martes, 22 de abril de 2008

Domingo Toro Herrera y soldado (Chile)


Fotografía tomada en Antofagasta en 1879 de Domingo Toro Herrera y un soldado del Chacabuco (coloreada por mí)
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Les trascribo un cuento que acabo de leer en (gracias a air_fighter)
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MAS ALLA DE LAS RIVALIDADES
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Erase una vez en aquellas feroces contiendas de la guerra del Pacifico, dos soldados nobles y aguerridos; uno peruano y uno chileno. Cada uno luchaba por los intereses que creía justo, para ellos la guerra había sido dolorosa y terrible.
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Un día los ejércitos del Perú y de Chile se vieron las caras en una feroz batalla.

Los soldados de los que les hablé cayeron abatidos ese día. Para mi sorpresa, el soldado chileno aún estaba vivo, y el soldado peruano también.
El soldado chileno estaba malherido, su voz apenas denotaba un susurro, sus compañeros no lo escucharon. El soldado peruano despertaba tras perder la conciencia por un duro golpe.
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Ambos fueron abandonados, creyendo estaban muertos, después de la batalla.
Ambos soldados notaron la presencia del otro, y tomando sus armas se encañonaron mutuamente.
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-El soldado peruano dijo:
¡Ríndete chileno! Estas herido, sino te mato yo lo hará el desierto.
-El soldado chileno dijo:
¡Ríndete peruano! No te quedan pertrechos, morirás de sed antes que yo.
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-¡Cállate, carajo! Ríndete. Morirás desangrado.
-¡Cállate, carajo! Ríndete. Te morirás de sed y de hambre.
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Ambos soldados discutían, si el chileno mataba al peruano quedaría aislado y herido, necesitaba a alguien que vendara sus heridas.
Si el peruano mataba al chileno, el chileno dejaría verter el agua de su cantimplora, y arruinaría la única oportunidad del peruano por sobrevivir al crudo desierto.
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Ambos estaban exhaustos y preocupados. Se decían cosas muy hirientes, con tal que uno cediera paso. El tiempo pasaba y se acababan las esperanzas.
Ambos soldados decidieron apartar las hostilidades, y comenzaron a ayudarse.
El peruano vendó al chileno cubriendo sus heridas con fibras de su pantalón.
El chileno le dió de beber, y le dijo donde podía encontrar alimento suficiente para el viaje, habían escondido algunas raciones de charqui, cerca de un cañón que en ese momento ya estaba destruido.
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El peruano siendo muy religioso, no dejaría morir a un hombre en aquellas circunstancias, y el chileno en agradecimiento, sin decirle que conocía un atajo, lo condujo a través de él.
Los caminos pueden ser muchos, y es admirable como el odio entre ambos hombres cambio por la necesidad. Cumplieron sus promesas como hombres y se ayudaron como hermanos.
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La guerra para ellos había terminado.
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Saludos,
Jonatan Saona

2 comentarios :

Ingrid dijo...

Esta historia me ha emocionado...gracias!!

Raúl Olmedo D. dijo...

Francisco Machuca relata en su obra (Las Cuatro Campañas) un suceso que vivió personalmente :

En las postrimerías de la Batalla de Tacna, las fuerzas de la II División, luego de haber retrocedido y visto a sus heridos repasados, avanzan a su turno reforzados por aquellas de la III División, donde forma el "Coquimbo".
En el brutal choque de infanterías que sigue, la lucha es sin cuartel y sin sobrevivencia de heridos. Restos de las fuerzas peruanas que ceden al empuje van siendo aniquiladas en la brega, cuando - entre el humo y la confusión - surge un grito distinto y diferente. Es un grito en clave, un grito masón en demanda de ayuda.
Machuca se adelanta e interviene. Rescata a un oficial peruano, autor del grito, y ambos se identifican : Logia, nombres, etc.
Se abrazan como hermanos, y el masón peruano recibe la protección del chileno. Incluso aloja con la oficialidad del "Coquimbo" esa noche en el vivac, y es entregado prisionero y a salvo a la mañana siguiente, con el compromiso de aviso a su familia.
El relato quiebra el velo de sangre y odio que empaña la batalla, y deja al lector un grato sabor de esperanza en el futuro y valores compartidos.

R. Olmedo

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