domingo, 2 de marzo de 2008

Un Proceso Célebre II

A pesar que el relato dice Anacleto Goñi, debió ser José Anacleto Goñi, pues revisando su biografía, él fue quien supervisó la construcción del Cochrane y Blanco Encalada en Londres.
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(continúa de la pag anterior)
…El Consejo de Guerra era presidido por el contralmirante Jorge Byron y lo integraban los capitanes de fragata Galvarino Riveros, Óscar Viel y Luis A. Lynch, y el de corbeta Luis Pomar.
Hacía las veces de fiscal el capitán Luis I. Gana, y de auditor Ramón Huidobro. El juicio no tuvo otros testigos que sus protagonistas; pero la suerte ha querido que su pieza documental más interesante, el discurso de Prat, se conserva casi intacta.
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Haciendo gala de una evidente parcialidad, el fiscal había narrado los sucesos que motivaron la degradación  del «ex-teniente Uribe» por un decreto del Gobierno y su arresto en un pontón de la Armada. La historia había acontecido en Inglaterra, dos años atrás, cuando Anacleto Goñi, con Uribe y otros oficiales, se hallaban inspeccionando los buques allí mandados construir.
Habíanse producido las incidencias con motivo del romance del acusado con una Dama Inglesa, de nombre ELIZABETH MORLEY, a quien conociera durante el cumplimiento de su misión. La causa del choque entre el teniente y el almirante fue la negativa del segundo a conceder la licencia matrimonial.

Tal como Gana contaba las cosas, Goñi sólo había querido hacer un bien a su subalterno, pero éste «con culpable ligereza», provocó la escandalosa escena del muelle en Blackwall, en la que menudearon gritos, empellones y paraguazos. No obstante la gravedad del hecho, Goñi había perdonado a su ofensor a condición de que le presentase excusas y volviese a Chile, pero el teniente se negó a lo último, pretextando una enfermedad no comprobada; y esto fue lo que acabó de exasperar al almirante haciéndolo adoptar sus medidas disciplinarias.

De ser exacta aquella versión, bien merecido tenía Uribe el castigo. Pero Prat había indagado la verdad, que era muy distinta de como la presentara el fiscal. De ella salía Goñi bastante mal parado; y era un peligroso deber para el abogado defensor decir todo lo que sabía, porque él mismo era también un subalterno y nadie podía prever lo que se echaría encima. Pero la necesidad de reivindicar al compañero caído estaba antes de cualquiera consideración, y Prat no vaciló en apelar a todos los recursos que tenía a su alcance.

Habló durante una hora y media. El texto de su discurso se conserva gracias a la inclusión que de él hiciera Vicuña Mackenna entre los anexos de Las dos Esmeraldas, con la sola supresión de un pasaje extremadamente duro para Goñi que el historiador no se resolvió a reproducir.
Su argumentación estaba concebida con tal inteligencia y tal conocimiento de las disposiciones legales, que a los pocos minutos de empezar a hablar ya tenía la balanza inclinada del lado de su defendido. El primer razonamiento tuvo el efecto de un torpedo: ¡demostró, nada menos, que el consejo procedía de manera anticonstitucional -sugiriendo que la jefatura había actuado con ignorancia o mala fe- y que no podía juzgar al acusado sin considerarlo en pleno goce y ejercicio de su empleo!...

Ante esta incontrovertible introducción, el tribunal no tuvo más que guardar silencio. Y no hay indicio de que el fiscal la rebatiese. Con ella sola, Prat llevaba asegurada la mitad del veredicto. La otra mitad se la dio la fiel exposición de los hechos, confirmada por las declaraciones de los testigos: el capitán Molina, los teniente Lynch y Peña y el cirujano Roberts, integrantes de la misión en Inglaterra.

El noviazgo de Uribe se había iniciado en Hull, donde estaba el astillero en que se construía el blindado Cochrane. Al formalizarse el compromiso, el teniente lo participó al almirante y solicitó su consentimiento para celebrar la boda. Inesperadamente, Goñi le devolvió la solicitud, manifestando que faltaban ciertos requisitos.

Habiéndosela enviado Uribe con éstos, el almirante se la guardó sin dignarse darle respuesta. Como el joven insistiese, contestole Goñi en términos descomedidos, diciéndole que tramitara el permiso con la Comandancia de Valparaíso, y advirtiéndole «que haría lo posible porque no le fuese concedido».
Esta insólita actitud -que Prat no analiza- induce a preguntarse si no habrá procedido Goñi por despecho, descontrolado por una pasión fristada.

Con explicable impaciencia Uribe cumplió aquel trámite, y poco después casó por el Civil.
Lejos de aplacar la terquedad de su jefe, no hizo con ello sino exacerbarla.
Empezó el almirante por declarar que el matrimonio no era válido ante las leyes chilenas. Como aún esto le pareciese poco, trató de disuadir a la novia antes de realizar la boda religiosa. Finalmente, en un rapto de insensatez, manifestó a sus oficiales que aquella mujer no era otra cosa que la querida de Uribe....
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Saludos
Jonatan

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