el aspecto de un ejército triplemente superior al nuestro i capaz, por consiguiente, de abrazar los flancos i cerrarnos sin grandes esfuerzos.

A las 9 A.M. la artillería nuestra, que estaba situada a la izquierda de la división de mi mando, que era la de la primera línea, hizo sus primeros disparos sobre el enemigo.

A esa misma hora recibí orden del jefe del ala, de hacer desplegar una guerrilla de cada cuerpo a la distancia de 40 metros de sus batallones, que cubriese el frente de sus respectivos cuerpos, lo que fué verificado inmediatamente.

Enseguida saqué una guerrilla mas de cada cuerpo que situé a 20 metros a retaguardia de las primeras, para que les sirviera de sostén. En esta disposición se encontraban los cuerpos de mi división, en tanto que el enemigo nos hacia un nutrido fuego de artillería i avanzaban sus guerrillas, cargándose especialmente hacia el ala izquierda, la que como llevo referido, era cerrada por el batallón Zepita núm.1 i Cazadores del Misti núm.15, los dos cuerpos de la división de mi mando; fué entonces cuando vi que algunos cuerpos de los nuestros pasaban a reforzar ese costado por el que se prolongaba la línea.

A las 11.30 A.M. habiéndose roto los fuegos por los cuerpos que se hallaban a mi izquierda, i estando las guerrillas enemigas a distancia de tiro de rifle de las de mi división, ordenó el señor coronel Camacho, romper los fuegos, entonces avancé con el resto de los cuerpos de mi mando hasta la altura de las guerrillas, haciendo romper también los fuegos, logrando con este primer ataque rechazar o disolver las guerrillas enemigas; pero las continuadas descargas de la artillería chilena, el nutrido fuego de ametralladoras que acompañaban a sus guerrillas, hacían impracticable el avance, tanto por multiplicarse notablemente el número de los enemigos que acudían a contener sus dispersos reforzados por su segunda línea, cuanto por disminuirse considerablemente el número de nuestros combatientes sin recibir refuerzo alguno.

El batallón Zepita i el Cazadores del Misti, entusiasmado por el brillante ejemplo de sus valientes jefes i denodados oficiales, procuraban marchar de frente sobre el enemigo conduciendo sus respectivos estandartes: Zepita el propio, i el Misti el estandarte de la Ilustre Universidad de Lima, que le fué confiado al principio del combate.

El abanderado del Zepita, teniente graduado don Eufemio Padilla, daba prueba de gran animación i valor al marchar sereno al encuentro del enemigo, conduciendo tan preciosa carga, hasta que fué herido i puesto fuera de combate, encargándose inmediatamente de la custodia del estandarte el del mismo grado don Joaquín Castellanos, quien lo salvó de una pérdida casi segura conduciéndolo hasta este lugar. Del mismo modo el abanderado del Misti, subteniente don Manuel Vargas, ha tenido un digno comportamiento en la misión que se le confiara, habiendo sacado felizmente libres ambos estandartes, no obstante del inmenso riesgo que han corrido; los mismos que conservo hoi en mi poder.

Digna de mención especial es la conducta observada por los primeros jefes de los cuerpos de mi mando: el valiente coronel Luna, 1° jefe del batallón Misti, después de recibir la primera herida continuó al frente de su cuerpo con envidiable entusiasmo, hasta que cayó muerto por una segunda herida. El intelijente i valeroso comandante Llosa, encargado del mando del Zepita, manifestó desde los primeros momentos del combate un decidido empeño por consolidar el nombre del batallón que mandaba; i atestiguan este propósito su cadáver tendido en el campo de batalla, muriendo en el momento mas complicado. La nación pierde en estos ilustres i entusiastas jefes unas verdaderas esperanzas del porvenir.

Aumentando considerablemente el número de bajas en los dos cuerpos de la división de mi mando, estando fuera de combate aproximadamente la mitad de los oficiales de ambos batallones, como se impondrá V.S. por las relaciones adjuntas; faltando los primeros jefes a cada cuerpo i otro jefe mas al Misti, el digno joven mayor Igarza, i por último, ganando terreno rajadamente el enemigo sobre nuestras posiciones que se veian pobladas por las líneas de batalla enemiga, que parecían interminables i que nos habían tomado ya el flanco izquierdo arroyando a las fuerzas nuestras, aliadas i peruanas, que momentos antes hacían heroica resistencia i que después tuvieron que ceder a la superioridad del número de las fuerzas enemigas, se presentó el caso funesto en que toda resistencia no podía arribarnos a un buen éxito, pues era absolutamente imposible resistir los nutridos fuegos de ametralladora del enemigo i los de su triple número de fuerzas sobre las nuestras. En vista de tamaña desventaja, la tropa de mi mando no obstante de mis redoblados esfuerzos por contenerla, tuve que ceder también el campo.

Tan deplorable desastre tenía lugar a la 1.30 P.M., hora en que arrastrado por la corriente de los soldados que se dispersaban en confusión, me encaminé hacia la ciudad de Tacna. En mi tránsito encontré al señor Jeneral en Jefe, quien me dijo que se habia dispuesto reunir las tropas en el Alto de Lima, en donde debia hacerse una segunda resistencia al enemigo. Cumpliendo con esta disposición, me dirijí al lugar indicado con una fracción de los cuerpos de mi mando que me fué posible reunir, i al llegar a dicho punto se me avisó que la reconcentración de fuerzas debia verificarse en Pachía, por lo que continué mi marcha hasta este último punto, en donde V.S. me comunicó que del acuerdo que habia tenido lugar entre el señor director de la guerra i el señor prefecto del departamento de Tacna, habia resultado la medida de avanzar hasta Tarata, en virtud de lo que proseguí mi marcha, llegando allí el 28 en la tarde, con algunos oficiales e individuos de tropa de mi división, los que dan una alta idea de moralidad i subordinación al encontrarse en ésta, manifestando estar dispuestos a seguir cumpliendo con su deber en defensa de la santa causa.

Recomiendo a la consideración del Supremo Gobierno i la nación, el digno comportamiento observado por todos los jefes i oficiales de los cuerpos de mi división, que han rivalizado en entusiasmo i valor, i mui especialmente al jefe de detall de la división, comandante don Felipe S. Crespo, que después de haber salido herido continuó a mi lado. Al teniente don Joaquín Castellanos, que ha dado pruebas de valor i entusiasmo en la jornada desgraciada del 26 del mes próximo pasado, i a quien esclusivamente se debe el haber salvado el estandarte del Zepita; a mis ayudantes, capitán don Luis Chacón, que murió heroicamente cumpliendo una de mis órdenes. Al agregado del detall don Manuel Cabello, i amanuense don Mariano Vargas, ambos puestos fuera de combate, i finalmente, a los subtenientes don Esteban Lazúrtegui i don Eduardo Lecca, jóvenes dignos de todo elojio; pues me acompañaron hasta el último momento sirviéndome de ayudantes i distinguiéndose por su valor i patriotismo.

He tenido que hacer gran esfuerzo para concluir este parte i al lamentar las desgracias de la patria, confieso sentirme débil para llorar tanta decepción i sufrir el gran desastre que preferible me hubiera sido atestiguar mi patriotismo i decisión con la pérdida de mi vida.

Dios guarde a V.S.
ANDRÉS CÁCERES.

Al señor Jeneral en Jefe de Estado Mayor Jeneral del primer ejército del Sur.

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fotografia pertenece a la colección de Jorge Pino

Saludos
Jonatan Saona

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